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Que Significa Pasiones Desordenadas

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Que Significa Pasiones Desordenadas

La noche en Polanco estaba viva, con ese bullicio de luces neón y risas que se escapaban de los bares. Yo, Ana, acababa de salir de una semana de puro estrés en la oficina, y neta, necesitaba un trago. Entré al cantina moderna esa, con mesas de madera oscura y velitas parpadeando. El aire olía a mezcal ahumado y a perfume caro mezclado con sudor fresco. Me senté en la barra, pedí un margarita con sal, y mientras el hielo crujía en el vaso, sentí unos ojos clavados en mí.

Era él. Alto, moreno, con una sonrisa que prometía problemas. Vestía una camisa negra ajustada que marcaba sus hombros anchos, y unos jeans que le quedaban como pintados. Se acercó, con esa confianza de wey que sabe lo que quiere. "Órale, güerita, ¿me invitas a sentarme o qué?", dijo con voz grave, ronca como el tequila reposado. Le sonreí, sintiendo un cosquilleo en el estómago. "Simón, si traes algo interesante que platicar".

Se llamaba Marco, venía de Guadalajara, pero andaba de negocios en la ciudad. Hablamos de todo: del pinche tráfico, de tacos al pastor que extrañaba, de cómo la vida en México te revuelve el alma. Sus ojos cafés me devoraban, y yo sentía el calor subiendo por mis muslos. ¿Qué carajos? pensé. Hacía meses que no sentía esto, esa chispa que te hace apretar las piernas bajo la mesa. Él rozó mi mano al pasarme el salero, y su piel era cálida, áspera por el trabajo. Olía a colonia cítrica con un toque de hombre, ese aroma que te hace imaginarlo sin camisa.

La tensión crecía con cada sorbo. Me contó de su rancho, de noches bajo las estrellas donde las pasiones se desatan sin control. "¿Sabes qué significa pasiones desordenadas?", murmuró de repente, inclinándose cerca. Su aliento cálido me rozó la oreja, oliendo a limón y alcohol. Sentí un escalofrío bajarme por la espalda. "No, pendejo, explícame", respondí juguetona, mordiéndome el labio. "Es cuando el cuerpo manda y la cabeza se rinde. Como ahora".

Acto de introducción: la escena estaba puesta, el deseo latía como un tambor en mi pecho.

Salimos del bar tomados de la mano, el aire fresco de la noche me erizó la piel bajo el vestido negro ceñido. Caminamos hasta su hotel, un lugar chido en Reforma, con lobby de mármol y ascensor que olía a flores frescas. Adentro, las paredes del elevador nos encerraron, y no aguanté más. Lo jalé hacia mí, nuestros labios chocaron en un beso hambriento. Su boca sabía a sal y margarita, lengua caliente explorando la mía con urgencia. Gemí bajito, sintiendo sus manos grandes bajando por mi espalda, apretando mi culo con fuerza posesiva pero tierna.

En su habitación, la luz tenue de la lámpara pintaba sombras en su piel morena. Me quitó el vestido despacio, besando cada centímetro que dejaba al descubierto. "Estás chingona, Ana", susurró contra mi cuello, su barba raspándome delicioso. Yo temblaba, el corazón latiéndome en la garganta.

¿Esto es lo que significa pasiones desordenadas? Ese fuego que te quema por dentro, que te hace olvidar tu nombre.
Mis pechos se liberaron, y él los tomó con manos expertas, lengua lamiendo mis pezones hasta ponérmelos duros como piedras. Olía a su sudor limpio, a deseo puro.

Lo empujé a la cama king size, con sábanas blancas crujientes. Me subí encima, desabrochando su camisa. Su pecho era firme, pectorales marcados por horas en el gym o montando caballo. Le besé el abdomen, bajando hasta su cinturón. El bulto en sus jeans era impresionante, palpitante. Lo liberé, su verga saltó dura, gruesa, con venas marcadas. La tomé en la mano, sintiendo su calor pulsante, el terciopelo sobre acero. Él gruñó, "Más, güera, no pares". La chupé despacio, saboreando el gusto salado de su pre-semen, lengua girando en la cabeza mientras él me enredaba los dedos en el pelo.

Pero no quería acabar así. Me levanté, piel erizada por el aire acondicionado, y me quité las panties de encaje negro. Me abrí de piernas sobre él, frotándome contra su dureza. "Te quiero adentro, Marco", jadeé. Nuestros ojos se clavaron, consentimiento mutuo en esa mirada ardiente. Deslizó un condón –siempre responsable, qué chido– y me penetró lento, centímetro a centímetro. Sentí cada vena estirándome, llenándome hasta el fondo. Gemí fuerte, uñas clavadas en sus hombros. El cuarto se llenó de nuestros jadeos, el slap slap de piel contra piel, olor a sexo húmedo y almizclado.

El ritmo subió, yo cabalgándolo como en un rodeo salvaje. Sus manos en mi cintura guiándome, caderas chocando con fuerza. Sudor perlando su frente, goteando en mi pecho. Sentía mi clítoris rozando su pubis, chispas de placer subiendo por mi espina. "¡Más duro, cabrón!", grité, y él obedeció, embistiéndome desde abajo. Internamente luchaba:

Esto es desorden, puro caos delicioso. ¿Por qué peleo contra esto siempre? ¿Qué significa pasiones desordenadas sino rendirse al pinche instinto?

Me volteó, poniéndome a cuatro patas. El espejo del clóset reflejaba todo: mi culo en alto, tetas balanceándose, su cara de éxtasis. Entró de nuevo, profundo, una mano en mi pelo tirando suave, la otra en mi clítoris frotando círculos perfectos. El placer se acumulaba, tenso como un resorte. Oí mis propios gritos, roncos, animalesco. "¡Me vengo, Marco, no pares!". El orgasmo me rompió, olas y olas convulsionándome, jugos chorreando por mis muslos. Él gruñó mi nombre, tensándose, corriéndose dentro con espasmos que sentí hasta el alma.

Escalada perfecta: del roce al éxtasis, emociones revueltas como tequila con refresco.

Caímos exhaustos, cuerpos enredados, piel pegajosa de sudor. Su pecho subía y bajaba contra el mío, corazón galopando al unísono. Me besó la frente, suave ahora, tierno. "Pasiones desordenadas, Ana. Eso fuimos", murmuró, riendo bajito. Yo sonreí, oliendo su cuello, saboreando la sal en su piel. El cuarto olía a nosotros, a sexo satisfecho, con la ciudad zumbando afuera como un secreto compartido.

Nos duchamos juntos, agua caliente cascando sobre nosotros. Sus manos jabonosas en mi cuerpo, risas por las cosquillas. Salimos envueltos en toallas, pedimos room service: unos tacos de arrachera y chelas frías. Comimos en la cama, platicando de tonterías, de sueños locos. Neta, no era solo sexo; había conexión, esa química que te hace sentir viva.

Al amanecer, con sol filtrándose por las cortinas, me vestí despacio. Él me miró desde la cama, ojos perezosos. "Vuelve cuando quieras desorden", dijo. Le di un beso largo, prometedor. Bajé al lobby, piernas flojas aún, sonrisa boba en la cara.

Ahora sé qué significa pasiones desordenadas: es el desmadre hermoso de dejarte llevar, de sentir cada pulso, cada roce como si fuera el primero. Y me late repetirlo.

La vida en México es así: caótica, apasionada, llena de sorpresas que te follan el alma antes que el cuerpo. Y yo, Ana, acababa de descubrirlo de la mejor manera.

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