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La Pasión de Camille Claudel

7094 palabras

La Pasión de Camille Claudel

En el taller de San Ángel, donde el sol de la Ciudad de México se colaba por las ventanas altas como caricias doradas, Camille Claudel moldeaba su obra maestra. La arcilla húmeda cedía bajo sus dedos fuertes, goteando un olor terroso que se mezclaba con el café negro humeante en la mesa. Sudor perlaba su frente, y su blusa ligera se pegaba a la piel morena de su pecho, marcando los contornos de sus senos firmes. Llevaba años en México, huyendo de las sombras parisinas, buscando en la tierra mexicana la pasión que le habían robado. La Pasión de Camille Claudel, así bautizó su escultura: una figura femenina retorcida en éxtasis, brazos alzados como invocando al amante perdido.

Alejandro entró sin avisar, como siempre, con esa sonrisa pícara que le hacía un hoyuelo en la mejilla. Era su modelo, un chamaco de treinta y tantos, alto y musculoso, con tatuajes prehispánicos trepando por sus brazos como serpientes vivas. Vestía una camiseta raída y jeans ajustados que no disimulaban el bulto generoso en su entrepierna. "Órale, Camille, ¿todavía batallando con esa pasión tuya?" dijo, acercándose con un termo de pulque fresco. El olor ácido de la bebida fermentada llenó el aire, tentador como un pecado dulce.

Camille levantó la vista, sus ojos verdes chispeantes bajo el mechón negro rebelde. "Pendejo, esta pasión no se doblega fácil", respondió con una risa ronca, limpiándose las manos en un trapo. Pero dentro, su corazón latía como tambor azteca.

¿Por qué carajos me prende tanto este wey? Su piel huele a sol y a tierra mojada, como si fuera parte de mi arcilla.
La tensión creció cuando él se paró detrás de ella, sus manos grandes cubriendo las de ella sobre la escultura. El calor de su cuerpo la envolvió, su aliento cálido rozando su nuca. "Déjame ayudarte, carnala", murmuró, y sus dedos guiaron los de ella, hundiendo la arcilla en curvas más profundas, más sensuales.

El roce fue eléctrico. Camille sintió el pulso de él contra su espalda, duro y urgente. Giró la cabeza, sus labios a centímetros de los de él. "¿Y si la pasión se desborda?" preguntó ella, voz temblorosa. Alejandro no respondió con palabras; su boca capturó la de ella en un beso feroz, lenguas danzando como llamas. Sabía a pulque y a tabaco, un sabor adictivo que la hizo gemir bajito. Sus manos bajaron por su cintura, apretando sus nalgas redondas bajo la falda suelta. Ella arqueó la espalda, presionando contra él, sintiendo su verga tiesa como mármol contra su vientre.

Se separaron jadeantes, ojos clavados. "Esto es lo que necesitaba mi escultura... y yo", susurró Camille, tirando del borde de su camiseta. Él se la quitó de un jalón, revelando un torso esculpido por horas en el gym y bajo el sol mexicano. Los pezones oscuros se endurecieron al aire, y ella no pudo resistir: lamió uno, mordisqueando suave, mientras sus uñas arañaban su abdomen. Alejandro gruñó, un sonido gutural que vibró en el pecho de ella. "Chingada madre, Camille, me vas a volver loco".

La llevaron al catre en la esquina del taller, rodeado de herramientas y bocetos. El colchón crujió bajo su peso combinado. Alejandro la desvistió despacio, besando cada centímetro de piel expuesta. Primero la blusa, liberando sus tetas plenas, pezones rosados erguidos como picos de arcilla fresca. Chupó uno con hambre, succionando hasta que ella jadeó, "¡Más, cabrón, no pares!". El sonido de su boca húmeda, los labios chasqueando, llenaba el espacio. Olía a su sudor mezclado con el almizcle de su excitación, un aroma que la mareaba de deseo.

Camille lo empujó boca arriba, desabrochando sus jeans con dedos temblorosos. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, la cabeza brillante de precum. "Qué chingonería", murmuró ella, admirándola. La tomó en la mano, piel suave sobre acero, y la lamió desde la base hasta la punta, saboreando la sal de él. Alejandro se arqueó, manos enredadas en su pelo. "¡Pinche diosa!" Ella lo engulló profundo, garganta relajada, gimiendo con cada embestida de sus caderas. El sonido obsceno de succión y saliva la ponía más caliente, su concha chorreando, empapando los muslos.

Esto es la pasión de Camille Claudel, pura y jodidamente viva. No más represión, no más sombras. Quiero sentirlo romperme en dos.
Lo montó con urgencia, guiando su pija a su entrada resbaladiza. Bajó despacio, centímetro a centímetro, gimiendo al ser llena. "¡Ay, wey, qué grande estás!" Las paredes de su coño se apretaron alrededor de él, pulsando. Empezó a cabalgar, tetas rebotando, manos en su pecho por equilibrio. El slap-slap de carne contra carne resonaba, sudor volando. Él la agarró las nalgas, amasando, un dedo rozando su ano arrugado, enviando chispas de placer prohibido.

La intensidad creció. Camille aceleró, clítoris frotándose contra su pubis peludo, chispas de éxtasis acumulándose. "¡Más fuerte, pendejo!" exigió, uñas clavadas en su piel. Alejandro la volteó sin salir, poniéndola a cuatro patas. Entró de nuevo, profundo, golpeando su cervix con cada estocada. El taller olía a sexo crudo: concha mojada, verga sudada, arcilla y pasión. Sus bolas chocaban contra su clítoris, y ella se tocó frenética, círculos rápidos. "¡Me vengo, cabrón! ¡Ya!" gritó, cuerpo convulsionando, chorros calientes salpicando sus muslos.

Él no paró, prolongando su orgasmo con embestidas salvajes. "¡Chúpame las tetas!" ordenó ella, y él obedeció, mordiendo mientras la follaba sin piedad. Su propia liberación llegó rugiendo, "¡Me corro, Camille!". Semen caliente inundó su interior, pulso tras pulso, desbordándose por sus piernas. Colapsaron juntos, cuerpos pegajosos, respiraciones entrecortadas. El corazón de ella martilleaba contra el de él, pieles fusionadas en sudor salado.

Después, en la quietud, Alejandro la besó suave en la sien. "Eres fuego puro, Camille. Esa escultura... ahora la entiendo". Ella sonrió, trazando sus labios con un dedo.

La pasión no es solo arcilla. Es esto: cuerpos enredados, almas desnudas. México me la devolvió, este hombre me la encendió.
Se levantaron lento, compartiendo pulque de la botella, riendo de lo chueco que quedó el taller. La escultura brillaba bajo la luz menguante, terminada en espíritu. Camille supo que la pasión de Camille Claudel no era solo arte; era vida, deseo, conexión carnal que no se apaga.

La noche cayó sobre San Ángel con murmullos de grillos y tráfico lejano. Enredados en las sábanas, exploraron de nuevo, más lento, saboreando cada roce. Sus dedos en su concha aún sensible, su lengua en su ano, risas entre gemidos. "Órale, otra ronda?" propuso él, y ella asintió, piernas abiertas. Esta vez fue tierno, misionero profundo, ojos en ojos. Orgasmo compartido, suspiros largos. Durmieron así, exhaustos, satisfechos, la pasión latiendo como un corazón nuevo.

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