Relatos Prohibidos
Inicio Infidelidad Cañaveral de Pasiones Reparto Ardiente Cañaveral de Pasiones Reparto Ardiente

Cañaveral de Pasiones Reparto Ardiente

7064 palabras

Cañaveral de Pasiones Reparto Ardiente

El sol del mediodía caía a plomo sobre el cañaveral de pasiones reparto, ese vasto mar verde de cañas altas que se mecían con el viento caliente como amantes en secreto. Yo, Daniela, dueña de la hacienda Cañaveral de Pasiones, observaba desde la veranda de la casona principal cómo los trabajadores se afanaban en el corte. El aire olía a tierra húmeda, a savia dulce y a sudor fresco de cuerpos jóvenes. Cada año, en el reparto de la cosecha, se dividían las porciones de caña entre los peones, y eso traía un bullicio que me erizaba la piel.

¿Por qué este año siento este calor en el pecho?, me pregunté mientras mis ojos se clavaban en Javier, el capataz nuevo. Alto, moreno, con músculos que brillaban bajo el sol como bronce fundido. Su machete cortaba las cañas con golpes precisos, zas, zas, y cada movimiento hacía que su camisa empapada se pegara a su torso. Neta, el wey era un chulo de campeonato. Yo, con mis treinta y tantos, viuda desde hace dos años, había olvidado lo que era sentir esa cosquilla entre las piernas.

¡Órale, Daniela, contrólate! Es tu empleado, no un galán de telenovela.

Pero el deseo ya había prendido. Bajé las escaleras de madera crujiente, mi vestido ligero de algodón blanco ondeando contra mis muslos. El polvo del camino se adhería a mis sandalias, y el zumbido de las chicharras llenaba el aire como un coro obsceno. Me acerqué al grupo donde Javier repartía las porciones marcadas con lazos rojos.

¡Patrón! —me saludó él, limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano. Sus ojos negros me recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en el escote que el calor hacía más generoso—. ¿Todo bien con el cañaveral de pasiones reparto?

—Síp, pero quiero ver de cerca cómo lo haces, Javier. Enséñame.

Su sonrisa fue pícara, de esas que prometen travesuras. "Este pendejo sabe lo que hace", pensé, mientras caminábamos entre las hileras altas de caña. El viento traía el aroma terroso, mezclado con su olor a hombre: jabón rústico, sudor salado y algo más, masculino, que me mareaba.

Acto primero del deseo: la cercanía. Sus brazos rozaban los míos al señalar las pilas de caña cortada. Sentí el calor de su piel, áspera por el trabajo, contra la suavidad de la mía. Hablamos de la tierra, de lluvias pasadas, pero mis pensamientos eran puro fuego.

Imagínatelo encima de ti, Daniela, embistiéndote como el viento a las cañas.

El sol empezó a bajar, tiñendo el cielo de naranja. El reparto terminó, y los peones se fueron con sus carretas rechinando. Solo quedamos nosotros dos, solos en el corazón del cañaveral.

—Patrón, ¿por qué no vienes a refrescarte en la acequia? —propuso él, quitándose la camisa sin pudor. Su pecho ancho, cubierto de vello oscuro, relucía. Mis pezones se endurecieron bajo el vestido.

¿Y si alguien nos ve? —susurré, pero mi cuerpo ya decía sí.

—Nadie viene por aquí al atardecer. Es nuestro secreto.

Caminamos hasta la acequia, donde el agua corría fresca entre piedras musgosas. Me quité el vestido, quedando en brasier y calzón de encaje. Él se metió al agua primero, salpicando gotas que brillaban como diamantes en su piel. Lo seguí, el agua fría mordiendo mis tobillos, subiendo por mis piernas hasta mojarme el sexo. Nadamos cerca, nuestras piernas rozándose bajo el agua, enviando chispas por mi espina.

Acto segundo: la escalada. Sus manos encontraron mi cintura, fuertes, callosas. Me atrajo contra él, mi pecho aplastado a su torso. Sentí su verga dura presionando mi vientre, gruesa y palpitante.

Daniela, —gruñó bajito, su aliento caliente en mi cuello—. Desde que te vi en la veranda, te quiero. Neta, me tienes loco.

—Pues tómame, cabrón —le respondí, mordiéndome el labio. Mis manos bajaron por su espalda, clavando uñas en sus nalgas firmes.

¡Sí, así! Este es el Javier que soñé, no el capataz sumiso.

Sus labios capturaron los míos, un beso hambriento, con lengua que sabía a caña dulce y cerveza fresca. Gemí en su boca mientras sus dedos desabrochaban mi brasier, liberando mis tetas pesadas. Las amasó, pellizcando pezones que dolían de placer. Bajó la cabeza, chupando uno, lamiendo el otro, mientras el agua chapoteaba alrededor.

Lo empujé contra la orilla, las cañas susurrando secretos. Me arrodillé en el agua poco profunda, el barro suave bajo mis rodillas. Desabroché su pantalón, liberando su verga tiesa, venosa, con gotas de precum brillando en la punta. La olí: almizcle puro, vicio. La lamí desde la base, saboreando la sal de su piel, hasta meterla en mi boca. Él jadeó, enredando dedos en mi cabello húmedo.

¡Qué rica boca, patrona! Sigue, no pares.

Lo chupé con ganas, garganta profunda, mis labios estirados. Su pulso acelerado latía en mi lengua. Pero quería más. Me puse de pie, quitándome el calzón empapado. Lo guié dentro de mí, montándolo en la orilla. Su verga me abrió, llenándome hasta el fondo. El agua salpicaba con cada embestida, mis caderas girando como en un baile de pasión.

El olor a sexo se mezcló con el de la tierra mojada. Sus manos en mis nalgas, guiándome, fuerte pero tierno. Sudor goteaba de su frente a mi pecho, salado en mi lengua cuando lo besé. Gemidos nuestros ahogados por el viento, el roce de cañas como aplausos.

¡Más profundo, Javier! Hazme tuya en este cañaveral de pasiones reparto.

La tensión creció, mis paredes apretándolo, su verga hinchándose. Cambiamos: él encima, mis piernas enredadas en su cintura. Me folló con ritmo salvaje, el agua chapoteando, mi clítoris rozando su pubis. El orgasmo vino como tormenta, mi cuerpo convulsionando, gritando su nombre mientras jugos calientes nos untaban.

Él se corrió segundos después, gruñendo, llenándome con chorros calientes que sentí palpitar. Colapsamos en la orilla, jadeantes, pieles pegajosas de sudor, semen y agua.

Acto tercero: el resplandor. La luna salió, plateando las cañas. Nos abrazamos, su cabeza en mi pecho, mi mano acariciando su cabello revuelto. El aire nocturno refrescaba nuestra piel ardiente, trayendo olor a jazmín silvestre.

Eso fue... neta, lo mejor del reparto, —murmuró él, besando mi hombro.

—Y no será la última vez, mi chulo. Este cañaveral es de pasiones, y tú eres parte del reparto.

Por fin, Daniela, has reclamado tu deseo. Mañana, el sol saldrá igual, pero tú serás otra.

Nos vestimos a media luz, robándonos besos. Caminamos de vuelta, manos entrelazadas, el crunch de cañas bajo pies descalzos. En la casona, nos despedimos con promesa en los ojos. Me acosté, cuerpo aún vibrando, oliendo a él en mis sábanas. El sueño vino dulce, soñando con más repartos ardientes en nuestro cañaveral de pasiones reparto.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatosprohibidos.net.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.