Saboreando La Fruta De La Pasion En Ingles
El sol de mediodía caía a plomo sobre el mercado de Oaxaca, tiñendo de oro las pilas de frutas apiladas en los puestos. El aire estaba cargado de aromas dulces y terrosos: mangos maduros, piñas jugosas y ese perfume exótico que siempre me volvía loca. Caminaba entre los vendedores, con mi canasta colgando del brazo, sintiendo el calor subir por mis piernas desnudas bajo la falda ligera de algodón. Neta, qué rico se siente este calor pegajoso en la piel, pensé, mientras mis ojos se posaban en un montón de frutas moradas, arrugadas como pasas gigantes. Fruta de la pasión, las conocían aquí.
—¿Cuántas quiere, mija? Están bien maduras, pa' que se le haga agua la boca, me dijo la señora del puesto, con su sonrisa pícara y el delantal manchado de jugo.
Me agaché para olerlas de cerca. Ese olor ácido y floral me invadió las fosas nasales, despertando un cosquilleo en el estómago. Tomé una y la partí con las manos; el interior era un estallido de semillas negras brillantes cubiertas de pulpa translúcida, como joyas cubiertas de miel. El jugo me corrió por los dedos, pegajoso y tibio.
Entonces lo vi. Alto, con piel bronceada por el sol mexicano, ojos verdes que brillaban como el mar de Puerto Escondido, y una camiseta ajustada que marcaba sus pectorales. Estaba parado al lado, regateando con la vendedora en un español torpe pero encantador. Su acento... gringo, pero no cualquier gringo. Parecía de esos que vienen a buscar aventura.
—Es passion fruit en inglés, dijo de repente, girándose hacia mí con una sonrisa ladeada.
—La fruta de la pasión en inglés se llama passion fruit. Y créeme, sabe a deseo puro.Su voz era grave, ronca, como si cada palabra llevara un roce invisible.
Me quedé helada, con la fruta chorreando en mi mano. Nuestros ojos se cruzaron, y sentí un pulso acelerado entre las piernas. ¿Qué pedo? ¿Por qué este wey me mira así, como si ya me estuviera desnudando? Le sonreí, limpiándome el jugo en la falda sin apartar la vista.
—¿Y tú cómo sabes tanto de frutas mexicanas, guapo? le pregunté, juguetona, inclinándome un poco para que viera el escote de mi blusa floja.
—Vivo aquí hace meses. Soy Alex. Y tú... pareces saber cómo disfrutarlas, respondió, tomando una fruta y partiéndola con facilidad. Me ofreció la mitad, sus dedos rozando los míos. El contacto fue eléctrico, piel contra piel húmeda de jugo. Chupé la pulpa directamente, el sabor dulce y ácido explotando en mi lengua, mientras lo veía a él hacer lo mismo, sus labios brillando.
Compré un montón, y él insistió en ayudarme a cargar la canasta. Caminamos juntos por las calles empedradas, el bullicio del mercado quedando atrás. Hablamos de todo: de cómo la fruta de la pasión en inglés era su favorita porque le recordaba besos prohibidos en su juventud. Yo le conté de mis tardes en la playa, soñando con alguien que me hiciera vibrar. La tensión crecía con cada paso, el roce accidental de su brazo contra mi hombro enviando chispas por mi espina.
Llegamos a mi casa, una casita colorida en las afueras, con patio lleno de buganvilias y hamaca tendida. El aire olía a jazmín y tierra húmeda después de la lluvia matutina. Lo invité a pasar con una cerveza fría, pero ambos sabíamos que no era por eso.
En la cocina, bajo la luz suave del atardecer que entraba por la ventana, partimos más frutas. El jugo salpicaba la mesa de madera, goteando como sudor anticipado. Me acerqué a él, mi cadera rozando la suya. Siento su calor, su aliento en mi cuello. Neta, ya estoy mojada solo de imaginarlo.
—Prueba esto, murmuró, untando pulpa en mi clavícula con el dedo. Bajó la cabeza y lamió despacio, su lengua caliente y áspera contra mi piel. Gemí bajito, el sabor de la fruta mezclado con su saliva me mareaba. Mis manos subieron a su cabello, tirando suave, guiándolo más abajo.
Nos besamos entonces, furioso y lento a la vez. Sus labios sabían a passion fruit y cerveza, dulces y amargos. Me levantó sobre la mesa, mi falda subiéndose por los muslos. Sus manos exploraban, fuertes pero tiernas, quitándome la blusa con urgencia. Mis pechos se liberaron, los pezones duros como semillas negras, y él los besó, chupó, mordisqueó mientras yo arqueaba la espalda.
—Eres deliciosa, mamacita. Como esta fruta, gruñó, bajando la boca por mi vientre. Tomó otra mitad de fruta y la esparció por mi piel, trazando caminos viscosos desde el ombligo hasta el borde de mis panties. El aire fresco de la cocina contrastaba con el calor de su aliento. Me quité la ropa interior yo misma, ansiosa, exponiéndome. Qué chingón se siente su mirada devorándome.
Su lengua siguió el rastro de jugo, lamiendo mi piel, bajando hasta mi centro. El primer toque fue un rayo: suave, circular, saboreando la fruta mezclada con mi humedad. Grité su nombre, mis uñas clavándose en la mesa. El sonido de su succión, húmedo y obsceno, llenaba la habitación junto con mis jadeos. Olía a sexo y a pasión tropical, ese aroma almizclado que me volvía loca.
Lo jalé hacia arriba, queriendo sentirlo todo. Le bajé los pantalones, su verga saltando libre, dura y palpitante, con una gota de precúm brillando en la punta. La tomé en mi mano, suave como pulpa, y la unté con más jugo de fruta. Él gimió, profundo, animal. —No seas pendejo, métemela ya, le susurré al oído, mordiéndole el lóbulo.
Me penetró despacio al principio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena, cada pulso, el calor envolviéndome. Nos movimos en ritmo, la mesa crujiendo bajo nosotros, sudor perlando nuestras pieles. El jugo de la fruta hacía todo resbaloso, sensual; mis pechos rebotaban con cada embestida, sus manos amasándolos.
La intensidad subió. Cambiamos a la hamaca del patio, bajo las estrellas que empezaban a salir. Él de rodillas, yo encima, cabalgándolo con furia. El vaivén de la hamaca amplificaba todo: el slap de piel contra piel, mis gemidos convirtiéndose en gritos, su aliento jadeante en mi oreja.
—Más fuerte, Alex, dame todo ese passion fruit tuyo, le pedí, riendo entre jadeos.
El clímax llegó como una ola del Pacífico: me tensé, mi interior contrayéndose alrededor de él en espasmos interminables. Grité, el placer explotando en colores detrás de mis párpados cerrados. Él me siguió segundos después, gruñendo mi nombre —María— mientras se vaciaba dentro de mí, caliente y abundante.
Caímos juntos en la hamaca, exhaustos, pegajosos de jugo, sudor y fluidos. El aire nocturno nos refrescaba la piel ardiente, el olor de la fruta aún flotando. Me acurruqué en su pecho, escuchando su corazón latir fuerte, como tambores aztecas.
—La fruta de la pasión en inglés... ahora sé por qué le dicen así, murmuró él, besándome la frente.
Sonreí, trazando círculos en su piel con el dedo. Esto no termina aquí. Mañana, más frutas, más deseo. Neta, qué vida chida. El mercado nos esperaría de nuevo, pero ahora con promesas de noches como esta: dulces, ácidas, inolvidables.