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Pasión Blanco y Negro

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Pasión Blanco y Negro

La noche en Polanco estaba viva, con ese ruido chido de la ciudad que te envuelve como un abrazo caliente. Luces de neón parpadeando en las fachadas de los bares, olor a tacos al pastor flotando en el aire mezclado con perfumes caros. Yo, Ana, con mi piel blanca como leche, vestida con un vestido negro ajustado que me hacía sentir pinche poderosa, entré al bar buscando algo que me sacara del tedio de la oficina. No esperaba encontrarle a él.

Estaba en la barra, alto, musculoso, con la piel negra brillante bajo las luces tenues, como ébano pulido. Moreno, de esos que te hacen voltear dos veces, con dreads recogidos y una sonrisa que prometía problemas del bueno. Pidió un ron con cola, y cuando sus ojos oscuros se cruzaron con los míos, sentí un cosquilleo en la nuca. Órale, neta que está cañón, pensé, mientras me acercaba fingiendo casualidad.

¿Qué onda? —le dije, sentándome a su lado con una cerveza en la mano.

Él giró, su voz grave como un tambor afro. —Todo chido, morra. ¿Y tú, qué buscas en esta selva urbana?

Nos pusimos a platicar. Se llamaba Marco, veracruzano con raíces en la costa, DJ en fiestas exclusivas. Hablaba con ese acento cantadito que me erizaba la piel. Yo le conté de mi chamba en una agencia de publicidad, de cómo la rutina me tenía harta. Pero mientras charlábamos, no podía dejar de notar el contraste: mi mano clara sobre la barra oscura, su brazo rozando el mío accidentalmente. Esa pasión blanco y negro latía ya entre nosotros, invisible pero palpable, como un imán que nos jalaba.

¿Por qué me atrae tanto? Su piel tan oscura contra la mía... Quiero sentirla, probarla. Neta, Ana, estás loca, pero qué chingón se ve.

La plática fluyó con shots de tequila. Reímos de pendejadas, bailamos un rato pegaditos en la pista, sus manos grandes en mi cintura, mi espalda contra su pecho firme. Sentí su calor a través de la tela, su aliento en mi cuello oliendo a ron y hombre. La tensión crecía, mis pezones se endurecían rozando el vestido, y abajo, un pulso húmedo que me hacía apretar las piernas.

Vámonos de aquí —murmuró él al oído, su voz ronca—. Mi depa está cerca.

Simón —respondí, sin pensarlo dos veces. Afuera, el aire fresco de la noche me golpeó la cara, pero su mano en la mía ardía.

En su departamento en la Roma, todo era arte callejero en las paredes, luces bajas y música suave de cumbia rebajada sonando bajito. Me sirvió un trago, y nos sentamos en el sofá de piel sintética que crujió bajo nuestro peso. Nuestras rodillas se tocaron, y ahí empezó lo bueno. Lo miré fijo, mordiéndome el labio.

Me traes loca con esa piel tuya —le confesé, trazando un dedo por su antebrazo. Era suave, cálida, como terciopelo vivo.

Él rio bajito, tomó mi mano y la llevó a su pecho. —Y tú con la tuya, como nieve que quiero derretir.

Nuestros labios se encontraron en un beso lento, explorador. Su boca sabía a tequila y menta, lengua juguetona enredándose con la mía. Gemí suave cuando sus manos subieron por mi espalda, desabrochando el vestido con maestría. Caí de rodillas sobre la alfombra, el tejido áspero contra mi piel desnuda ahora, solo en tanga negra.

Su cuerpo es una obra de arte, músculos definidos bailando bajo esa negrura profunda. Quiero lamer cada centímetro, perderme en este contraste que me enciende.

Marco se quitó la camisa, revelando un torso esculpido, pectorales firmes y un camino de vello que bajaba tentador. Lo jalé hacia mí, besando su cuello salado, inhalando su olor masculino, a sudor limpio y colonia especiada. Sus manos en mi pelo, guiándome mientras yo bajaba, desabrochando su jeans. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, oscura como el resto de él, palpitando contra mi mejilla pálida.

Chúpamela, reina —gruñó, y yo obedecí con gusto. La tomé en la boca, saboreando la piel suave y el gusto salado de su pre-semen. Chupé despacio, lengua girando en la cabeza, manos apretando sus bolas pesadas. Él jadeaba, caderas moviéndose leve, "¡Qué rico, pinche morra blanca tan puta!" —dijo entre dientes, juguetón.

Me levantó como si nada, cargándome al cuarto. La cama king size nos recibió, sábanas frescas oliendo a lavanda. Me tendió boca arriba, besando mi cuerpo entero: labios en mis tetas blancas, succionando pezones rosados hasta que dolían de placer. Bajó por mi vientre plano, lamiendo el ombligo, hasta llegar a mi tanga empapada.

Estás chorreando, ¿eh? —rió, quitándomela de un jalón. Su lengua en mi clítoris fue fuego puro, lamiendo lento, chupando mis labios hinchados. Gemí fuerte, arqueando la espalda, uñas en su cabeza. ¡No mames, qué chido sabe hacer eso! Olor a mi propia excitación mezclada con su saliva, sonidos húmedos llenando la habitación.

La tensión subía como volcán. Lo volteé, cabalgándolo a cuatro patas primero. Su verga entró despacio, estirándome delicioso, llenándome hasta el fondo. El contraste visual era hipnótico: mi culo blanco rebotando contra sus caderas negras, pieles chocando con palmadas sonoras. Sudor perlando nuestros cuerpos, resbaloso, salado cuando lo lamí de su pecho.

Esta pasión blanco y negro es todo lo que necesitaba. Su oscuridad me completa, me hace sentir viva, deseada como nunca.

Cambié de posición, él encima ahora, misionero profundo. Piernas enredadas, besos fieros mientras embestía fuerte, cama crujiendo rítmicamente. Sentía cada vena de su verga rozando mis paredes, clítoris frotándose contra su pubis. —¡Más duro, cabrón! —le pedí, y él obedeció, gruñendo como bestia.

El clímax llegó en oleadas. Primero yo, convulsionando alrededor de él, grito ahogado en su hombro, mordiendo su piel oscura que dejó marca roja. Él siguió bombeando, hasta que se tensó, sacándola para correrse en mi vientre blanco, chorros calientes pintando mi piel como arte abstracto. Jadeos pesados, cuerpos temblando pegados, sudor enfriándose en la piel.

Nos quedamos así, enredados, su cabeza en mi pecho. El cuarto olía a sexo crudo, a nosotros. —Eres increíble —murmuró, besando mi clavícula.

Tú también, Marco. Esta noche fue... perfecta.

Quién iba a decir que un encuentro casual desataría esta pasión blanco y negro tan intensa. Mañana quién sabe, pero esta noche me llevo el recuerdo grabado en la piel.

Nos duchamos juntos, agua caliente lavando el sudor pero no el fuego. Risitas tontas, besos suaves bajo el chorro. Salimos envueltos en toallas, pidiendo room service de unos chilaquiles para recargar. Hablamos hasta el amanecer, de sueños, de la vida en esta ciudad loca. No fue solo sexo; fue conexión, pieles opuestas uniéndose en un baile eterno.

Al salir, con el sol picando ya, me dio su número. —Vuelve cuando quieras, mi reina blanca.

Cuenta con eso —le guiñé, sintiendo su semen seco aún en mi piel como trofeo secreto. Caminé por las calles de la Roma, piernas flojas pero alma llena, sabiendo que la pasión blanco y negro acababa de cambiar mi mundo.

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