La Pasion de Cristo Cancion Ardiente
Era Viernes Santo en las calles empedradas de Guanajuato, el aire cargado con el olor a incienso y velas derretidas que flotaba desde la iglesia cercana. Yo, Lucía, caminaba entre la procesión, el corazón latiéndome fuerte bajo el rebozo negro que cubría mis hombros. La multitud murmuraba oraciones, pero mis ojos se desviaban hacia él: Alejandro, el cantor que entonaba la Pasion de Cristo cancion con una voz ronca que me erizaba la piel como caricia prohibida.
Su guitarra acústica vibraba en el aire fresco de la tarde, las notas graves trepando por mi espina dorsal. "En la cruz sangrante, pasión divina...", cantaba, y yo sentía que esas palabras se clavaban en mi carne, despertando un fuego que nada tenía de santo. Olía a su sudor mezclado con el jazmín de mi perfume, y cuando sus ojos cafés se cruzaron con los míos, un escalofrío me recorrió las piernas. ¿Qué pendejada es esta? pensé, apretando las manos contra mi falda plisada. Yo, que siempre había sido la devota, la que rezaba el rosario todas las noches, ahora imaginaba sus labios en mi cuello.
La procesión avanzaba lenta, pasos arrastrados sobre la piedra húmeda por la llovizna reciente. Me quedé rezagada, fingiendo ajustar mi rebozo, solo para acercarme. Él terminó la canción con un acorde que resonó en mi pecho como un latido ajeno. La gente aplaudía quedito, respetuosa, pero yo me acerqué, el corazón en la garganta.
Órale, carnalita, ¿te gustó la rola? me dijo con una sonrisa chueca, sus dientes blancos brillando bajo la luz mortecina de las farolas.
"Neta que sí", respondí, mi voz saliendo más ronca de lo que quería. "Esa Pasion de Cristo cancion me llega hasta el alma". Mentira piadosa; me llegaba más abajo, al hueco caliente entre mis muslos.
Acto primero: el encuentro. Caminamos juntos al final de la procesión, charlando de música y tradiciones. Él era de aquí, tocaba en las fiestas patronales, pero esa noche su mirada me desnudaba despacio. Olía a tabaco y tierra mojada, su camisa pegada al torso musculoso por la humedad. Yo sentía el roce de su brazo contra el mío, accidental al principio, luego no tanto. "Eres como una virgen moderna", bromeó, y yo reí, sintiendo el calor subir a mis mejillas.
La procesión terminó en la plaza, la gente dispersándose hacia sus casas con velas en mano. "¿Quieres un cafecito en mi cantina chica?", me invitó, señalando un mesón viejo con luces tenues. Asentí, el deseo ya picándome como chile fresco. Adentro, el aroma a café de olla y canela nos envolvió, mesas de madera gastada y un radio viejo sintonizado en rancheras bajas. Nos sentamos cerca, nuestras rodillas tocándose bajo la mesa.
Acto segundo: la escalada. Hablamos horas, el mundo afuera desvaneciéndose. Me contó cómo la Pasion de Cristo cancion le nació de un desamor, pero en su boca sonaba como himno al cuerpo. Yo confesé mis noches solitarias, rezando pero soñando con manos fuertes. ¿Por qué carajos me excito tanto con un tipo que canta de Jesús? me preguntaba en silencio, mientras su dedo trazaba círculos en mi mano.
El cafecito se enfrió, pero nosotros ardíamos. Se inclinó, su aliento cálido en mi oreja: "Lucía, neta que me traes loco". Lo besé primero, mis labios chocando contra los suyos suaves y firmes, sabor a café y menta. Sus manos subieron por mi espalda, desatando el rebozo con dedos hábiles. Gemí bajito cuando su lengua exploró mi boca, profunda, como si bebiera mi alma.
Me levantó en brazos, riendo "¡Ay, mamacita!", y me llevó al cuartito trasero, una cama mullida con sábanas de algodón fresco oliendo a lavanda. La luz de una vela parpadeaba, proyectando sombras danzantes en las paredes de adobe. Me recostó despacio, sus ojos devorándome. "Eres preciosa, como una ofrenda", murmuró, quitándome la blusa. Mis pechos se liberaron, tetas firmes con pezones duros como piedras de río.
Sus labios bajaron por mi cuello, mordisqueando suave, enviando chispas a mi centro. Lamía mi piel salada, aspirando mi aroma almizclado de mujer excitada. Yo arqueé la espalda, manos enredadas en su pelo negro revuelto. "Alejandro, no pares, pendejo", jadeé, riendo entre gemidos. Él bajó más, besando mi vientre suave, lengua danzando en mi ombligo. El roce de su barba incipiente raspaba delicioso, como lija fina.
Desabrochó mi falda, panties de encaje cayendo al suelo. Mi panocha depilada brillaba húmeda, hinchada de ganas. "Qué chingona estás", gruñó, separando mis piernas con ternura. Su aliento caliente rozó mi clítoris, y grité cuando su lengua lo tocó, lamiendo lento, saboreando mis jugos dulces como miel de maguey. Chupaba, succionaba, dedos hundiéndose en mi calor resbaloso, curvándose para hallar ese punto que me hacía ver estrellas.
Yo temblaba, caderas moviéndose al ritmo de su boca, olores mezclados: mi excitación, su sudor, la vela de cera quemada. "Te voy a hacer mía, Lucía", prometió, quitándose la ropa. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, cabeza roja palpitando. La tomé en mano, piel aterciopelada sobre acero, masturbándolo despacio mientras él gemía "¡Qué rico, carnala!".
Me puse encima, guiándolo a mi entrada. Bajé despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso alrededor de su grosor. "¡Ay, Diosito!", exclamé, pero era puro placer profano. Cabalgaba, tetas rebotando, sus manos amasándolas, pellizcando pezones. El sonido de carne contra carne, chapoteo húmedo, llenaba el cuarto. Sudábamos, pieles pegajosas deslizándose.
Cambié de posición, él encima, embistiendo profundo, lento al principio, luego feroz. Cada thrust rozaba mi G, olas de placer acumulándose. "Vente conmigo", rugió, y exploté, paredes convulsionando alrededor de su verga, gritando su nombre. Él se derramó segundos después, chorros calientes llenándome, cuerpos temblando en éxtasis compartido.
Acto tercero: el afterglow. Nos quedamos enredados, respiraciones agitadas calmándose. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón galopante. Olía a sexo y paz, la vela casi apagada. "Esa canción nos unió, ¿verdad?", susurró, besando mi piel pegajosa.
"Sí, la Pasion de Cristo cancion fue nuestro comienzo", respondí, acariciando su espalda. No era culpa ni pecado; era vida, pasión viva y consensual. Afuera, las campanas tañían media noche, pero en ese cuarto, habíamos creado nuestro propio evangelio de placer.
Nos dormimos así, prometiendo más noches así de ardientes. Al amanecer, el sol filtrándose por la ventana, supe que Viernes Santo había renacido en mí como deseo eterno.