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Versiculos Sobre La Pasion De Cristo Que Inflaman La Carne

5838 palabras

Versiculos Sobre La Pasion De Cristo Que Inflaman La Carne

En la penumbra de su casa colonial en el corazón de Puebla, María sentía el aire cargado de incienso y jazmín del patio. Era Viernes Santo, y el silencio de las calles resonaba con el eco lejano de procesiones. Tenía veintiocho años, piel morena como el chocolate de Oaxaca, curvas que ocultaba bajo un vestido negro sencillo, pero que ardían por dentro con un fuego que la iglesia nunca saciaba. Su carnal, Alejandro, acababa de llegar, alto, con esa barba incipiente que le raspaba la piel como lija suave, y ojos negros que prometían pecados deliciosos.

—Neta, mija, ¿vamos a leer versículos sobre la pasión de Cristo antes de salir a la procesión? le dijo él con esa voz ronca, sentándose a su lado en el sillón de mimbre. María asintió, el corazón latiéndole fuerte. Sacó la Biblia vieja de su abuela, las páginas amarillentas oliendo a tiempo y devoción. Pero en su mente, pasión no era solo sufrimiento; era ese nudo en el estómago cuando Alejandro la rozaba.

Empezaron a leer en voz alta.

«Y sudaba como gotas de sangre cayendo a tierra»
, recitó ella, y sintió un escalofrío. Imaginó el sudor salado en la piel de Cristo, el cuerpo tenso, los músculos contraídos en éxtasis agonizante. Alejandro la miró, su mano grande posándose en su muslo. El tacto era eléctrico, cálido, como si el versículo cobrara vida en su carne.

Qué chingón ese verso, ¿no? —murmuró él, su aliento caliente contra su oreja—. Esa pasión duele, pero qué rico duele.

María tragó saliva, el pulso acelerado en su cuello. El aroma de su colonia mezclada con el sudor del día la mareaba. Sus pezones se endurecieron bajo la tela, rozando como un secreto culpable.

La lectura continuó, pero las palabras se volvían densas, cargadas de un erotismo prohibido que ninguno nombraba aún.

«Lo flagelaron, y su espalda se abrió en surcos rojos»
. Alejandro recitó, y su dedo trazó la espina dorsal de María, bajando lento hasta la curva de sus nalgas. Ella jadeó, el toque enviando ondas de calor a su entrepierna. ¿Por qué esto me moja tanto?, pensó, cerrando los ojos. El sonido de su respiración entrecortada llenaba la habitación, como un rezo invertido.

Él se acercó más, su verga ya dura presionando contra el pantalón, un bulto que María sentía como una promesa. —Siente esa pasión, mi reina. Imagina el cuerpo entregándose, el dolor volviéndose placer. Sus labios rozaron su cuello, saboreando la sal de su piel. María giró, besándolo con hambre, lenguas enredándose en un baile húmedo y salvaje. Manos explorando: las de él amasando sus chichis plenas, pellizcando los pezones hasta que ella gimió ¡ay, wey!.

Se levantaron, tambaleantes de deseo. Alejandro la despojó del vestido con urgencia reverente, exponiendo su cuerpo desnudo al aire fresco. Olía a su excitación, ese musk dulce y animal que la volvía loca. Ella le bajó el pantalón, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La tomó en la mano, sintiendo el calor, la suavidad de la piel sobre el acero. Como los clavos en la cruz, pero qué pinche delicia, pensó ella, lamiendo la punta, probando el sabor salado del precum.

La llevó al cuarto, la cama con sábanas de algodón crujiendo bajo su peso. Se tumbaron, cuerpos enredados. Él besó su ombligo, bajando a su panocha depilada, labios hinchados de necesidad. Su lengua la abrió como un versículo secreto, lamiendo el clítoris con círculos lentos. María arqueó la espalda, gimiendo, el sonido ahogado contra la almohada. Sudor, sangre, placer... todo se mezcla. Oía el chapoteo húmedo de su boca, sentía las vibraciones en su útero.

Pero querían más. Recordando los versículos sobre la pasión de Cristo, jugaron. —Soy tu Cristo, azótame con tu deseo, dijo él juguetón. Ella lo montó, arañando su pecho, dejando marcas rojas como flagelos. Cabalgó su verga, empalándose profundo, el estiramiento delicioso quemándola viva. Cada embestida era un latido: plaf, plaf, piel contra piel, sudor chorreando, mezclándose en riachuelos salados que lamían al pasar.

La tensión crecía como una tormenta. Alejandro la volteó, poniéndola a cuatro patas, admirando su culo redondo, oliendo su esencia. Entró de nuevo, profundo, sus bolas golpeando su clítoris. ¡Más, cabrón, dame esa pasión completa! gritó ella en su mente, mientras su cuerpo temblaba. Él la jalaba del pelo suave, no duele, solo domina con amor. Besos en la nuca, mordidas tiernas. El cuarto apestaba a sexo crudo, a feromonas mexicanas puras.

María sentía el orgasmo aproximándose, como la crucifixión final: inevitable, gloriosa. Sus paredes internas se contraían alrededor de su verga, ordeñándola.

«Consumado es»
, susurró ella, y explotó. Gritos roncos, jugos chorreando por sus muslos, el placer cegador, pulsos en cada nervio. Alejandro la siguió, gruñendo como toro, llenándola de leche caliente, chorros que sentía palpitar dentro.

Colapsaron, jadeantes, piel pegajosa, corazones galopando al unísono. El silencio post-coital era sagrado, roto solo por sus risas suaves. Él la abrazó, besando su frente húmeda. —Esos versículos sobre la pasión de Cristo... nos prendieron la mecha, ¿eh?

María sonrió, trazando círculos en su pecho marcado. La pasión no es solo dolor; es esto, unión carnal, divina a su modo. Afuera, las campanas tañían, llamando a la procesión. Se vistieron lento, compartiendo miradas cargadas de promesas. Salieron tomados de la mano, el fuego interno aún ardiendo, transformando el Viernes Santo en su propio éxtasis eterno.

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