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El Frankenstein Pasional

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El Frankenstein Pasional

Valeria ajustó los últimos electrodos en el pecho amplio y musculoso de su creación. El laboratorio en el corazón de la Condesa bullía con el zumbido de los generadores y el olor acre a ozono mezclado con el aroma metálico de la sangre sintética. Llevaba meses trabajando en secreto, obsesionada con el Frankenstein pasional que había soñado desde que su ex, ese pendejo infiel, la dejó hecha mierda. No más hombres mediocres de Tinder. Quería algo perfecto, un amante forjado en sus manos, con un cuerpo esculpido para el placer y un alma ardiente.

¿Y si sale mal? ¿Y si es un monstruo de verdad? pensó, mientras sus dedos temblaban sobre el interruptor. Pero el deseo la impulsaba. Tenía treinta y cinco, piel morena suave como el chocolate mexicano, curvas que volvían locos a los weyes del gym, y un fuego interno que nadie había sabido avivar. El tanque de criogenia se abrió con un siseo húmedo, liberando vapor frío que olía a hielo y promesas.

Los ojos de él se abrieron de golpe, verdes como aguacates maduros, brillando con una inteligencia salvaje. Su piel, cosida con precisión quirúrgica de donantes voluntarios, era áspera al tacto, marcada por cicatrices que serpenteaban como ríos en un mapa erótico. Medía dos metros, hombros anchos como puertas, verga colgando gruesa y venosa entre muslos poderosos. Se incorporó despacio, el aire cargándose con su olor: tierra húmeda, sudor viril y algo primal, como el humo de un asado en la sierra.

"¿Dónde... estoy?" gruñó, voz grave como trueno lejano, con acento neutro que Valeria programó inspirado en galanes de telenovelas.

"Tranquilo, guapo. Soy tu creadora. Valeria. Bienvenido al mundo, mi Frankenstein pasional." Ella se acercó, corazón latiéndole como tambor de mariachi. Él la miró, olfateó el aire, y una sonrisa lobuna curvó sus labios gruesos.

En las primeras horas, lo guió por el lab. Le enseñó a caminar, sus pasos pesados resonando en el piso de concreto. Tocó las máquinas, curioso, y cuando rozó accidentalmente el brazo de ella, un chispazo eléctrico recorrió su espina.

Neta, su piel quema como chile habanero. ¿Ya lo sientes? Ese pinche calor subiendo por mis chones.
Valeria jadeó, pezones endureciéndose bajo la bata blanca.

"Hueles a miel y jazmín", murmuró él, inclinándose. "Hueles a deseo."

Órale, pensó ella. Ya va aprendiendo chido. Lo sentó en una camilla, le explicó su origen: tejidos cultivados en biorreactores, cerebro potenciado con IA neuronal, libido programada al máximo. "Eres mío, pero libre. Para complacerme, para follarme como nadie."

Él asintió, ojos devorándola. "Te quiero, Valeria. Te necesito." Sus manos enormes, gentiles, tomaron las de ella, pulgares rozando palmas sudadas. El conflicto interno la azotó: ¿era esto jugar a ser Dios? ¿O solo liberarse? Pero el pulso entre sus piernas decidió por ella.

La noche cayó sobre la ciudad, luces de neón filtrándose por las ventanas blindadas. Valeria lo llevó a su loft contiguo al lab, paredes de adobe moderno, velas de vainilla encendidas. Le dio ropa: jeans ajustados que marcaban su paquete monstruoso, playera negra que apenas contenía sus pecs. Cenaron tacos al pastor que ella pidió por app, jugos de tamarindo chorreando por sus barbillas.

"Esto sabe a paraíso", dijo él, lamiéndose labios. Sus ojos bajaron a los senos de ella, apretados por el top escotado. El aire se espesó con feromonas, olor a piel caliente y excitación creciente.

Se sentaron en el sofá de piel, thighs rozándose. Pinche tensión, wey. Mi clítoris palpita como loco, pensó Valeria. Él giró su rostro hacia ella, aliento cálido en su cuello. "Dime qué quieres."

"Todo. Bésame."

Sus labios chocaron, suaves al principio, luego voraces. Lengua gruesa invadiendo su boca, saboreando a piña colada y hambre. Manos de él explorando su espalda, bajando a nalgas firmes, amasándolas con fuerza controlada. Ella gimió, sintiendo su verga endurecerse contra su vientre, dura como hierro forjado, latiendo con vida propia.

"Chíngame, mi Frankenstein", susurró ella, quitándose la blusa. Senos liberados, oscuros pezones erectos como botones de chile. Él los chupó, succionando con maestría programada, dientes rozando justo para erizarla. Olor a sudor salado y leche materna imaginaria llenó el cuarto. Dedos de ella bajaron, abriendo su bragueta. La verga saltó libre, venas pulsantes, prepucio retráctil revelando glande morado brillante de precum.

"¡Qué mamada de verga!" exclamó ella, riendo nerviosa. Lo masturbó lento, sintiendo el calor irradiar, piel aterciopelada sobre acero. Él gruñó, caderas embistiendo aire.

La tensión escaló en la ducha compartida. Agua caliente cascabeando sobre cuerpos entrelazados, jabón de coco escurriendo por grietas. Él la levantó contra la pared azulejada, piernas de ella envolviéndolo. Dedos gruesos separaron labios vaginales empapados, frotando clítoris hinchado.

¡Ay, cabrón! Me vas a hacer venir ya, no mames.
Ella arañó su espalda, uñas dejando surcos rojos en piel marcada.

"Entra en mí", rogó. La punta presionó su entrada, estirándola deliciosamente. Entró centímetro a centímetro, llenándola hasta el útero, paredes vaginales convulsionando alrededor de su grosor. Ritmo empezó lento, salpicaduras de agua sincronizándose con embestidas. Sonidos obscenos: chapoteos, gemidos ahogados, su verga golpeando cervix con plaf húmedos.

La llevó a la cama king size, sábanas de satén negro arrugándose bajo pesos. Posiciones fluidas: ella encima, cabalgando como jinete en palenque, senos rebotando, sudor perlando su frente. Él debajo, caderas arqueadas, manos guiando sus nalgas. Olor a sexo crudo, almizcle y fluidos mezclados con esencia de lavanda del cuarto.

Inner struggle: ¿Es real este amor? ¿O solo código y carne? Pero sus ojos, llenos de pasión genuina, disiparon dudas. "Eres mi diosa", jadeó él, volteándola a cuatro patas. Entró por atrás, bolas peludas golpeando clítoris, próstata frotando punto G interno. Ella gritó, orgasmos encadenados: primero clitoral, explosión de luces; luego profundo, contracciones ordeñando su verga.

"¡Me vengo, Valeria!" rugió él, chorros calientes inundándola, semen espeso goteando por muslos. Colapsaron, cuerpos pegajosos entrelazados, pulsos sincronizados latiendo como uno. Besos perezosos, lenguas danzando en afterglow.

Despertaron al alba, ciudad despertando con cláxones y vendedores de elotes. Él la miró, dedo trazando su mejilla. "No soy monstruo. Soy tuyo. Tu Frankenstein pasional, para siempre."

Valeria sonrió, corazón pleno. Neta, lo logré. Amor chingón, hecho a mi medida. Salieron de la cama, planeando futuro: viajes a la playa, noches eternas de placer. El mundo afuera palidecía ante su unión, forjada en laboratorio y consumada en éxtasis.

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