Pasión Cap 83 Noche de Fuego Eterno
En el corazón de la Roma Norte, donde las luces de neón parpadean como promesas calientes, Ana se arreglaba frente al espejo de su departamento. El aire olía a jazmín de su perfume y al café recién molido que humeaba en la cocina. Llevaba un vestido rojo ceñido que abrazaba sus curvas como un amante impaciente, el escote profundo dejando ver el valle entre sus senos. Esta noche va a ser inolvidable, pensó, mientras se pasaba los dedos por el cabello negro ondulado. Hacía meses que no veía a Marco, su ex que ahora era solo un amigo con beneficios, pero la química entre ellos ardía como chile habanero.
El timbre sonó y su pulso se aceleró. Abrió la puerta y ahí estaba él, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que la derretía. Vestía una camisa negra desabotonada lo justo para mostrar el vello en su pecho. ¡Órale, qué guapo estás, wey! exclamó ella, tirándose a sus brazos. Él la levantó en volandas, sus manos firmes en su culo, y la besó con hambre. Sus labios sabían a tequila y menta, la lengua invadiendo su boca como una caricia prohibida.
—Te extrañé, mi reina —murmuró contra su cuello, inhalando su aroma dulce. Ana sintió un cosquilleo entre las piernas, su panocha ya húmeda de anticipación. Lo jaló adentro, cerrando la puerta con el pie. Caminaron tropezando hacia el sofá, riendo como chavos en una cantina clandestina.
Se sentaron, pero la tensión era palpable. Marco le sirvió un trago de mezcal, sus dedos rozando los de ella al pasarle el vaso. El líquido ahumado bajó ardiente por su garganta, calentándola por dentro. Hablaron de todo y nada: del pinche tráfico de la CDMX, de esa serie de pasión cap 83 que ella devoraba en las noches solitarias, capítulos llenos de deseo que la ponían cachonda.
—Neta, ese cap 83 me tiene loca, con esa escena en la playa... —dijo Ana, mordiéndose el labio.Marco rio, sus ojos oscuros brillando. —¿Quieres que hagamos nuestra propia pasión cap 83? —propuso, su voz ronca como grava.
Ana asintió, el corazón latiéndole en las sienes. Él se acercó, su aliento cálido en su oreja. Esto es el comienzo, pensó ella, mientras sus dedos trazaban la curva de su mandíbula. El beso empezó suave, labios rozándose como alas de mariposa, pero pronto se volvió feroz. Marco la recostó en el sofá, su cuerpo pesado y delicioso encima del suyo. Ella arqueó la espalda, sintiendo la dureza de su verga presionando contra su muslo. El roce de la tela de su vestido contra su piel era eléctrico, y el sonido de sus respiraciones agitadas llenaba la habitación.
Las manos de él subieron por sus piernas, lentas, torturantes, levantando el vestido hasta la cadera. Ana jadeó cuando sus dedos encontraron sus bragas de encaje, ya empapadas. ¡Ay, cabrón, no pares! suplicó, clavando las uñas en su espalda. Él sonrió, ese pendejo juguetón, y las deslizó hacia abajo, exponiendo su intimidad al aire fresco. El olor a excitación flotaba entre ellos, almizclado y embriagador. Marco se arrodilló, besando el interior de sus muslos, su barba raspando deliciosamente. La lengua de él lamió su clítoris con maestría, círculos lentos que la hicieron gemir alto. Sabe a miel y sal, pensó él, devorándola con gusto.
Ana se retorcía, las caderas moviéndose al ritmo de su boca. El sonido húmedo de su chupada era obsceno, perfecto. Sus pezones se endurecían bajo el vestido, rogando atención. Se lo quitó ella misma, tirándolo al piso, quedando en tetas y nada más. Marco levantó la vista, admirando sus senos firmes, los pezones rosados como chicles. Subió y los succionó, mordisqueando suave, mientras dos dedos entraban en ella, curvándose para tocar ese punto que la volvía loca. ¡Sí, ahí, pendejo, más fuerte! gritó, el placer acumulándose como tormenta.
Pero no quería correrse aún. Lo empujó, quitándole la camisa con urgencia. Su pecho era duro, músculos tensos bajo su tacto. Bajó el zipper de sus jeans, liberando su pinga gruesa, venosa, palpitante. La tomó en la mano, sintiendo el calor y la suavidad de la piel. Qué chingona está, pensó, lamiendo la punta donde brillaba una gota precursora, salada y amarga. Marco gruñó, enredando los dedos en su pelo. Ella lo mamó profundo, la garganta acomodándose, el sonido de succión resonando. Él la follaba la boca con cuidado, respetando su ritmo, pero la intensidad crecía.
La levantó, llevándola a la cama en brazos. El colchón crujió bajo su peso. Se desnudaron mutuamente, piel contra piel, sudor comenzando a perlar. Marco se colocó encima, frotando su verga contra su entrada húmeda. ¿Estás lista, mi amor? preguntó, ojos en los de ella. —Sí, chíngame ya —rogó Ana, envolviendo las piernas en su cintura. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. El dolor placer la hizo arañar su espalda. ¡Qué rico, tan llena!
Empezaron lento, mirándose, susurros de cariño entre embestidas. El slap slap de carne contra carne, el chirrido de la cama, sus gemidos mezclándose. Ana sentía cada vena, cada pulso dentro de ella. Él aceleró, profundo, golpeando su cervix con precisión. Sudor goteaba de su frente al pecho de ella, salado al lamerlo. Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgándolo como reina, tetas rebotando. Sus manos en las de él, guiando el ritmo. Esto es pasión pura, como en ese cap 83 que tanto me prende, pensó, mientras el orgasmo se acercaba.
Marco la volteó a cuatro patas, desde atrás, jalando su pelo suave. La vista de su culo redondo lo enloquecía. Entró de nuevo, una mano en su clítoris, frotando rápido. Ana gritaba, el placer abrumador. No aguanto más. El clímax la golpeó como ola, contracciones apretando su verga, jugos corriendo por sus muslos. Él siguió, prolongando su éxtasis, hasta que gruñó ronco, llenándola de semen caliente, pulsos interminables.
Colapsaron juntos, jadeantes, cuerpos entrelazados. El aire olía a sexo, a ellos. Marco la besó la frente, suave. —Eres lo máximo, Ana. Ella sonrió, acurrucándose en su pecho, oyendo su corazón galopante calmarse.
Esta noche fue nuestra pasión cap 83, pero habrá más capítulos, pensó, mientras el sueño los envolvía en una paz ardiente. El amanecer pintaba la ventana de rosa, prometiendo nuevas fogatas.