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Pasión Prohibida en la Representación de la Pasión de Cristo

7183 palabras

Pasión Prohibida en la Representación de la Pasión de Cristo

En Iztapalapa, durante la Semana Santa, el aire se carga de incienso y murmullos devotos. Yo, Ana, una morra de veintiocho pirulos con curvas que no pasan desapercibidas, me uní al elenco de la representación de la Pasión de Cristo por puro desmadre. No soy de las que van a misa todos los domingos, pero la idea de ponerme el traje de María Magdalena, con esa túnica ceñida que resalta mis chichis y mi nalgón, me latió cañón. Ensayábamos en un cerro polvoso, bajo el sol que quema como chile en la boca.

Ahí lo vi por primera vez: Marco, el wey que hacía de Jesús. Alto, moreno, con ojos que te traspasan el alma y un cuerpo esculpido por horas en el gym. Cuando lo crucificaban en el ensayo, sudaba a chorros, el sudor le corría por el pecho lampiño, brillando como aceite bendito. Órale, qué rico se ve este pendejo, pensé, sintiendo un cosquilleo entre las piernas que nada tenía de santo.

Los ensayos eran intensos. Yo tenía que ungirle los pies con óleo, arrodillada frente a él, oliendo su aroma macho mezclado con tierra y sudor. Mis manos temblaban rozando su piel cálida, áspera por la caminata. “Magdalena, lava mis pies con tus lágrimas”, recitaba él con voz grave, y yo, neta, sentía que se me humedecía la panocha solo de imaginarlo de verdad. Al final del día, cuando todos se iban, nos quedábamos recogiendo props, y las miradas se cruzaban como chispas.

¿Y si este Jesús carnal me lleva al paraíso de una vez? No mames, Ana, contrólate, esto es sagrado... o no tanto.

El segundo acto empezó con la última cena simulada. Estábamos en una casa vecina convertida en locación, velas parpadeando, olor a pan de muerto flotando aunque no era temporada. Marco, con su túnica floja, se sentó a mi lado. Sus muslos rozaban los míos bajo la mesa larga. “¿Neta crees en todo esto?”, me preguntó bajito, su aliento cálido en mi oreja, oliendo a menta y deseo reprimido.

“En lo que siento, sí”, le contesté, mordiéndome el labio. Nuestras manos se encontraron disimuladamente, dedos entrelazados, pulsos acelerados latiendo al unísono. El director gritaba indicaciones, pero nosotros ya estábamos en otra. Después del ensayo, cuando el sol se ponía teñido de rojo sangre, Marco me jaló a un rincón detrás del escenario improvisado.

“Ana, no aguanto más. Desde que te vi con esa túnica, se me para como bandera”, murmuró, presionándome contra la pared de adobe. Su boca se estrelló contra la mía, lengua invadiendo, saboreando a sal y urgencia. Gemí bajito, mis uñas clavándose en su espalda ancha. El viento traía ecos de rezos lejanos, pero aquí solo existía el latido de nuestros corazones y el roce de telas rasposas.

Sus manos expertas se colaron bajo mi falda, subiendo por muslos suaves, hasta encontrar mi calzón empapado. “Estás chorreando, mamacita”, ronroneó, frotando mi clítoris con el pulgar en círculos lentos. Jadeé, el placer subiendo como ola, mis caderas moviéndose solas contra su palma callosa. Olía a tierra húmeda, a su excitación varonil que me mareaba.

Esto es pecado, pero qué pecado tan chido. Que me condene si quiere, pero déjame gozar esta pasión de cristo hecha carne.

Lo empujé al suelo, arena crujiendo bajo nosotros. Le quité la túnica de un tirón, revelando su verga erecta, gruesa y venosa, palpitando al aire fresco de la noche. La tomé en mi boca, saboreando su piel salada, el pre-semen amargo en mi lengua. Marco gruñó, enredando dedos en mi pelo negro. “Chúpamela más hondo, Magdalena pecadora”. Lo hice, garganta relajada, succionando con hambre hasta que sus caderas se arquearon.

Pero quería más. Me subí encima, guiando su pinga a mi entrada resbaladiza. Despacio, centímetro a centímetro, me hundí en él, sintiendo cómo me llenaba, estirándome deliciosamente. “¡Ay, wey! Qué grande estás”, exclamé, comenzando a cabalgar, tetas rebotando libres. El sonido de carne contra carne, chapoteos húmedos, se mezclaba con nuestros jadeos y el canto de grillos. Sus manos amasaban mis nalgas, azotando suave, enviando descargas al cerebro.

La tensión crecía, espiral de fuego en mi vientre. Marco se incorporó, chupando mis pezones duros como piedras, mordisqueando hasta que grité. “Córrete conmigo, Ana. Dame todo”. Aceleré, pelvis chocando, sudor goteando de su frente a mi pecho. El clímax llegó como crucifixión gloriosa: mi coño se contrajo en espasmos, ordeñándolo, mientras él rugía, llenándome de leche caliente que se desbordaba por mis muslos.

Nos quedamos así, unidos, respiraciones entrecortadas calmándose. El cielo estrellado nos cubría como manto sagrado, aroma a sexo y jazmín silvestre impregnando el aire. Marco me besó la frente, tierno. “Esto fue mejor que cualquier representación”.

Pero el verdadero clímax de nuestra historia vino la noche de la función principal. Miles de ojos devotos en las calles empedradas de Iztapalapa, antorchas iluminando la procesión. Yo, Magdalena, ungiendo los pies de Jesús ante la multitud. Esta vez, mis manos no temblaban de nervios, sino de memoria reciente. Sus ojos me devoraban mientras recitaba: “Mujer, tus pecados te son perdonados”. La gente aplaudía, ajena al fuego que ardía entre nosotros.

Después del vía crucis, cuando lo bajaron de la cruz falsa, sudoroso y exhausto, nos escabullimos a una capillita abandonada al pie del cerro. La puerta chirrió al cerrarse, polvo bailando en rayos de luna que se colaban por vitrales rotos. “Te necesito otra vez, mi Cristo vivo”, susurré, arrodillándome no en penitencia, sino en adoración carnal.

Marco me levantó, volteándome contra el altar de madera astillosa. Sus dedos separaron mis labios vaginales, explorando con ternura antes de penetrarme por detrás, lento y profundo. “¡Sí, así, pendejito! Fóllame como si fuera el fin del mundo”. Empujaba con ritmo hipnótico, una mano en mi clítoris, la otra pellizcando tetas. Sentía cada vena de su verga rozando mis paredes, el roce eléctrico, olor a cera vieja y nuestra lujuria.

El build-up fue exquisito tortura. Gemidos ahogados para no alertar a los fieles afuera, pero el placer nos traicionaba con suspiros roncos. “Me vengo, Ana... ¡joder!”. Su corrida me empujó al abismo, orgasmos múltiples sacudiendo mi cuerpo como temblores en el cerro. Colapsamos sobre mantos bordados olvidados, pieles pegajosas, pulsos sincronizados.

En esta representación de la Pasión de Cristo, hallamos nuestra redención en el éxtasis mutuo. No hay culpa, solo gratitud por este wey que me hace mujer completa.

Al amanecer, caminando de regreso entre puestos de elotes asados y ates, nos tomamos de la mano. La Semana Santa seguía, pero nuestra pasión apenas empezaba. Marco me guiñó un ojo: “¿Lista para la resurrección, Magdalena?”. Reí, sintiendo el afterglow en cada paso, el mundo más vivo, más sensual. En Iztapalapa, entre cruces y rosarios, habíamos escrito nuestro propio evangelio de placeres prohibidos pero bendecidos por el consentimiento y el deseo puro.

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