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Las Actrices de Diario de una Pasion Desatadas

6324 palabras

Las Actrices de Diario de una Pasion Desatadas

En el corazón de la Roma Norte, donde las luces neón parpadean como promesas calientes, entras al bar El Nido del Águila. El aire huele a tequila reposado y jazmín fresco de las calles empedradas. La música ranchera fusionada con beats electrónicos retumba suave, haciendo vibrar el piso bajo tus botas. Tú, un wey de treinta y tantos, cinéfilo empedernido, te sientas en la barra con una Pacífico helada en la mano. Sudor frío recorre tu nuca por el calor bochornoso de la noche mexicana.

De repente, las ves. Dos morras que parecen salidas directo de la pantalla: una rubia de ojos verdes intensos, curvas generosas como Rachel McAdams en su juventud, y la otra, madura y elegante, con cabello plateado y labios carnosos que evocan a Gena Rowlands. Neta, son como las actrices de Diario de una pasión, piensas, mientras tu pulso se acelera. Se ríen juntas, sus vestidos ceñidos al cuerpo brillando bajo las luces ámbar. La rubia te mira, guiña un ojo y se acerca contoneando las caderas.

¿Qué onda, guapo? ¿Ya nos viste desde que entraste? —dice la rubia, su voz ronca como miel caliente. Se llama Ana, y su amiga, la plateada, es Laura. Hablan con ese acento chilango puro, juguetón. Ordenan shots de mezcal y te invitan uno. El líquido quema tu garganta, despierta un fuego en tu vientre. Charlan de películas, y sale el tema inevitable.

Somos fans locas de las actrices de Diario de una pasión —confiesa Laura, rozando tu brazo con sus dedos suaves, manicure rojo fuego—. Esa historia de amor eterno nos prende tanto... ¿Y tú?

El roce envía chispas por tu piel. Huelen a perfume vainillado mezclado con sudor femenino sutil, embriagador. Asientes, contando cómo esa peli te hace soñar con pasiones que no se apagan. La tensión crece con cada risa, cada mirada que se detiene en tus labios. Ana se pega más, su muslo presionando el tuyo bajo la barra. ¿Esto va en serio? Neta se armó la grande, rumias internamente, el corazón latiéndote como tamborazo zacatecano.

La noche avanza, y ellas proponen ir a un antro cercano, pero terminas siguiéndolas a un depa chic en la Condesa. El elevador sube lento, y ya no aguantan: Ana te besa primero, labios suaves y húmedos saboreando a mezcal y deseo. Laura observa, mordiéndose el labio, su mano bajando por tu espalda. El ding del elevador suena como liberación.

Adentro, el lugar es puro vibe: velas aromáticas a sándalo, música suave de Natalia Lafourcade flotando. Se quitan los zapatos, y tú sientes el piso fresco bajo tus pies. Ana te empuja al sofá de piel, montándose a horcajadas. Sus pechos rozan tu pecho, duros pezones marcándose bajo la tela delgada.

Quiero devorarte como en esa peli, pero con más fuego
, susurra, mientras Laura se arrodilla detrás, besando tu cuello, lengua trazando círculos calientes que erizan tu piel.

El deseo bulle como volcán. Tus manos exploran: la cintura de Ana, suave y firme; los senos de Laura, pesados y turgentes. Las desvestís lento, saboreando cada centímetro. Ana gime bajito cuando liberas sus tetas perfectas, rosadas y erectas. Chupas un pezón, dulce como mango maduro, mientras ella arquea la espalda. Laura suspira, quitándote la camisa, uñas arañando leve tu torso, dejando rastros rojos que pican delicioso.

¡Ay, wey, qué rico! —exclama Ana, bajando la mano a tu pantalón. Sientes su palma caliente envolviendo tu verga ya dura como piedra, palpitando. La acaricia con maestría, subiendo y bajando, pulgar rozando la punta húmeda. Tú respondes metiendo dedos entre sus piernas: está empapada, calientita, labios hinchados invitándote. El olor a su excitación llena el aire, almizclado y adictivo.

Laura no se queda atrás. Te besa profundo, lengua danzando con la tuya, sabor a frutas tropicales. Se tumba en el sofá, abriendo las piernas, su coño maduro reluciente, invitador. Estas morras son puro fuego, como las actrices de Diario de una pasión pero en versión XXX, piensas, mientras Ana te baja el pantalón. Tu miembro salta libre, venoso y tieso. Laura lo admira:

Ven, cabrón, métemela ya —ordena juguetona, jalándote hacia ella.

Te hundes en Laura primero, lento, centímetro a centímetro. Su interior es terciopelo caliente, apretándote como guante. Gime fuerte, uñas clavándose en tus hombros. El slap de piel contra piel inicia, rítmico. Ana observa, masturbándose, dedos hundiéndose en su humedad con sonidos chapoteantes. El sudor perla vuestros cuerpos, salado en la lengua cuando la besas.

Cambian posiciones: Ana encima, cabalgándote salvaje. Sus caderas giran como en baile folclórico, coño tragándote entero, jugos resbalando por tus bolas. Sientes cada contracción, cada pulso. Laura se sienta en tu cara, su culo redondo presionando, sabor salado-dulce inundando tu boca. Lamés su clítoris hinchado, lengua rápida, mientras ella se menea, gemidos ahogados: ¡Sí, así, no pares, pendejo caliente!

La intensidad sube. Tus bolas se tensan, el orgasmo acechando. Ellas lo sienten, aceleran. Ana rebota más duro, tetas saltando hipnóticas; Laura frota su coño contra tu boca, jugos chorreando por tu barbilla. El cuarto huele a sexo puro: sudor, fluidos, pasión desbordada. Gritos en español mexicano llenan el aire: ¡Me vengo! ¡Chíngame más!

Explotas primero, chorros calientes llenando a Ana, quien tiembla en éxtasis, coño ordeñándote hasta la última gota. Laura se corre segundos después, gritando ronca, squirt salpicando tu pecho. Colapsan sobre ti, respiraciones jadeantes, pieles pegajosas. Besos suaves postorgasmo, caricias tiernas.

Después, tumbados enredados, comparten un cigarro —prohibido pero chido en la intimidad—. Hablan bajito de cómo esa noche fue su propio diario de una pasión, riendo. Tú sientes el corazón lleno, el cuerpo saciado. Ana acaricia tu mejilla:

Vuelve cuando quieras, guapo. Somos tus actrices privadas.

La madrugada mexicana las envuelve, promesas de más noches ardientes flotando. Sales al amanecer, piernas flojas, sonrisa pendeja en la cara. Esa pasión no se apaga; arde eterna, como en la peli que las unió a ti.

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