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Pasión del Cielo Coffee El Néctar de los Deseos

6144 palabras

Pasión del Cielo Coffee El Néctar de los Deseos

Entras al café Pasión del Cielo Coffee en una tarde soleada de la Roma, ese barrio chido de la Ciudad de México donde el aire huele a pan recién horneado y a flores de bugambilia. El aroma te golpea de inmediato: un torrente intenso de granos tostados, con notas de chocolate amargo y un toque picante que te hace salivar. Órale, piensas, esto no es cualquier cafecito de cadena gringa. Las paredes de madera rústica están llenas de fotos en blanco y negro de cafetales veracruzanos, y la luz tenue de las lámparas de lata ilumina las mesas de mármol pulido.

Te acercas al mostrador, y ahí está él: Diego, el barista con ojos cafés profundos como el mole poblano y una sonrisa que te derrite las rodillas. Lleva una camiseta ajustada que marca sus brazos fuertes, de esos que parecen tallados por horas cargando sacos de café en las fincas.

¿Qué se siente tener esas manos sobre la piel?
se te cruza por la mente mientras pides el especial: un latte de Pasión del Cielo Coffee, su blend estrella, cultivado en las alturas de la sierra veracruzana.

Neta que te va a volar la cabeza, mija —te dice con voz ronca, guiñándote un ojo mientras muele los granos frescos. El zumbido de la máquina y el vapor caliente suben como un susurro erótico. Te sientas en una mesa junto a la ventana, observando cómo vierte la leche con arte, creando un corazón en la espuma. Cuando te lo entrega, el calor del vaso traspasa tus dedos, y el primer sorbo... ay, el primer sorbo es puro fuego.

El sabor explota en tu lengua: aterciopelado, con un dulzor de vainilla que baila con el amargor tostado y un regusto ahumado que te recorre la garganta como una caricia prohibida. Sientes un cosquilleo en el vientre, como si el café despertara algo dormido. Diego se acerca con una charola de postres.

—¿Todo bien? ¿O ya te conquistó la Pasión del Cielo?

Te ríes, sintiendo el rubor subir por tus mejillas. —Qué padre, wey. Es como si me quemara por dentro, pero en el buen sentido.

Se sienta frente a ti sin pedir permiso, y platican. Es veracruzano puro, cuenta anécdotas de las fincas donde creció, de cómo el café se recoge a mano bajo la lluvia torrencial, empapando la piel hasta que duele de placer. Sus palabras te envuelven, y el café sigue su magia: cada sorbo acelera tu pulso, hace que tus pezones se endurezcan bajo la blusa de algodón. No seas pendeja, te dices, pero tus ojos recorren su cuello moreno, imaginando lamer el sudor salado ahí.

La tarde avanza, el café se enfría pero el calor entre ustedes sube. Diego te invita a ver la trastienda, donde tuesta los granos. —Ven, te muestro el corazón de la Pasión del Cielo Coffee.

Aceptas, el deseo ya latiendo en tus venas como cafeína pura. La puerta se cierra detrás de ti, y el espacio es un horno vivo: sacos apilados huelen a tierra fértil y fuego lento, el aire denso y cálido roza tu piel como aliento caliente. Él se acerca, su mano roza la tuya al pasarte un grano crudo.

—Prueba —dice, y lo parte entre sus dedos. Lo muerdes, crujiente y terroso, pero es su mirada la que te deshace. Tus respiraciones se sincronizan, pesadas.

Quiero que me pruebe a mí así, despacio, hasta romperme.

Sus labios encuentran los tuyos en un beso que sabe a café y promesas. Es suave al principio, explorando con la lengua el borde de tu boca, luego feroz, chupando tu labio inferior como si fuera el último sorbo de su elixir. Gimes contra él, tus manos enredándose en su pelo revuelto. Lo empujas contra la pared de sacos, sintiendo su erección dura presionando tu vientre. Qué chingón, piensas, mientras él te levanta la blusa, sus palmas callosas rozando tus costillas, subiendo hasta tus senos libres bajo el brasier de encaje.

—Eres deliciosa —murmura, lamiendo tu cuello, bajando hasta morder suavemente un pezón. El placer es eléctrico, un rayo que te hace arquear la espalda. El olor a café tostado se mezcla con el almizcle de su sudor, embriagador. Tus dedos desabrochan su cinturón, liberando su verga gruesa, palpitante, con una gota de presemen brillando en la punta. La acaricias, sintiendo la seda caliente de la piel, las venas hinchadas bajo tu palma.

Diego te gira, apoyándote en un saco suave, y baja tus jeans con urgencia consentida. Sus dedos encuentran tu humedad, resbalando entre los labios hinchados. —Estás chorreando, carnal —dice con voz quebrada, metiendo dos dedos que curvan justo ahí, frotando ese punto que te hace ver estrellas. Gritas bajito, el sonido ahogado por su boca en tu oreja.

El ritmo aumenta, sus embestidas digitales te llevan al borde, pero te detiene, queriendo más. Te voltea de nuevo, te sube a una mesa de trabajo, y se hunde en ti de un solo golpe. Dios mío, llenándote por completo, estirándote con su grosor. Empieza lento, saliendo casi todo para volver profundo, cada roce rozando tu clítoris con su pubis. El slap de piel contra piel resuena en la trastienda, mezclado con gemidos roncos y el crepitar lejano de la tostadora.

Tus uñas marcan su espalda, oliendo a café y hombre. Aceleras las caderas, montándolo como si fuera un semental de finca, sintiendo el orgasmo subir como una ola veracruzana. —¡Más, pendejo, más! —le exiges, y él obedece, clavándose con fuerza, su aliento caliente en tu cara.

El clímax te arrasa: un estallido de luz detrás de tus ojos cerrados, tu coño apretándolo en espasmos, leche caliente brotando dentro de ti mientras él ruge tu nombre —Ana, inventado en el calor—. Colapsan juntos, sudorosos, pegajosos, el aroma de sexo y Pasión del Cielo Coffee impregnando todo.

Después, en la quietud, él te abraza, besando tu frente. Sales del café al anochecer, piernas temblorosas, con una sonrisa secreta. El sabor del latte aún en tu lengua, pero ahora sabe a él, a promesas de más tazas, más noches. Pasión del Cielo Coffee, piensas, no es solo café: es el fuego que enciende almas sedientas.

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