15 Oraciones de la Pasion de Cristo en Carne Desnuda
Me llamo Ana y vivo en un departamentito chido en la Roma Norte, de esos con balcones que dan a la calle llena de hipsters y taquerías. Tengo veintiocho pirulos, trabajo en una galería de arte y soy de las que van a misa los domingos, pero con un fuego adentro que no se apaga ni con agua bendita. Mi carnal, Javier, es un morro alto moreno de treinta, mecánico de motos con tatuajes que le cubren los brazos como un mapa de pecados. Nos conocemos de un antro en la Condesa, y desde entonces cada vez que se acerca, siento que mi panocha se despierta como si fuera Viernes Santo.
Era una noche de cuaresma, el aire olía a incienso de la iglesia de la esquina y a jazmines del vecino. Javier llegó con una botella de mezcal y esa sonrisa pícara que me hace mojarme al instante. Estábamos en el sillón, sus manos grandes ya explorando mis muslos bajo la falda, cuando saqué el librito viejo de mi abuela. "15 oraciones de la pasion de cristo", le dije, pasando las páginas amarillentas. "Mi abuelita juraba que rezarlas te salvaba de todo mal, pero neta, wey, me dan unas ideas raras".
Él se rio, su aliento cálido contra mi cuello, oliendo a tabaco y hombre. "
Órale, carnala, ¿y si las rezamos juntos? Pero a lo nuestro, sin hipocresías", murmuró, y su voz ronca me erizó la piel. Sentí un cosquilleo en el estómago, como mariposas con alas de fuego. ¿Sería pecado? ¡Al carajo el pecado! pensé, mientras su lengua rozaba mi oreja. Nos arrodillamos en la alfombra, el librito entre nosotros, iluminado por la luz tenue de la lámpara. El primer toque fue inocente: sus dedos en mi mano, pero ya mi corazón latía como tamborazo zacatecano.
Empezamos con la primera oración, nuestras voces entrelazadas en el silencio del depa. "Oh Jesús, por tu pasión..." Yo cerré los ojos, pero en vez de ver cruces, imaginaba su cuerpo fuerte sobre el mío. Javier se acercó más, su pecho duro contra mis tetas, y el roce de su verga tiesa contra mi pierna me hizo jadear.
¡Qué chingón es esto, mezclar lo sagrado con lo carnal!Sus manos subieron por mi blusa, desabrochando botones lentos, como si cada uno fuera un Ave María. El aire se llenó del olor a mi excitación, dulce y salado, mezclado con su sudor fresco.
Para la quinta oración, ya estábamos semidesnudos. Mi falda en el piso, sus jeans abiertos dejando ver esa verga gruesa palpitante, venosa como una promesa de redención. Tocábamos mientras rezábamos: yo acariciando su pecho velludo, él masajeando mis nalgas firmes. "Por tus llagas...", susurré, y él respondió lamiendo mi cuello, mordisqueando suave. El sonido de su saliva en mi piel era como lluvia en el zócalo, y mi clítoris hinchado rogaba atención.
Esto no es oración, es un ritual de deseo, y me encanta ser la virgen pecadora.
La tensión subía como el calor de un comal. Nos recostamos en la cama king size que compramos en rebajas de Liverpool, el colchón hundiéndose bajo nuestro peso. Javier me quitó el brasier con dientes, liberando mis chichis redondos, pezones duros como piedras de río. Los chupó con hambre, succionando fuerte, y yo gemí alto, "¡Ay, wey, no pares!". El sabor de su boca era salado, con un toque de mezcal, y mis jugos corrían por mis muslos, empapando las sábanas blancas.
Al llegar a la décima oración, el librito olvidado a un lado, él se hundió entre mis piernas. Su lengua experta lamió mi panocha depilada, explorando pliegues húmedos, chupando el clítoris con devoción de fraile. "Por tu corona de espinas...", balbuceé entre jadeos, mientras mis caderas se arqueaban. El sonido era obsceno: slurps húmedos, mis gemidos roncos como rancheras de José Alfredo. Olía a sexo puro, almizcle y deseo.
Si esto es el infierno, mándenme más demonios como Javier. Mis manos enredadas en su pelo negro, tirando suave, guiándolo más profundo.
Pero no quería correrme aún; quería que la pasión creciera como levadura en nixtamal. Lo empujé boca arriba, su verga erguida como cruz en el Calvario. La tomé en mi boca, saboreando la piel suave y el precum salado, gimiendo alrededor de ella. Él gruñía, "¡Qué rico, pinche morra caliente!", sus caderas empujando rítmicas. El cuarto olía a nuestros fluidos, el aire pesado, caliente como sauna en temazcal. Tocábamos todo: sus bolas pesadas, mis tetas rebotando, piel contra piel resbalosa de sudor.
La escalada fue brutal. Para las últimas cinco oraciones, nos fusionamos. Yo encima, cabalgándolo lento al principio, sintiendo cada centímetro de su verga estirándome, llenándome hasta el alma. "Por tu cruz...", recité, mientras rebotaba, mis nalgas chocando contra sus muslos con palmadas sonoras. Él me amasaba las tetas, pellizcando pezones, y yo aceleré, el placer subiendo como volcán en Popo.
Neta, esto es mi pasion de cristo personal, redención en cada embestida.
Cambiamos: él atrás, doggy style, penetrándome profundo, su vientre contra mi culo, manos en mi cintura. El ritmo feroz, piel golpeando piel como tambores en fiesta patronal. Grité su nombre, "¡Javier, más duro, cabrón!", y él obedeció, una mano bajando a frotar mi clítoris hinchado. El orgasmo me pegó como rayo: olas de placer desde el útero, piernas temblando, visión borrosa, un grito gutural que debió oír el portero. Él siguió, gruñendo, hasta que se corrió dentro, chorros calientes inundándome, su semen goteando por mis muslos.
Colapsamos, jadeantes, envueltos en sábanas revueltas. El librito de las 15 oraciones de la pasion de cristo en la mesita, testigo mudo de nuestra liturgia carnal. Javier me besó la frente, su voz ronca: "¿Ves? La fe y el fuego van de la mano, mi reina". Yo sonreí, el cuerpo lánguido, satisfecho, oliendo a nosotros.
Mi abuelita nunca imaginó esto, pero qué chido rezar así. Mañana repetimos, con más oraciones si hace falta.
La noche se calmó, el tráfico de Insurgentes un murmullo lejano. En el afterglow, con su brazo alrededor, sentí paz verdadera: no la de la iglesia, sino la de dos almas desnudas, unidas en pasión santa y profana. México es así, lleno de contrastes, y nosotros éramos el mejor de todos.