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Los Mejores Libros de Amor y Pasion Escritos en Nuestra Piel

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Los Mejores Libros de Amor y Pasion Escritos en Nuestra Piel

Entré a la librería en la Condesa con el sol de la tarde filtrándose por las vitrinas, oliendo a papel viejo y café recién molido. Mis dedos rozaban las portadas mientras buscaba los mejores libros de amor y pasion, esos que prometen devorarte el alma y el cuerpo al mismo tiempo. Llevaba semanas obsesionada, devorando reseñas en línea, imaginando historias que me erizaban la piel. De repente, una voz grave, como terciopelo raspado, me sacó de mi trance.

—Esos son los que buscas, ¿verdad? Los que te hacen sudar entre las páginas.

Me volteé y ahí estaba él: alto, moreno, con ojos cafés que brillaban como chocolate derretido y una sonrisa pícara que me aceleró el pulso. Vestía una camisa ajustada que marcaba sus hombros anchos, y olía a sándalo mezclado con algo masculino, terroso. Se llamaba Diego, me dijo, mientras tomaba un libro de la repisa superior, rozando mi brazo con el dorso de su mano. Un escalofrío me recorrió la espina.

¿Qué carajos? Este güey parece sacado de uno de esos libros. Neta, mi cuerpo ya está traicionándome, sintiendo su calor tan cerca.

—Sí, los mejores libros de amor y pasion —respondí, mi voz un poco ronca—. Los que te dejan con el corazón latiendo a mil y la piel ardiendo.

Charlamos media hora, sentados en un rincón con sillones de cuero gastado. Diego era maestro de literatura en la UNAM, devoraba novelas eróticas como yo, y recomendó un título que no conocía: una historia de amantes que se encuentran en un mercado de Oaxaca, con descripciones tan vívidas que juraba poder oler las hierbas y sentir las manos ásperas. Sus palabras me envolvían, su rodilla rozaba la mía accidentalmente —o no tanto—, y cada roce enviaba chispas por mis venas. El aire se cargaba de tensión, como antes de una tormenta en el DF.

—Órale, vámonos a mi depa —propuso de pronto, sus ojos clavados en mis labios—. Tengo toda la colección. Podemos leerlos juntos, ver qué pasa.

Mi mente gritaba , mi cuerpo ya lo hacía. Asentí, mordiéndome el labio. Salimos a la calle, el bullicio de autos y vendedores ambulantes nos rodeaba, pero solo sentía su mano en mi cintura, guiándome.

Su departamento estaba en la Roma, un loft chido con paredes de ladrillo visto y una cama king size visible desde la sala. Puso música de Natalia Lafourcade bajito, suave, y sacó los libros. Nos sentamos en la cama, piernas cruzadas, con una botella de mezcal artesanal entre nosotros. El humo del incienso de copal flotaba, mezclándose con su aroma.

—Lee tú primero —me dijo, su voz un susurro que me erizó los brazos.

Abrí el libro, mi voz temblando al principio. Las palabras hablaban de una mujer que siente el aliento de su amante en el cuello, el roce de dedos callosos bajando por su espalda. Diego se acercó, su aliento cálido en mi oreja, imitando la escena. Sentí su pecho contra mi hombro, duro, latiendo fuerte. Dios, qué rico huele, a hombre de verdad.

Esto es una locura, pero chingón. Quiero que me toque ya, que me haga parte de esas páginas.

—Sigue —murmuró, su mano posándose en mi muslo, subiendo despacio por debajo de mi falda. El calor de su palma se filtraba a través de la tela de mis panties, haciendo que mi centro se humedeciera. Leí más, entre jadeos, mientras sus dedos trazaban círculos lentos, presionando justo donde lo necesitaba. El sonido de mi voz se quebraba, mezclándose con el crujir de las sábanas.

Dejé el libro, volteé y lo besé. Sus labios eran firmes, su lengua invadió mi boca con sabor a mezcal y deseo puro. Gemí contra él, mis uñas clavándose en su nuca. Se quitó la camisa de un jalón, revelando un torso marcado por horas en el gym, con vello oscuro que invitaba a recorrerlo con la lengua. Yo me desabroché el sostén, mis pechos libres, pezones duros como piedras.

—Eres preciosa, Ana —gruñó, bajando la cabeza para lamer uno, succionando con fuerza que me arqueó la espalda. El placer era eléctrico, un rayo que bajaba directo a mi panocha, que ya chorreaba. Sus manos expertas desabrocharon mis jeans, deslizándolos con mi ropa interior. El aire fresco besó mi piel expuesta, contrastando con su boca caliente.

Me tendí, abriendo las piernas, invitándolo. Diego se arrodilló, sus ojos devorándome mientras separaba mis labios con los dedos. Qué mirada tan cabrona, como si ya me estuviera follando con la vista. Su lengua tocó mi clítoris, un lametón largo y lento que me hizo gritar. Saboreaba mi jugo, chupando, metiendo la lengua dentro, lamiendo mis paredes como si fuera el néctar más dulce. El sonido era obsceno, chapoteante, mezclado con mis gemidos y su ronroneo de placer.

—Neta, sabes a gloria —dijo, metiendo dos dedos, curvándolos para tocar ese punto que me volvía loca. Bombeaba lento al principio, luego más rápido, su boca sin parar en mi botón. Mi cuerpo temblaba, caderas alzándose para follar su cara. El orgasmo llegó como avalancha, contrayéndome alrededor de sus dedos, gritando su nombre mientras oleadas de placer me nublaban la vista.

Pero no paró. Me volteó boca abajo, besando mi espalda, mordiendo suave mis nalgas. Sentí su verga dura presionando entre mis piernas, gruesa, venosa, goteando precum que lubricaba mi entrada. —Dime si quieres que pare —susurró, siempre atento.

—No seas pendejo, métemela ya —jadeé, empujando contra él.

Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Gemí al sentirlo llenarme, su grosor rozando cada rincón. Empezó a moverse, embestidas profundas, sus bolas golpeando mi clítoris con cada thrust. El sudor nos cubría, piel resbaladiza, olores a sexo y mezcal impregnando el aire. Agarró mis caderas, follándome más fuerte, su aliento jadeante en mi cuello.

Esto es mejor que cualquier libro. Lo siento todo: su verga palpitando, mis paredes apretándolo, el placer construyéndose de nuevo.

Cambié de posición, montándolo. Sus manos en mis tetas, pellizcando pezones mientras yo cabalgaba, subiendo y bajando, controlando el ritmo. Su cara de éxtasis, ojos entrecerrados, boca abierta gimiendo córrete, mami, córrete en mi verga. El clímax nos golpeó juntos: yo convulsionando, él hinchándose dentro, llenándome de su leche caliente, chorros que sentía chocar adentro.

Colapsamos, enredados, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. Su mano acariciaba mi cabello, besos suaves en mi frente. El cuarto olía a nosotros, a pasión consumada.

Los mejores libros de amor y pasion son los que vivimos —murmuró, riendo bajito.

Sonreí, acurrucada en su pecho, el corazón lleno. Mañana leeríamos más, pero esta noche, nuestra historia era la mejor de todas.

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