Abismo de Pasion Capitulo 34
Ana sentía el calor del atardecer mexicano filtrándose por las cortinas de encaje de su habitación en la playa de Puerto Vallarta. El sol poniente teñía todo de un naranja ardiente, como si el cielo mismo conspirara para encender su piel. Hacía semanas que no veía a Marco, su carnal secreto, ese wey que la volvía loca con solo una mirada. ¿Cuánto más aguantaría esta hambre? se preguntaba, mientras el aroma salino del mar se mezclaba con el de su perfume de jazmín, ese que él adoraba lamer de su cuello.
La puerta se abrió con un chirrido suave, y ahí estaba él, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que prometía pecados. Vestía una camisa guayabera desabotonada, dejando ver el vello oscuro de su pecho. "Órale, mamacita, ¿me extrañaste?", dijo con esa voz ronca que le erizaba la piel. Ana se levantó del sillón de mimbre, su vestido ligero de algodón flotando como una caricia. Sus pechos se apretaban contra la tela fina, y sentía sus pezones endureciéndose solo por tenerlo cerca.
Es el capítulo 34 de nuestro abismo de pasión, pensó ella. Cada encuentro es un paso más profundo en este pozo sin fondo.Se acercó, rozando su cadera contra la de él. El contacto fue eléctrico, como un relámpago en la piel. Marco la tomó por la cintura, sus manos grandes y callosas —fruto de sus días en la construcción de hoteles de lujo— apretándola con esa fuerza que la hacía sentir viva, deseada.
El beso empezó lento, exploratorio. Sus labios se rozaron, suaves al principio, saboreando el salado de la brisa marina en la boca del otro. Ana inhaló su olor, mezcla de sudor fresco, colonia barata y ese macho puro que la enloquecía. "Neta, wey, no sabes las ganas que tenía de ti", murmuró ella contra su boca, mientras sus lenguas se enredaban en un baile húmedo y caliente. Él gruñó, un sonido gutural que vibró en su pecho y se transmitió a los senos de ella, presionados contra él.
Las manos de Marco bajaron por su espalda, amasando sus nalgas con avidez. Ana jadeó, sintiendo el calor subirle desde el vientre. El sonido de las olas rompiendo en la playa era el fondo perfecto, rítmico, como el pulso acelerado entre sus piernas. Ella le desabotonó la camisa del todo, sus uñas rozando los músculos duros de su abdomen. Qué chingón está este pendejo, pensó, mientras lamía el sudor salado de su clavícula.
La llevaron al borde de la cama king size, con sábanas de hilo egipcio que olían a lavanda fresca. Marco la tumbó con gentileza, pero sus ojos ardían de deseo. "Déjame verte, reina", susurró, levantándole el vestido por las caderas. Ana se arqueó, exponiendo sus bragas de encaje negro, ya húmedas de anticipación. El aire fresco de la ventilación le besó la piel expuesta, contrastando con el fuego que él avivaba.
Acto de pura tensión, se dijo Ana en su mente, mientras él besaba su interior de muslo, subiendo lento, torturándola. Cada roce de sus labios era una promesa, cada exhalación caliente un escalofrío. Ella enredó los dedos en su cabello negro y ondulado, tirando suave. "No seas mamón, Marco, dame más", suplicó con voz entrecortada. Él rio bajito, ese sonido ronco que le vibraba en el clítoris.
Le quitó las bragas con los dientes, un gesto juguetón que la hizo soltar una risita nerviosa. El olor de su arousal llenó el aire, almizclado y dulce, invitador. Marco inhaló profundo, como si fuera oxígeno puro. "Hueles a pecado, chula", dijo antes de lamerla despacio, desde la entrada hasta el botón hinchado. Ana gimió alto, el sonido rebotando en las paredes blancas de la habitación. Su lengua era experta, círculos lentos que la hacían retorcerse, el sabor de ella explotando en su boca como miel caliente.
El placer subía en oleadas, pero ella quería más, quería sentirlo dentro. Lo empujó hacia arriba, besándolo con furia, probando su propio sabor en sus labios. "Quítate todo, wey", ordenó, y él obedeció, quitándose los pantalones. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, apuntando al techo con la punta brillante de precum. Ana la tomó en mano, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel aterciopelada, caliente como hierro forjado.
Este es el corazón del abismo de pasión capítulo 34, donde todo se desborda.Se posicionó encima de él, frotándose contra su longitud, lubricándose mutuamente. Marco la miró con ojos oscuros, brillantes de lujuria. "¿Estás lista, corazón?" Ella asintió, bajando despacio, centímetro a centímetro. El estiramiento era exquisito, una plenitud que la llenaba hasta el alma. "¡Ay, cabrón!", exclamó al tomarlo todo, sus paredes contrayéndose alrededor de él.
Empezaron a moverse, un ritmo pausado al principio, sintiendo cada roce interno. El slap de piel contra piel se mezclaba con sus jadeos, el crujir de la cama, el lejano rumor del Pacífico. Ana cabalgaba con fuerza, sus tetas rebotando, pezones duros rozando el pecho de él. Marco la sostenía por las caderas, guiándola, sus dedos hundiéndose en la carne suave. "Más rápido, mami, así me encanta", gruñía, mientras le pellizcaba los pezones, enviando chispas directas a su núcleo.
La tensión crecía, un nudo apretándose en su vientre. Ella sentía el orgasmo acechando, como una ola gigante formándose en el horizonte. Marco la volteó de repente, poniéndola de rodillas, entrando por detrás con un embiste profundo. "¡Sí, así, pendejito!", gritó ella, empujando hacia atrás. Él la follaba con pasión, una mano en su clítoris, frotando en círculos, la otra enredada en su cabello. El sudor les chorreaba, mezclándose, oliendo a sexo puro, a deseo desatado.
Ana se corrió primero, un estallido que la dejó temblando, sus paredes ordeñando su verga en espasmos. "¡Me vengo, Marco, no pares!", chilló, el placer cegándola, ondas de éxtasis recorriéndole la espina dorsal. Él la siguió segundos después, gruñendo su nombre, llenándola con chorros calientes que la hicieron sentir marcada, poseída. Colapsaron juntos, jadeantes, cuerpos entrelazados en un charco de sudor y fluidos.
El afterglow fue dulce, como el mango maduro que compartieron después, chupando el jugo pegajoso de los dedos del otro. Marco la acunaba, besándole la frente. "Eres mi todo, Ana. Este abismo de pasión no tiene fin." Ella sonrió, trazando círculos en su pecho con la uña.
Capítulo 34 cerrado, pero el 35 ya late en mi sangre.
La noche cayó sobre Puerto Vallarta, estrellas brillando como testigos de su unión. Ana se durmió en sus brazos, el corazón pleno, sabiendo que este amor, este fuego, era eterno. El mar susurraba promesas, y ella, en sueños, ya anticipaba el próximo capítulo.