Cañaveral de Pasiones Capitulo 85
El sol del mediodía caía a plomo sobre el cañaveral de San Miguel, en las tierras fértiles de Veracruz. El aire estaba cargado del dulce aroma de la caña madura, mezclado con el sudor de los cortadores que avanzaban fila tras fila, machete en mano. Ana, con su piel morena brillando bajo el sombrero de palma, sentía el calor subiendo por su cuerpo como una promesa prohibida. Llevaba años trabajando ahí, desde que su familia se mudó del pueblo vecino, y cada día era una batalla contra el cansancio y ese deseo que le ardía en las entrañas cada vez que veía a él.
Juan, el capataz nuevo, con su camiseta ajustada pegada al torso musculoso por el sudor, su sonrisa pícara que mostraba dientes blancos y perfectos. Neta, wey, qué chulo está el pendejo, pensaba Ana mientras lo espiaba entre las varas altas de caña. Habían cruzado miradas toda la semana, coqueteos disimulados con guiños y roces accidentales al pasar las garrafas de agua. Pero hoy, capítulo 85 de este cañaveral de pasiones, algo iba a romperse. Lo sentía en el pulso acelerado de su corazón, en el cosquilleo entre sus muslos que la hacía apretar las piernas.
¿Y si hoy me atrevo? ¿Y si lo jalo pa'cá adentro y le digo que lo quiero comerme vivo?Esa voz interna la volvía loca, mientras el machete cortaba la caña con golpes secos que resonaban como tambores en su sangre.
El descanso llegó como un alivio. Los trabajadores se apiñaron bajo la sombra de un mezquite, compartiendo tortas de frijol y refrescos helados. Ana se quedó atrás, fingiendo ajustar su rebozo. Juan se acercó, con esa caminata confiada de hombre que sabe lo que provoca.
—Órale, Ana, ¿no vienes a comer? Te ves bien rica hoy, con ese brillo en la piel —le dijo bajito, su aliento cálido rozándole la oreja.
Ella lo miró de reojo, mordiéndose el labio. —Pos tú tampoco te quedas atrás, capataz. Pero no seas menso, aquí todos nos ven.
Él rio, una risa grave que vibró en el pecho de ella. —Vente al fondo del cañaveral en diez minutos. Hay un claro donde nadie pasa. Quiero platicar... contigo.
Ana asintió, el estómago hecho un nudo de anticipación. Se alejó despacio, el corazón latiéndole en la garganta.
El claro estaba escondido entre las cañas altas, un oasis de tierra roja y hierba fresca donde el viento susurraba secretos. Ana llegó primero, quitándose el sombrero y soltando su larga cabellera negra que cayó como cascada sobre sus hombros. El olor a tierra húmeda y caña fresca la envolvió, mezclado con su propio aroma de mujer deseosa. Se recargó en una vara gruesa, sintiendo la rugosidad contra su espalda, y esperó.
Juan apareció como un depredador, ojos oscuros fijos en ella. Sin palabras, la tomó por la cintura, atrayéndola contra su cuerpo duro. Sus labios se encontraron en un beso hambriento, lenguas danzando con sabor a sal y pulque de la mañana. Ana gimió suave, sus manos explorando los músculos de su espalda, sintiendo el calor que emanaba de él como un horno.
—Te quiero desde el primer día, Ana. Neta, me vuelves loco con esas caderas —murmuró él contra su cuello, mordisqueando la piel sensible.
Ella arqueó el cuerpo, presionando sus pechos contra el pecho de él. —Entonces demuéstramelo, wey. Hazme tuya aquí mismo.
Las manos de Juan bajaron por su blusa, desabotonándola con urgencia. El aire fresco besó sus senos desnudos, pezones endurecidos por la excitación. Él los tomó en sus palmas callosas, masajeándolos con ternura que pronto se volvió feroz. Ana jadeó, el sonido ahogado por el viento en las cañas. Olía a él: sudor masculino, tierra y un toque de colonia barata que la enloquecía.
Se arrodilló despacio, besando su vientre plano mientras le bajaba los pantalones. La erección de Juan saltó libre, gruesa y pulsante, venas marcadas bajo la piel tensa. Ana la lamió desde la base, saboreando la sal de su piel, el musk almizclado que le llenaba la nariz. Él gruñó, enredando dedos en su pelo.
¡Ay, Dios, qué rico sabe! Quiero que me llene toda...
La levantó con facilidad, recargándola contra la caña. Le subió la falda, rasgando las enaguas con impaciencia. Sus dedos encontraron el calor húmedo entre sus piernas, resbaladizos de jugos. Ana se abrió para él, gimiendo cuando dos dedos entraron, curvándose justo donde dolía de placer.
—Estás mojadísima, mi reina. Esto es pa' mí —dijo él, voz ronca.
Ella lo guio dentro de sí, sintiendo cómo la estiraba, la llenaba hasta el fondo. El primer embiste fue lento, torturante, sus caderas chocando con un clap húmedo. El ritmo creció, salvaje, el sudor goteando entre ellos, mezclándose con el rocío de las cañas. Ana clavó uñas en su espalda, oliendo el sexo en el aire, escuchando los gemidos que se perdían en el susurro del viento.
El clímax se acercaba como una tormenta. Juan la volteó, tomándola por detrás, una mano en su clítoris frotando en círculos rápidos. Ana gritó bajito, el placer explotando en olas que le temblaban las rodillas. Él la siguió, gruñendo su nombre mientras se vaciaba dentro, caliente y profundo.
Cayeron juntos sobre la hierba suave, cuerpos entrelazados, respiraciones agitadas. El sol filtraba rayos dorados a través de las cañas, pintando sus pieles con luz. Juan la besó suave, trazando patrones en su espalda con dedos perezosos.
—Eres lo mejor que me ha pasado en este pinche cañaveral, Ana.
Ella sonrió, saboreando el afterglow, el cuerpo lánguido y satisfecho. —Y esto es solo el principio, mi amor. Mañana, capítulo 86.
Se vistieron entre risas y caricias robadas, saliendo del claro como si nada. Pero en su interior, Ana sabía que el cañaveral de pasiones acababa de encenderse para siempre. El aroma de su unión perduraría en el aire, un secreto dulce entre las varas verdes.