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Pasión del Cielo Satélite

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Pasión del Cielo Satélite

El sol del mediodía en la Ciudad de México te calienta la piel como una caricia ardiente mientras esperas en la azotea de tu departamento en la Roma. Has estado contando las horas para que llegue el técnico del satélite Pasión del Cielo, ese servicio nuevo que promete imágenes cristalinas de telenovelas apasionadas y películas que te hacen sudar solo de verlas. Te has puesto un vestido ligero de algodón, ese que se pega a tus curvas cuando sudas, sin nada debajo porque el calor está de la chingada y porque, neta, sientes un cosquilleo en el estómago desde que hiciste la llamada.

Desde arriba, el skyline de la ciudad se extiende como un mar de concreto y vidrio, con el olor a elotes asados subiendo desde la calle y el ruido lejano de los cláxones mezclándose con una cumbia que sale de algún balcón vecino. Tu corazón late un poco más rápido cuando escuchas el ascensor. ¿Será guapo? ¿O un wey cualquiera? piensas, mordiéndote el labio.

Aparece él, cargando la caja del satélite con facilidad, como si no pesara nada. Alto, moreno, con brazos tatuados que asoman por debajo de su playera ajustada, manchada de sudor. Sus ojos oscuros te recorren de arriba abajo sin disimulo, y una sonrisa pícara se dibuja en su cara.

"Buenas tardes, jefa. Vengo por lo del Pasión del Cielo Satélite. ¿Dónde lo ponemos? ¿Aquí en la azotea pa' que agarre buena señal?"
Su voz es grave, con ese acento chilango puro que te eriza la piel.

Órale, qué mamón, piensas, sintiendo un calor que no es solo del sol subir por tus muslos. Le señalas el rincón perfecto, cerca de la barandilla con vista al cielo infinito. Él se pone a trabajar de inmediato, subiendo la escalera con agilidad felina. Tú te quedas cerca, fingiendo supervisar, pero en realidad admirando cómo sus músculos se tensan bajo la camisa, el sudor perlándole el cuello y goteando hasta su pecho. El aroma masculino de su piel mezclada con el metal caliente del equipo te invade las fosas nasales, dulce y salado a la vez.

—Está cañón el calor, ¿no? —dices, rompiendo el hielo, acercándote un poco más.
Él baja de la escalera, limpiándose el sudor con el dorso de la mano, y te mira directo a los ojos.
—Sí, pero nada como esta vista pa' compensar. Tú y el cielo, jefa. Perfecto pa' una pasión del cielo satélite.

Te ríes, un sonido nervioso que sale más coqueto de lo planeado. Ese juego de palabras con el nombre del servicio te prende una chispa. Le ofreces una chela fría de la hielera que preparaste, y él acepta con un guiño. Se sientan en las sillas de mimbre, platicando de la ciudad, de lo chido que es vivir aquí arriba, lejos del desmadre de abajo. Su nombre es Marco, treinta y tantos, divorciado recientemente, con una risa que vibra en tu pecho como un bajo profundo.

El sol empieza a bajar, tiñendo el cielo de naranjas y rosas, y una brisa tibia acaricia tu piel expuesta. Marco termina de ajustar el plato parabólico, y cuando enciende la prueba, la pantalla del tele portátil que trajiste muestra la señal perfecta: una escena de besos intensos en una telenovela. Qué casualidad, piensas, pero tu pulso se acelera. Él se acerca para ver, su hombro rozando el tuyo, y sientes el calor de su cuerpo irradiando hacia ti como ondas de radio.

—Mira nomás qué pasión del cielo satélite —murmura, su aliento cálido en tu oreja—. ¿Tú ves estas weás a menudo?

No respondes con palabras. En cambio, giras la cabeza y tus labios rozan los suyos por accidente... o no tanto. Él no se echa pa' atrás. Al contrario, su mano grande sube a tu nuca, atrayéndote, y el beso explota como un rayo en el cielo despejado. Su boca sabe a chela fría y a deseo puro, lengua explorando con urgencia contenida. Tus manos recorren su espalda, sintiendo los músculos duros bajo la tela húmeda, mientras él te levanta en brazos sin esfuerzo, depositándote en la cama de descanso que tienes en la azotea para las tardes calurosas.

El mundo se reduce a sensaciones: el crujido de las sábanas bajo ti, el sabor salado de su cuello cuando lo besas, el olor a tierra mojada que sube con la brisa del atardecer. Marco te quita el vestido con delicadeza, sus dedos callosos trazando caminos de fuego por tu piel desnuda. Neta, este wey sabe lo que hace, piensas mientras él besa tu clavícula, bajando lento, torturante, hasta tus pechos. Su boca caliente envuelve un pezón, chupando con succión perfecta, enviando descargas directas a tu entrepierna. Gimes bajito, arqueándote, tus uñas clavándose en sus hombros.

—Estás rica, carnala —ronronea contra tu piel, su voz ronca como grava—. Me late todo de ti.

Tú respondes desabrochándole el cinturón, liberando su verga dura que salta ansiosa. La tocas, sientes su grosor palpitante en tu palma, la piel suave sobre el acero debajo. Él gruñe, un sonido animal que te empapa más. Se deshace de la ropa restante, y ahora están piel con piel, sudor mezclándose, corazones latiendo al unísono con el pulso de la ciudad abajo. Sus manos expertas separan tus muslos, dedos hundiendo en tu humedad, explorando pliegues resbalosos. ¡Qué chingón! El roce de sus yemas en tu clítoris es eléctrico, círculos lentos que te hacen jadear, el aire fresco contrastando con el fuego entre tus piernas.

Lo jalas hacia ti, guiándolo. Entras en él centímetro a centímetro, sintiendo cómo te llena, estira, completa. Marco gime tu nombre —o lo que sea que le hayas dicho— y empieza a moverse, embestidas profundas y rítmicas que chocan contra tu pelvis con un sonido húmedo y obsceno. El cielo sobre ustedes se oscurece, estrellas emergiendo como testigos, el satélite plateado girando arriba captando señales de pasión real, no ficticia. Tus caderas se alzan a su encuentro, clavos en su espalda, besos mordiscos que saben a sangre y lujuria.

La tensión crece como una tormenta: él acelera, sudor goteando de su frente a tu pecho, tus paredes contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo.

"¡Ven, wey, dame todo!"
gritas, y él obedece, hundiéndose más hondo, su mano entre ustedes frotando tu punto dulce. El orgasmo te arrasa como un satélite cayendo del cielo, explosión de luces detrás de tus párpados, cuerpo convulsionando, jugos empapando las sábanas. Él te sigue segundos después, gruñendo ronco, llenándote con chorros calientes que sientes pulsar dentro.

Se derrumban juntos, jadeantes, el pecho de él subiendo y bajando contra el tuyo. El aire nocturno enfría el sudor en sus pieles, trayendo olores a jazmín del jardín abajo y a sexo satisfecho. Marco te besa la frente, suave ahora, mientras el satélite zumba quedito, señal estable. Encienden el tele de nuevo, acurrucados desnudos, viendo la telenovela con risas perezosas.

Pasión del cielo satélite, ¿eh? —dice él, acariciando tu muslo—. Esto apenas empieza, jefa.

Tú sonríes, sintiendo un calor nuevo, no de urgencia sino de promesa. La noche envuelve la azotea, la ciudad late abajo, y por primera vez en meses, te sientes conectada de verdad, no solo por cables y ondas, sino por algo más profundo, más carnal. El satélite brilla arriba, testigo silencioso de tu propia pasión desatada.

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