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Pasiones Ocultas del Elenco de Laberinto de Pasiones

7381 palabras

Pasiones Ocultas del Elenco de Laberinto de Pasiones

Ana sentía el corazón latiéndole como tambor en una fiesta de pueblo mientras entraba al foro de Televisa en San Ángel. El aire olía a café recién molido mezclado con el perfume dulzón de las maquillistas y el sudor fresco de los reflectores calientes. Era su primer día como parte del elenco de Laberinto de Pasiones, la telenovela que todos en México platicaban. Vestida con un escote que dejaba ver justo lo suficiente para volver loco a cualquiera, se miró en el espejo del camerino. Neta, ¿qué chingados estoy haciendo aquí? pensó, pero una sonrisa pícara se le escapó al recordar la audición donde el productor le guiñó el ojo.

De repente, la puerta se abrió con un chirrido que le erizó la piel. Ahí estaba Marco, el galán principal, con su camisa entreabierta mostrando el pecho moreno y musculoso que tanto sudaban las fans en las redes. Olía a colonia cara, esa que te hace agua la boca como tequila añejo. "¡Bienvenida, morra! Soy Marco, tu carnal en esta novela loca", dijo con voz grave que vibraba en el estómago de Ana. Ella extendió la mano, pero él la jaló para un abrazo que duró un segundo de más. Sintió su calor contra sus tetas, el roce de su barba incipiente en el cuello. Pinche hombre, ya me tienes mojadita, se dijo Ana, mordiéndose el labio.

En el set, el director gritaba órdenes mientras el elenco se movía como en un baile erótico. Lucía, la villana sexy con curvas de infarto, se acercó a Ana durante un break. "Mira, chava, aquí en el elenco de Laberinto de Pasiones no hay tiempo para mojigatas. Después de grabar, nos vamos a la casa de Marco a 'ensayar' escenas privadas. ¿Vienes o qué?". Su aliento mentolado rozó la oreja de Ana, y un escalofrío le bajó por la espalda hasta el entrepierna. Ana asintió, el pulso acelerado como si ya estuviera en plena acción.

La grabación fue un infierno delicioso. Marco y Ana tenían una escena de celos donde él la acorralaba contra la pared. Sus cuerpos se pegaron de verdad, el sudor de él goteando en el escote de ella. Podía oler su macho, ese aroma almizclado que gritaba quiero cogerte ya. Cuando el director dijo "¡Corte!", Marco le susurró: "Eso fue solo el principio, preciosa". Ana sintió sus bragas empapadas, el roce de la tela contra su clítoris hinchado la volvía loca.

Al caer la noche, la casa de Marco en Polanco era un nido de lujuria. Luces tenues, música de banda sensual sonando bajito, y botellas de mezcal helado en la mesa. El resto del elenco llegó: Javier, el galán joven con sonrisa de pendejo encantador, y Sofía, la ingenua que en realidad era una diosa en la cama. Todos reían, platicaban de la novela, pero el aire estaba cargado de promesas. Ana se sentó en el sofá de piel suave, cruzando las piernas para disimular el calor entre ellas.

Marco le sirvió un trago, sus dedos rozando los de ella como una caricia eléctrica. "Cuéntame, Ana, ¿qué te prende de verdad?". Ella lo miró a los ojos oscuros, bebió un sorbo que le quemó la garganta. Quiero que me chupes hasta que grite, pensó, pero dijo: "Las pasiones prohibidas, carnal. Como en la novela". Lucía se rio, acercándose por detrás y masajeándole los hombros. Sus uñas largas arañaron suave la piel de Ana, despertando nervios que bajaban directo al coño. "Aquí no hay cámaras, mija. Podemos ser bien pasionales".

La tensión creció como olla a presión. Javier se unió, sentándose al lado de Ana y pasando el brazo por su cintura. Su mano grande se deslizó bajo la blusa, tocando la curva de su teta. Ana jadeó, el toque áspero de su palma contra el pezón endurecido la hizo arquearse. Marco observaba, los ojos brillantes de deseo, mientras Sofía se arrodillaba frente a Lucía, besándole el cuello con labios rojos. El sonido de besos húmedos llenó la habitación, mezclado con risas ahogadas y suspiros.

Ana no aguantó más. Se volteó hacia Javier, lo jaló por la nuca y le metió la lengua hasta el fondo. Sabía a mezcal y a hombre joven, fresco y hambriento. Él gruñó, manoseándola con urgencia, pellizcando el pezón hasta que dolió rico. Marco se acercó por el otro lado, desabrochándole el brasier con dientes. ¡Ay, cabrón, sí! pensó Ana cuando su lengua caliente lamió el pezón, chupándolo como si fuera caramelo. El cuarto olía a sexo incipiente, a piel caliente y jugos despertando.

Lucía y Sofía se desnudaron primero, sus cuerpos brillando bajo la luz ámbar. Lucía tenía tetas perfectas, redondas como mangos maduros, y Sofía un culo que pedía nalgadas. Se besaron devorándose, lenguas enredadas, manos explorando coños depilados y húmedos. Ana las vio y se prendió más, el calor entre sus piernas convirtiéndose en río. Javier le quitó la falda, besando el interior de sus muslos. Su aliento caliente la volvía loca, y cuando su lengua tocó el clítoris, Ana gritó: "¡No pares, pendejo!".

Marco se sacó la verga, gruesa y venosa, palpitando como bestia. Ana la miró hipnotizada, el olor a macho puro invadiéndole las fosas nasales. Se la mamó con ganas, saboreando la sal de la punta, sintiendo cómo se endurecía en su boca. Javier la penetró con dedos primero, dos gruesos abriéndose paso en su apretado coño, curvándose para tocar ese punto que la hacía temblar. Me van a romper de gusto, monologaba Ana en su mente, mientras el placer subía en olas.

El ritmo se aceleró. Marco la puso a cuatro patas en el sofá, embistiéndola desde atrás con fuerza controlada. Cada estocada hacía que sus tetas rebotaran, el slap-slap de carne contra carne resonando como aplausos obscenos. Javier se metió en su boca, follándole la garganta suave. Lucía se acostó debajo, lamiéndole el clítoris mientras Marco la cogía, lengua experta chupando y succionando. Sofía besaba a Ana, compartiendo saliva y gemidos. El aire estaba espeso de olores: sudor salado, coños mojados, vergas calientes.

Ana sentía el orgasmo construyéndose, una tormenta en el vientre. Voy a explotar, neta. Marco aceleró, gruñendo como toro: "¡Córrete para mí, morra!". Y ella lo hizo, un grito gutural escapando mientras su coño se contraía en espasmos, jugos chorreando por los muslos. Javier se corrió en su boca, semen caliente y espeso que ella tragó con deleite. Marco la llenó segundos después, su verga pulsando dentro, caliente leche inundándola.

Lucía y Sofía alcanzaron el clímax juntas, cuerpos entrelazados temblando, uñas clavadas en piel. Todos cayeron exhaustos, pieles pegajosas de sudor y fluidos, respiraciones jadeantes llenando el silencio. Ana se acurrucó contra Marco, su pecho subiendo y bajando, oliendo a sexo satisfecho. Javier le acariciaba el pelo, Lucía le besaba la frente. Este elenco es lo máximo, pensó Ana, una sonrisa lazy en los labios.

La noche se extendió en rondas más lentas, caricias perezosas y besos suaves. Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, Ana se vistió sintiendo el cuerpo deliciosamente adolorido. "Mañana en el set, ¿eh? Sin cámaras esta vez", bromeó Marco. Todos rieron, un lazo invisible uniéndolos más que cualquier guion. Ana salió a la calle empedrada de Polanco, el aire fresco besando su piel marcada por la pasión. Sabía que Laberinto de Pasiones acababa de volverse real, y no podía esperar por más.

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