Pasiones Ardientes del Canal Megacable
Era una noche calurosa en el DF, de esas que te pegan el cuerpo a la sábana y te hacen sudar sin moverte. Yo, Karla, acababa de llegar del jale en la oficina, con el pinche tráfico que me tenía hasta la madre. Mi departamentito en la Roma estaba chido, con su ventanita que daba a la calle bulliciosa, pero esa noche solo quería relax total. Encendí el tele y busqué en el control remoto del Megacable. Canal Pasiones Megacable, decía el botón que mi carnal me había marcado una vez de broma. "¿Qué pedo con este canal?", pensé, riéndome sola mientras lo sintonizaba.
La pantalla se iluminó con una morra despampanante, de curvas que quitaban el hipo, frotándose contra un vato musculoso en una cama king size. El sonido de sus gemidos bajos llenó la sala, como un ronroneo que se te mete en la piel. Olía a mi perfume mezclado con el vapor del baño que acababa de tomar, jazmín y algo dulce que me ponía cachonda sin querer. Sentí un cosquilleo en el estómago, bajando hasta mis muslos. ¿Por qué no? Solo un ratito, me dije, quitándome la blusa y quedándome en brasier de encaje negro. El aire fresco del ventilador me erizaba la piel, pezones duros como piedritas.
De repente, toquido en la puerta.
"¡Karla, ábreme, wey! Traigo chelas", gritó Luis, mi vecino de al lado, el que siempre andaba coqueteando con su sonrisa pícara y sus ojos cafés que te desnudan. Era el carnal perfecto: alto, tatuado en el brazo con un águila chida, y un cuerpo que gritaba gym. Abrí la puerta a medias, cubriéndome con la blusa. Neta, qué mala pata, justo ahora.
—Pásale, pero no veas nada raro —le dije, riendo nerviosa mientras él entraba con su six de Coronas heladas.
—Órale, ¿qué traes puesto, morra? —dijo, escaneándome de arriba abajo, su mirada deteniéndose en mis tetas—. Y ¿qué es este canal? Canal Pasiones Megacable, ¿eh? Pinche caliente el programita.
Nos sentamos en el sofá gastado pero cómodo, abrimos chelas. El frío del vidrio contra mi palma sudada contrastaba con el calor que subía por mi cuello. En la tele, la pareja ya estaba en lo bueno: ella de rodillas, chupándosela al vato con labios carnosos, saliva brillando bajo las luces tenues. El sonido húmedo, succiones rítmicas, me hacía apretar las piernas. Luis se removió a mi lado, su muslo rozando el mío, piel cálida y áspera por el vello.
—¿Te prende este pedo? —murmuró él, voz ronca, girándose para verme. Su aliento olía a menta y cerveza, fresco y tentador.
—Neta, sí. Me tiene mojadita ya —confesé, sin filtros, porque con Luis siempre era así de directo. Nuestras miradas se engancharon, y sentí su mano en mi rodilla, subiendo despacio, dedos callosos trazando círculos que me erizaban.
Acto uno cerrado, pensé, mientras el deseo crecía como la marea en la playa de Acapulco. Le quité la playera, revelando su pecho firme, olor a jabón y hombre sudado del día. Lo besé, labios suaves al principio, luego hambrientos, lenguas enredándose con sabor a Corona y sal. Gemí bajito cuando su mano metió por mi brasier, pellizcando un pezón, enviando chispas directo a mi clítoris palpitante.
Nos fuimos al piso, alfombra raspando mis rodillas mientras lo empujaba. La tele seguía ronroneando: "Sí, fóllame más duro", gemía la actriz, y yo repetí en mi mente, queriendo lo mismo. Luis me volteó, boca en mi cuello, mordisqueando suave, dientes dejando marcas rojas que dolían rico. Este wey sabe lo que hace, pensé, arqueándome cuando sus dedos bajaron mi calzón, exponiendo mi panocha depiladita, húmeda y hinchada.
—Estás chorreando, Karla —gruñó, oliendo mi aroma almizclado, ese olor a sexo puro que llena el aire—. Quiero probarte.
Su lengua fue fuego: plana y ancha lamiendo desde el ano hasta el clítoris, círculos lentos que me hacían jadear. Sentí cada vena de su lengua, el roce áspero contra mis labios vaginales sensibles. Mis manos en su pelo negro revuelto, jalando mientras mis caderas se movían solas, follándole la cara. ¡Qué chingón! El sudor nos pegaba, piel resbalosa, corazón latiendo como tambor en desfile.
Pero no quería soltarme aún. Lo subí, montándome a horcajadas. Su verga dura como fierro, venosa y gruesa, cabeza roja brillando con pre-semen. La froté contra mi entrada, sintiendo el calor irradiar, lubricándonos mutuamente.
"Métemela ya, cabrón", le supliqué, voz quebrada.
Despacio al principio, él entrando centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Grité cuando tocó fondo, llenándome completa. Cabalgamos así, tetas rebotando, sus manos en mis nalgas amasando carne, azotando suave —paf, paf— eco en la sala mezclado con nuestros jadeos y la porno de fondo. El olor a sexo era espeso, sudor, fluidos, cerveza derramada.
Inner struggle: ¿Y si alguien oye? Pinches vecinos chismosos. Pero el placer lo ahogaba todo. Cambiamos: él encima, misionero intenso, piernas en sus hombros, follando profundo, bolas golpeando mi culo. Cada embestida un ¡plaf! húmedo, mi clítoris frotándose contra su pubis peludo. Gemí su nombre, uñas clavadas en su espalda, dejando surcos rojos.
Escalada máxima: lo volteé a perrito, mi posición fav. Arrodillada, culo en pompa, él agarrándome caderas, embistiendo como animal. Sentí su verga hincharse más, mi coño contrayéndose, ordeñándolo. Voy a venirme, wey. El clímax llegó en olas: primero un temblor en el vientre, luego explosión, chorros calientes mojando sus bolas, piernas temblando, visión borrosa. Grité, ahogada en almohada para no despertar al edificio.
Luis no tardó:
"Me vengo, Karla, ¡ahhh!", sacándola y eyaculando en mi espalda, chorros calientes salpicando piel, goteando tibios. Colapsamos, respiraciones agitadas, cuerpos pegajosos. La tele seguía, pero ya no importaba; apagamos todo.
Afterglow: nos bañamos juntos, agua caliente lavando sudor y semen, manos suaves en jabón espumoso. Besos lentos, risas. Esto fue chido, neta, pensé, acurrucada en su pecho húmedo, oyendo su corazón calmarse. Salió prometiendo más noches así, y yo, con una sonrisa pendeja, sintonizando de nuevo el Canal Pasiones Megacable sola, recordando cada roce, cada olor, cada sabor.
Desde esa noche, el Megacable se volvió nuestro secreto picante, encendiendo pasiones que ardían más que cualquier pantalla.