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Pasion Prohibida Capitulo 55 El Susurro en la Oscuridad

6544 palabras

Pasion Prohibida Capitulo 55 El Susurro en la Oscuridad

La noche en la casa de mi cuñado en Polanco estaba cargada de ese calor pegajoso de julio en la Ciudad de México. El aire olía a tacos al pastor de la taquería de la esquina y a las flores de bugambilia que trepaban por las paredes del jardín. Yo, Ana, de veintiocho años, con mi vestido rojo ceñido que marcaba mis curvas justito, no podía dejar de mirar a Raúl, el mejor amigo de mi esposo desde la prepa. ¿Por qué carajos tiene que verse tan chulo con esa camisa blanca abierta en el pecho? pensé mientras tomaba un sorbo de mi chela helada, sintiendo el condensado resbalar por mis dedos.

Mi marido, Jorge, reía a carcajadas con los carnales en la barra improvisada, ajeno a la electricidad que chispeaba entre Raúl y yo cada vez que nuestras miradas se cruzaban. Habíamos jugado a este gato y ratón por meses: miraditas en las fiestas, mensajes coquetos que borrábamos al instante, roces "accidentales" en la cocina. Era nuestra pasión prohibida, como esos novelones que leo en secreto, y esta noche, capítulo 55 de nuestra propia historia, sentía que el deseo iba a explotar.

Neta, Ana, contrólate. Jorge está aquí al lado. Pero Raúl... su olor a colonia con un toque de sudor masculino me tiene loca.

El sonido de la cumbia rebentaba desde los bocinas, cuerpos moviéndose al ritmo, y yo me escabullí al jardín trasero, fingiendo buscar más hielo. El corazón me latía como tamborazo zacatecano. De repente, su mano grande y cálida se posó en mi cintura. ¿Ya te vas, nena? murmuró Raúl al oído, su aliento caliente rozándome la oreja, oliendo a tequila reposado.

No, wey, solo necesitaba aire respondí, girándome despacio. Nuestros cuerpos quedaron a milímetros, el calor de su piel traspasando la tela fina de mi vestido. Sus ojos cafés oscuros me devoraban, bajando por mi escote hasta mis caderas. Sentí un cosquilleo en el estómago, bajando directo a mi entrepierna, donde ya empezaba a humedecerme.

Acto uno completo: la chispa prendida. Caminamos sin tocarnos, pero el aire entre nosotros vibraba. Entramos a la casita de herramientas del jardín, un cuartito oscuro con olor a madera y tierra húmeda. Cerró la puerta con llave, y en la penumbra solo iluminada por la luna filtrándose por una ventanita, me acorraló contra la pared.

Ana, no aguanto más esta pasión prohibida capítulo 55 que nos traemos dijo con voz ronca, como si leyera mis pensamientos. Sus labios capturaron los míos en un beso feroz, hambriento. Sabían a tequila y a menta, su lengua invadiendo mi boca con urgencia. Gemí bajito, mis manos subiendo por su pecho firme, sintiendo los músculos duros bajo la camisa. Él gruñó, presionando su verga ya tiesa contra mi muslo. ¡Qué dura, qué grande se siente!

El beso se volvió salvaje, chupándonos las lenguas, mordiéndonos los labios. Sus manos bajaron a mis nalgas, amasándolas con fuerza, levantándome un poquito para que sintiera todo su bulto. Olía a su excitación, ese aroma almizclado que me volvía loca. Te quiero tanto, pinche tentación jadeó, separándose para bajarme el vestido del hombro. Mis tetas saltaron libres, pezones duros como piedras rozando su pecho.

Acto dos: la escalada. Me arrodillé despacio, el piso de cemento raspándome las rodillas, pero no importaba. Desabroché su pantalón, liberando esa verga gruesa, venosa, con la cabeza brillando de precum. Órale, mírala, toda para ti dijo con esa sonrisa pícara mexicana. La tomé en mi mano, sintiendo el pulso acelerado, el calor palpitante. Lamí desde la base hasta la punta, saboreando la sal de su piel. Él metió los dedos en mi pelo, guiándome mientras chupaba más profundo, mi boca llena, garganta relajándose para tomarlo todo. Los gemidos de Raúl llenaban el cuartito, ¡Qué rico chupas, mamacita! Así, no pares.

Me levantó como pluma, volteándome contra la mesa de madera astillada. Subí mi vestido, quitándome el tanga empapado. Mira cómo estás de mojada por mí ronroneó, pasando dos dedos por mi raja resbalosa. Gemí fuerte, arqueando la espalda. El sonido de mi humedad era obsceno, chup-chup al meter y sacar sus dedos. Esto es el paraíso prohibido, pensé, mientras él lamía mi cuello, mordisqueando la piel sensible.

Sus dedos encontraron mi clítoris, frotándolo en círculos perfectos. El placer subía como ola, mis piernas temblando. Ven, córrete para mí ordenó juguetón, y obedecí, explotando en un orgasmo que me dejó jadeante, el cuerpo convulsionando. Olía a mi propia esencia, dulce y almizclada, mezclada con su sudor.

No me dio tregua. Me penetró de un solo empujón, su verga llenándome hasta el fondo. ¡Ay, cabrón, qué rico! grité, clavando las uñas en la madera. Empezó a bombear lento, profundo, cada embestida rozando mi punto G. Sentía cada vena, cada pulso, el roce húmedo de piel contra piel. El slap-slap de nuestros cuerpos era música erótica, sus bolas golpeando mi clítoris.

Aceleró, sus manos en mis caderas, jalándome contra él. Eres mía esta noche, Ana. Olvídate de todo gruñó. Yo respondía moviendo las nalgas, cabalgándolo desde atrás. El sudor nos pegaba, su pecho contra mi espalda, besos en la nuca. Esto es pecado delicioso, pero no puedo parar. El clímax se acercaba, tensión en mi vientre, pechos rebotando.

Acto tres: la liberación. Me vengo, nena avisó, y sentí su verga hincharse, caliente semen llenándome en chorros potentes. Eso me llevó al borde: grité su nombre, el orgasmo partiéndome en dos, olas de placer interminable. Colapsamos sobre la mesa, jadeantes, su peso reconfortante sobre mí.

Después, en el afterglow, nos besamos suaves, tiernos. Su mano acariciaba mi pelo revuelto, oliendo a sexo y jardín. Esto no puede acabar aquí, pero tenemos que ser cuidadosos susurró. Asentí, el corazón lleno de culpa y éxtasis. Salimos por separado, yo arreglándome el vestido con manos temblorosas, él guiñándome un ojo antes de volver a la fiesta.

De vuelta con Jorge, fingí normalidad, pero dentro ardía. Pasion prohibida capitulo 55: el capítulo donde cruzamos la línea, y ahora ansío el 56. La noche terminó con risas y más chelas, pero mi piel aún hormigueaba con el recuerdo de Raúl, su sabor en mi boca, su esencia dentro de mí. En la cama esa noche, soñé con más, con un futuro donde esta pasión no fuera tan prohibida.

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