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Frases de Pasión por el Deporte que Encienden la Piel

7484 palabras

Frases de Pasión por el Deporte que Encienden la Piel

El sol del mediodía en la playa de Cancún pegaba como plomo derretido, pero eso no me detenía. Yo, Ana, con mis shorts ajustados y mi top deportivo que dejaba ver el sudor resbalando por mi ombligo, corría detrás de la pelota de voleibol. Neta, el deporte era mi vicio, mi forma de soltar la adrenalina que me comía por dentro. Cada salto, cada golpe, me hacía sentir viva, como si mi cuerpo gritara ¡dale con todo!

Allí estaba él, Marco, el wey que todos volteaban a ver en la cancha. Alto, moreno, con músculos que se marcaban bajo la piel bronceada y tatuajes que asomaban por los bordes de su playera sin mangas. Jugaba como demonio, con esa intensidad que te eriza la piel. Nuestras miradas se cruzaron cuando lancé un remate que él bloqueó en el aire.

«¡Qué pasión por el deporte tienes, morra! Esas frases de pasión por el deporte que gritas me prenden fuego»
, me dijo con una sonrisa pícara, limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano.

Me reí, sintiendo un cosquilleo en el estómago. ¿Frases de pasión por el deporte? Siempre las soltaba para motivarme: «¡Corre como si te persiguiera el diablo!», «¡Golpea con el alma entera!». Pero en su boca, sonaban diferentes, como un coqueteo disfrazado. Terminamos el partido, exhaustos, con la arena pegada a las piernas y el olor a sal y sudor mezclándose en el aire caliente. Nos sentamos en la orilla, las olas lamiendo nuestros pies, y empezó la plática.

«¿Sabes? El deporte es como el sexo, pura pasión desatada», murmuró él, acercándose un poco más. Su voz grave vibraba en mi pecho, y olía a hombre sudado, a mar y a algo más primitivo que me aceleraba el pulso. Yo asentí, mordiéndome el labio. Chingao, qué guapo era de cerca, con esos ojos cafés que te desnudaban sin piedad.

La tensión creció como una tormenta en el horizonte. Me invitó a su casa cercana, «para refrescarnos y platicar más de esa pasión por el deporte». No lo pensé dos veces. Caminamos por la playa, el sol bajando y tiñendo todo de naranja, nuestras manos rozándose accidentalmente. Cada roce era electricidad, un preview de lo que vendría.

Entramos a su depa minimalista, con vista al mar y un gym improvisado en la terraza. Me ofreció una cerveza fría, y nos sentamos en el sofá de cuero que crujía bajo nuestro peso. Hablamos de fútbol, de la Selección, de cómo el grito del gol te pone la piel chinita. Él recitó una de mis frases favoritas:

«¡El sudor es el elixir de la victoria!»
Lo dijo mirándome fijo, y sentí mi cuerpo responder, un calor húmedo entre las piernas.

¿Qué carajos me pasa?, pensé, mientras él se paraba para poner música, un reggaetón suave con bajo que retumbaba en mis costillas. Volvió y se sentó más cerca, su muslo tocando el mío. El aire se cargó de ese olor a deseo, almizclado y salado. «Muéstrame cómo te estiras después del juego», me pidió, su aliento caliente en mi oreja.

Me puse de pie, haciendo mis estiramientos habituales, arqueando la espalda, sintiendo sus ojos devorarme. Él se levantó detrás de mí, sus manos grandes posándose en mis caderas para «ayudarme». ¡Órale! Ese toque fue fuego puro. Sus dedos presionaron mi piel, firmes pero tiernos, y yo gemí bajito sin querer. «Así se siente la pasión por el deporte, ¿verdad?», susurró, su pecho pegado a mi espalda, el bulto en sus shorts rozándome el culo.

Me volteé, nuestros rostros a centímetros. «Sí, pero esta pasión es más... carnal», respondí, y lo besé. Fue un beso hambriento, lenguas enredándose con sabor a cerveza y sal, dientes mordisqueando labios. Sus manos bajaron mis shorts, exponiendo mi tanga empapada. Yo tiré de su playera, revelando ese torso esculpido, cubierto de sudor fresco.

Nos movimos a la terraza, el viento del mar azotando nuestras pieles desnudas. Él me levantó como si no pesara nada, sentándome en la barandilla. El riesgo del borde nos excitaba más. «¡Aguanta como en un partido final!», gruñó, mientras lamía mi cuello, bajando a mis tetas. Su boca era caliente, succionando mis pezones duros como piedras, enviando chispas directas a mi clítoris palpitante.

Yo enredé mis piernas en su cintura, sintiendo su verga dura presionando contra mí. Neta, qué chingona se sentía. Olía a su excitación, ese aroma macho que me volvía loca. Le bajé los shorts, liberándola: gruesa, venosa, goteando precum. La tomé en mi mano, masturbándolo lento, oyendo sus jadeos roncos mezclados con el romper de las olas.

«Dime una de tus frases de pasión por el deporte», pedí entre besos. «¡Corre hacia el clímax sin parar!», soltó él, y me penetró de un solo empujón. ¡Ay, wey! Llenó mi coño hasta el fondo, estirándome deliciosamente. Empezamos a follar con ritmo de embestida atlética: él empujando fuerte, yo clavando uñas en su espalda, nuestros cuerpos chocando con palmadas húmedas.

El sudor nos unía, resbaloso y caliente. Sentía cada vena de su pija frotando mis paredes, el roce en mi punto G que me hacía arquearme. Gemía sus frases adaptadas:

«¡Golpea más profundo, cabrón!»
Él reía, acelerando, sus bolas golpeando mi culo. El olor a sexo impregnaba el aire, mezclado con yodo del mar. Mi clítoris hinchado rozaba su pubis, construyendo la presión como una ola gigante.

Internamente, luchaba con el placer abrumador. No quiero que acabe nunca, pero ya vengo... Él lo notaba, mordiendo mi hombro. «¡Aguanta, morra, hagamos overtime!» Pero no pude. El orgasmo me estalló como un penalti perfecto: espasmos violentos, mi coño apretándolo como tenaza, chorros de jugos mojando sus muslos. Grité, el sonido ahogado por su boca.

Él siguió bombeando, gruñendo como bestia. «¡Voy a marcar gol!», avisó, y se corrió dentro, chorros calientes llenándome, su cuerpo temblando contra el mío. Nos quedamos pegados, pulsos latiendo al unísono, respiraciones entrecortadas. Bajó conmigo al piso de la terraza, aún unidos, besándonos lento ahora, saboreando el aftertaste salado de nuestros fluides.

Después, envueltos en una sábana ligera, miramos el atardecer. «Esa fue la mejor frase de pasión por el deporte que he vivido», dije, acariciando su pecho. Él sonrió, trazando círculos en mi vientre. Chido, pensé, esto no era solo un polvo; era conexión, sudor compartido, pasión que trasciende la cancha.

Nos duchamos juntos, jabón resbalando por curvas y músculos, risas y toques juguetones. Salimos a cenar tacos de mariscos en un puesto cercano, platicando de más deportes, de revanchas en la playa. Esa noche, en su cama con sábanas frescas oliendo a lavanda, follamos de nuevo, más despacio, explorando cada centímetro con lenguas y dedos. Su lengua en mi coño fue poesía: lamidas largas, succiones expertas, hasta que vine otra vez, temblando en sus brazos.

Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, me despertó con besos en la nuca. «¿Lista para otra sesión de entrenamiento?», murmuró. Reí, volteándome para montarlo. Cabalgamos lento, sintiendo cada movimiento, sus manos en mis caderas guiándome. El clímax nos tomó juntos, un dúo perfecto de gemidos y espasmos.

Y así, entre frases de pasión por el deporte susurradas en la piel, nació algo más que un polvo de playa. Era fuego eterno, listo para más rondas.

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