El Actor Que Interpreta La Pasion De Cristo Despierta Mi Pasion Oculta
Era una noche calurosa en el corazón de la Ciudad de México, con el aire cargado de ese olor a tierra mojada mezclado con el humo de los taquitos callejeros. Yo, Ana, había ido al teatro Bellas Artes porque mi carnala me insistió en ver los ensayos de la obra de La Pasión de Cristo, una producción chida para la Semana Santa. No soy devota ni nada, pero neta que me picó la curiosidad cuando me dijo que el actor principal era un bombón. El actor que interpreta la Pasión de Cristo, como lo llamaban todos, Javier Ruiz, un tipo alto, moreno, con ojos que te clavaban como espinas y un cuerpo esculpido que parecía tallado en madera de olivo.
Me colé hasta el backstage con una credencial falsa que mi compa del staff me prestó. El lugar olía a sudor fresco, pintura de escenario y un toque de incienso que flotaba desde el altar improvisado. Lo vi ahí, de rodillas en la cruz falsa, con la túnica pegada al pecho por el sudor, gritando sus líneas con una voz ronca que me erizó la piel. Sus músculos se tensaban, el brillo del aceite corporal resbalaba por su abdomen marcado, y yo sentí un calor subiendo desde mi entrepierna, como si el mismísimo diablo me susurrara al oído. ¿Qué pedo conmigo? ¿Yo fantaseando con Jesús en la cruz?
Después del ensayo, me quedé rezagada, fingiendo ajustar unas luces. Él se acercó, secándose el rostro con una toalla blanca que contrastaba con su piel bronceada. Olía a hombre puro: salado, terroso, con un leve aroma a colonia barata pero sexy. "¿Todo bien por aquí?", me dijo con esa sonrisa pícara, sus ojos café chocolate devorándome de arriba abajo. Mi corazón latía como tamborazo en una fiesta de pueblo. "Sí, carnal, nomás admirando el show. Tú eres el actor que interpreta la Pasión de Cristo, ¿verdad? Neta que lo clavas, pero de una forma que... no sé, me revuelve el alma". Reí nerviosa, sintiendo mis pezones endurecerse bajo la blusa ligera.
Charlamos un rato. Resulta que Javier era de Guadalajara, pero vivía en la capi por trabajo. Hablaba con ese acento tapatío que me encanta, todo relajado, diciendo "órale" y "qué onda". Me contó que el rol le exigía disciplina: ayunos, oraciones, pero que en privado era un pendejo normalito que amaba la vida. Yo le seguí la corriente, rozando su brazo "accidentalmente" mientras reíamos de chistes sucios sobre santos pecadores. La tensión crecía como tormenta de verano; su mirada bajaba a mis labios, a mis chichis que se marcaban con el sudor. "¿Quieres una chela después? Vivo cerca, en Polanco, nada fancy pero con buena vista", me propuso. Mi coño palpitaba ya, húmedo de anticipación. "¡Chido! Vamos, que me muero de sed".
En el taxi, su muslo rozaba el mío, eléctrico. Pensaba: "Este vato me va a partir en dos, y yo se lo voy a pedir a gritos".
Llegamos a su depa, un lugar moderno con ventanales que daban a las luces de Reforma. Puso música de rock en español, algo sensual como Café Tacvba, y sacó unas coronitas frías del refri. Brindamos, chocando botellas con un clink que sonó como promesa. Nos sentamos en el sofá de piel suave, mis piernas cruzadas rozando las suyas. Hablamos de todo: de cómo el rol lo ponía cachondo por la adrenalina, de mis fantasías con actores divinos. "Sabes, Ana, verte ahí atrás... con esa falda tan corta, me distrajiste un chingo". Su mano se posó en mi rodilla, subiendo despacio, enviando chispas por mi espina. Yo no me quedé atrás; le acaricié el pecho por encima de la playera, sintiendo los latidos acelerados bajo mi palma.
La cosa escaló rápido pero con ese ritmo que te hace rogar. Me besó primero suave, labios carnosos probando los míos como vino tinto, lengua explorando con maestría. Sabía a cerveza fría y a deseo crudo. Mis manos bajaron a su pantalón, sintiendo la verga endureciéndose, gruesa y caliente contra la tela. "Javier, neta que eres un dios", gemí mientras él me quitaba la blusa, exponiendo mis tetas al aire fresco. Sus dedos juguetearon con mis pezones, pellizcándolos justo lo necesario para que doliera rico, haciendo que mi clítoris se hinchara de necesidad.
Me levantó en brazos como si no pesara nada –fuerte, el cabrón– y me llevó a la cama king size, con sábanas de algodón egipcio que olían a limpio y a su esencia. Me tendió boca arriba, besando mi cuello, lamiendo el sudor salado de mi clavícula. Bajó despacio, torturándome: mordisqueó mis tetas, chupó un pezón hasta que grité bajito, luego el otro. Su aliento caliente en mi ombligo, manos abriendo mis muslos. "Estás empapada, morra", murmuró, oliendo mi aroma almizclado de excitación. Metió la cara entre mis piernas, lengua plana lamiendo mi panocha desde el ano hasta el clítoris, sorbiendo mis jugos como néctar. Yo arqueé la espalda, uñas clavadas en su cabello negro, jadeando "¡Más, pendejo, no pares!". El sonido de su lamida era obsceno, chapoteante, mezclado con mis gemidos que rebotaban en las paredes.
Pero yo quería más. Lo volteé, montándolo a horcajadas. Le arranqué la playera, admirando su torso: pectorales firmes, abdomen en tabla de lavar, vello oscuro bajando al ombligo. Desabroché su jeans, liberando esa verga impresionante: venosa, cabezota morada, goteando precum que lamí con deleite, salado y amargo en mi lengua. La mamé despacio al principio, saboreando cada centímetro, garganta profunda hasta que tosió de placer. "¡Órale, Ana, eres una diosa del sexo!", rugió, manos en mi cabeza guiándome. El olor de su entrepierna era embriagador, masculino puro.
La tensión llegó al pico cuando me penetró. Yo de rodillas en la cama, él detrás, agarrándome las caderas. Entró de un empujón suave pero firme, estirándome deliciosamente, llenándome hasta el fondo. "¡Ay, cabrón, qué grande!", chillé, sintiendo cada vena rozando mis paredes internas. Empezó lento, embestidas profundas que me hacían jadear, piel contra piel plaf plaf, sudor goteando de su pecho a mi espalda. Aceleró, nalgadas suaves que ardían rico, mis tetas bamboleándose. Me volteó boca arriba, piernas en sus hombros, follando con furia santa, ojos clavados en los míos. "Córrete conmigo, Jesús mío", le susurré juguetona, recordando su rol. Él rió ronco, "Pecadora deliciosa".
El clímax nos golpeó como rayo: mi coño contrayéndose en espasmos, chorros de placer mojando las sábanas, gritando su nombre mientras él se vaciaba dentro, caliente y espeso, pulsando. Colapsamos, jadeantes, piel pegajosa, corazones tronando al unísono. Olía a sexo puro: semen, sudor, mi esencia. Me acurruqué en su pecho, escuchando su respiración calmarse, su mano acariciando mi cabello.
Después, fumamos un cigarro en la terraza, desnudos bajo las estrellas, Reforma brillando abajo. "Neta que eres el mejor actor que interpreta la Pasión de Cristo", le dije riendo, besando su hombro. Él me apretó contra sí: "Y tú mi María Magdalena favorita". No hubo promesas, solo esa conexión carnal profunda, el afterglow envolviéndonos como niebla tibia. Me fui al amanecer, piernas flojas, coño adolorido pero feliz, sabiendo que esa noche había revivido mi propia pasión oculta. Y quién sabe, quizás vuelva a los ensayos.