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En Tu Cuerpo La Pasión Que Llevo Encendida

6305 palabras

En Tu Cuerpo La Pasión Que Llevo Encendida

La noche en Puerto Vallarta caía como un manto caliente y pegajoso, con el rumor del mar colándose por las ventanas abiertas de la villa. Tú, con ese vestido ligero de algodón que se pegaba a tus curvas por el sudor del día, entraste al cuarto donde yo te esperaba, recargado en la cabecera de la cama king size. El aire olía a sal marina mezclada con jazmín del jardín, y el ventilador zumbaba perezosamente sobre nosotros. Órale, qué chula estás, pensé, mientras mis ojos recorrían tus piernas bronceadas, subiendo hasta esos pechos que se marcaban bajo la tela fina.

—Ven pa'cá, mi reina —te dije con voz ronca, extendiendo la mano. Tú sonreíste, esa sonrisa pícara que me volvía loco, y te acercaste con pasos lentos, contoneando las caderas como si supieras el fuego que encendías en mí. Te sentaste a mi lado, y el colchón se hundió un poco bajo tu peso. Sentí el calor de tu muslo contra el mío, piel contra piel, y un escalofrío me recorrió la espalda a pesar del bochorno.

En tu cuerpo la pasión que llevo encendida desde que te vi esta mañana en la playa, con el bikini apenas conteniendo tus formas perfectas.
Esa frase me retumbaba en la cabeza mientras te jalaba hacia mí, nuestros labios se rozaron primero suave, como un susurro, y luego con hambre. Tu boca sabía a coco del protector solar y a tequila de la tarde, dulce y ardiente. Gemiste bajito, un sonido que me erizó los vellos de los brazos, y tus manos se enredaron en mi pelo, tirando suave para profundizar el beso.

El mundo se redujo a eso: tu lengua danzando con la mía, el sabor salado de tu piel cuando besé tu cuello, inhalando tu aroma a vainilla y deseo. Te recosté despacio sobre las sábanas blancas, frescas contra el calor de nuestros cuerpos. Mis dedos trazaron la línea de tu escote, bajando el tirante del vestido hasta que tus senos quedaron expuestos, pezones endurecidos por el aire y la anticipación. Neta, qué pinga de mujer, murmuré contra tu piel, lamiendo uno de ellos, sintiendo cómo se arrugaba más bajo mi lengua húmeda.

Tú arqueaste la espalda, un jadeo escapó de tus labios pintados de rojo. —Más, carnal... no pares —susurraste, voz entrecortada, y eso fue como gasolina en mi fuego interno. Tus uñas arañaron mi espalda, dejando surcos leves que dolían rico, mientras yo bajaba el vestido por completo, revelando tus caderas anchas y ese triángito de encaje negro que apenas cubría tu intimidad. El olor a tu excitación llegó hasta mí, almizclado y embriagador, haciendo que mi verga palpitara dura contra los boxers.

Te quité las bragas con delicadeza, besando el camino por tu vientre suave, deteniéndome en el ombligo para meter la lengua y hacerte reír nerviosa. Abajo, tu concha brillaba húmeda, labios hinchados invitándome. Chingao, qué mojada estás ya. Acaricié con los dedos primero, rozando el clítoris en círculos lentos, sintiendo cómo temblabas. Tus muslos se abrieron más, envolviéndome la cabeza, y metí la lengua, saboreando tu néctar salado-dulce, chupando suave hasta que tus caderas se movieron solas, follándome la boca.

—Ay, pendejo, me vas a volver loca —gemiste, tirando de mi pelo con fuerza. El sonido de tus jadeos se mezclaba con las olas rompiendo a lo lejos, un ritmo que aceleraba mi pulso. Me incorporé, quitándome la ropa rápido, mi polla saltando libre, venosa y lista. Te miré a los ojos, oscuros y nublados de lujuria, y asentiste, mordiéndote el labio. —Dámela, ven... fóllame ya.

Me posicioné entre tus piernas, la punta rozando tu entrada caliente y resbalosa. Entré despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo tus paredes me apretaban, calientes como volcán. Tú gritaste suave, un "¡Sí!" que vibró en mi pecho. Empecé a moverme, lento al principio, saboreando cada embestida, el slap-slap de piel contra piel, el sudor perlando nuestros cuerpos. Tus tetas rebotaban con cada thrust, y las tomé en las manos, pellizcando los pezones mientras aceleraba.

El cuarto se llenó de nuestros sonidos: tus gemidos altos, mis gruñidos guturales, la cama crujiendo bajo nosotros. Cambiamos de posición; te puse encima, tus rodillas a mis lados, y cabalgaste como diosa, pelo suelto azotando tu espalda. Sentí tus jugos correr por mis bolas, el olor a sexo impregnando el aire.

En tu cuerpo la pasión que llevo encendida, ardiendo más con cada vaivén de tus caderas.
Tus uñas en mi pecho, dejando marcas rojas, y yo subiendo las caderas para clavarme más profundo.

La tensión crecía, como una ola gigante acercándose. Tus movimientos se volvieron erráticos, respiraciones rápidas. —Me vengo, chulo... ¡no pares! —gritaste, y tu concha se contrajo alrededor de mí, ordeñándome, mientras temblabas entera, ojos en blanco de placer puro. Ese apretón me llevó al borde; embestí fuerte unas veces más, el mundo explotando en blanco caliente cuando me vine dentro de ti, chorros calientes llenándote, nuestros gritos uniéndose en un clímax perfecto.

Colapsamos juntos, jadeantes, cuerpos pegajosos de sudor y fluidos. Te abracé fuerte, besando tu frente húmeda, el mar susurrando afuera como aplauso. Tú rodaste a mi lado, cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón galopante calmarse. —Eso estuvo chido, mi amor —murmuraste, voz ronca y satisfecha, trazando círculos en mi piel con el dedo.

Nos quedamos así un rato, en el afterglow, con la brisa nocturna secando nuestro sudor. Pensé en cómo cada vez que te tocaba, esa pasión se encendía más, como un fuego que no se apaga. Tú levantaste la vista, ojos brillantes. —Otra ronda? —preguntaste juguetona, y reí, jalándote de nuevo hacia mí. La noche era joven, y en Puerto Vallarta, el deseo nunca duerme.

Al amanecer, con el sol tiñendo el cielo de rosa, nos despertamos enredados. Tu piel olía a nosotros, a sexo y mar. Me miraste con esa sonrisa que me derrite. Neta, eres lo máximo. Salimos a la terraza, desnudos aún, café humeante en mano, planeando el día. Pero en el fondo, sabíamos que la verdadera aventura estaba en la cama, donde en tu cuerpo la pasión que llevo encendida seguía latiendo, lista para más.

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