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El Color de la Pasion Novela Ardiente

6132 palabras

El Color de la Pasion Novela Ardiente

Tú entras al departamento en la Condesa, el aroma a tacos de suadero recién hechos te envuelve como un abrazo cálido. Diego te espera con esa sonrisa pícara, el pelo revuelto y la camisa entreabierta dejando ver su pecho moreno y firme. Órale, qué chulo se ve hoy, piensas mientras dejas las bolsas del súper en la mesa. Han pasado tres años desde que se conocieron en una fiesta en Polanco, y cada noche sigue sintiéndose como la primera.

"Ven, mamacita, la cena está lista y ya va a empezar Color de la Pasion novela, esa que tanto nos prende", dice él con voz ronca, jalándote de la cintura. Te sientas en el sofá mullido, piernas sobre sus muslos, el plato humeante en las manos. La tele se enciende con el tema principal, esa música dramática que acelera el pulso. La protagonista, una morena de ojos fieros como los tuyos, discute con su amante en una hacienda colonial, el aire cargado de promesas rotas y deseos reprimidos.

¡Neta, si fuera yo, ya le habría saltado encima sin tanto pedo!

El primer beso en pantalla es lento, sus labios chocando con hambre, lenguas danzando visibles. Sientes un cosquilleo en el vientre, el calor subiendo por tus muslos. Diego te aprieta la pierna, su mano grande y callosa rozando la piel suave bajo tu falda corta. "¿Verdad que está buena la escena?", murmura cerca de tu oreja, su aliento caliente oliendo a cerveza clara y cilantro. Asientes, mordiéndote el labio, el corazón latiendo fuerte contra las costillas.

La novela avanza al comercial, pero ninguno cambia de canal. Sus dedos suben despacio, trazando círculos en tu muslo interno, despertando chispas que viajan directo a tu centro. "Diego...", susurras, voz temblorosa, pero no lo detienes. Al contrario, abres un poco las piernas, invitándolo. Él gruñe bajito, como un tigre satisfecho, y te besa el cuello, dientes rozando la piel sensible. Sabe a sal y a hombre, piensas, mientras su lengua lame la curva de tu clavícula.

Regresa la novela, ahora en una recámara iluminada por velas, la pareja arrancándose la ropa con urgencia. Tú sientes sus manos en tu blusa, desabotonándola con maestría, exponiendo tus senos al aire fresco. El pezón se endurece al instante, y él lo toma en su boca, chupando suave al principio, luego con más fuerza. Un gemido se te escapa, eco del de la actriz en pantalla. "Estás rica, wey", dice él contra tu piel, voz vibrando. Sus manos bajan tu falda y panties en un movimiento fluido, dejándote desnuda de la cintura para abajo.

Te incorporas, quitándole la camisa, oliendo su sudor limpio mezclado con el jabón de sándalo que usa. Tus uñas arañan su espalda musculosa, sintiendo los tendones tensos bajo la piel. Lo empujas al sofá, montándote a horcajadas, frotando tu humedad contra el bulto duro en sus jeans. "¡Quítatelos, pendejo!", exiges juguetona, y él obedece riendo, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La tocas, piel aterciopelada sobre acero, el calor quemándote la palma.

¡Madre mía, cómo me encanta esto, sentirlo crecer en mi mano!

La novela llega a su clímax parcial: la pareja enredada en sábanas, jadeos amplificados por los parlantes. Tú bajas la cabeza, lamiendo la punta de su verga, salado y musgoso en tu lengua. Diego gime fuerte, "¡Sí, así, chúpamela toda!", enredando dedos en tu pelo. Lo engulles profundo, garganta relajada por práctica, el sonido húmedo de succiones llenando la sala junto a los diálogos apasionados de la tele. Tus jugos corren por los muslos, el clítoris hinchado rogando atención.

Él te levanta, volteándote sobre el sofá, rodillas en los cojines. Su lengua ataca tu panocha desde atrás, lamiendo pliegues empapados, chupando el clítoris con maestría. "¡Estás chorreando, mi amor!", dice entre lamidas, dedos abriéndose paso adentro, curvándose contra ese punto que te hace ver estrellas. Gritas placer, caderas moviéndose solas, el olor a sexo invadiendo el aire, almizclado y embriagador. El orgasmo te golpea como ola, músculos contrayéndose, jugos salpicando su barbilla. "¡Sí, Diego, no pares!"

Aún temblando, lo guías dentro. Su verga entra de un empujón, llenándote por completo, estirándote deliciosamente. Empieza lento, salidas y entradas profundas, piel chocando con palmadas rítmicas. "¡Más fuerte, cabrón!", pides, y él acelera, una mano en tu cadera, la otra pellizcando senos. Sudor perla vuestros cuerpos, goteando, mezclándose. Sientes cada vena rozando tus paredes, el glande besando tu cervix. La novela grita "¡Te amo!" en fondo, pero tus jadeos la ahogan.

Cambian posición: tú encima, cabalgando como reina, senos rebotando, uñas en su pecho. Él te agarra el culo, guiando el ritmo, pulgares abriendo nalgas para más profundidad. "¡Mírate, qué nalgona y caliente!", gruñe. El placer sube en espiral, vientre contrayéndose, visión borrosa. "¡Me vengo, Diego!", anuncias, y explotas, ordeñándolo con espasmos. Él ruge, "¡Yo también!", llenándote con chorros calientes, profundo y abundante.

Colapsan juntos, verga aún dentro, pulsando residual. El sudor enfría la piel, corrientes de placer bajando espaldas. La novela termina en cliffhanger, pero ignoran el control remoto. Diego te besa suave, "Mejor que cualquier color de la pasion novela, ¿verdad?". Ríes bajito, acurrucándote en su pecho, oyendo su corazón galopante calmarse al unísono con el tuyo.

Esto es lo nuestro, puro fuego mexicano, sin dramas de ficción.

Se levantan lento, piernas flojas, compartiendo una cerveza fría que sabe a victoria. En la ducha después, jabón resbalando por curvas, manos explorando perezosas, prometiendo más rondas. La noche envuelve el departamento en quietud, solo el zumbido lejano de la ciudad y vuestros susurros de amor eterno. Mañana, otra novela, pero nada supera su propio color de pasión real, ardiente y vivo.

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