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Pasión Prohibida de la Protagonista

6629 palabras

Pasión Prohibida de la Protagonista

El sol de la tarde caía a plomo sobre el jardín de la casa de mis papás en Polanco, con ese calor pegajoso que te hace sudar hasta el alma. Yo, Ana, la protagonista de mi propia vida, andaba de un lado pa'l otro sirviendo chelas y platillos, fingiendo que todo estaba chido. Pero la neta, desde que llegó él, mi carnal mayor's compadre, el wey que me traía loca desde chavita, el ambiente se sentía cargado, como antes de una tormenta.

Rodrigo, con su camisa ajustada que marcaba esos pectorales duros de tanto gym, se recargaba en la barra de la alberca, platicando con mi hermano. Sus ojos cafés, intensos, se cruzaban con los míos cada rato, y cada mirada era como un roce eléctrico en la piel. ¿Por qué carajos tiene que ser el mejor amigo de mi hermano? Esto es una puta pasión prohibida, pensé, mientras el olor a carne asada y limones se mezclaba con su colonia amaderada que me llegaba hasta las entrañas.

Yo traía un vestido floreado corto, de esos que se pegan al cuerpo con el sudor, y sentía sus ojos devorándome las piernas. Me acerqué con una cerveza fría, rozando su mano al pasársela. Su piel áspera contra la mía fue como un chispazo. "Gracias, nena", murmuró bajito, con esa voz ronca que me erizaba el vello de la nuca. Mi corazón latió como tamborazo en una fiesta de pueblo.

La tarde avanzó con risas, mariachi de fondo y tequilas que aflojaban las lenguas. Mi hermano se empedó y se fue a dormir la mona adentro. Yo me escabullí al jardín trasero, al lado de los buganvillas, necesitando aire. No pasó ni un minuto cuando sentí su presencia. Rodrigo se paró detrás de mí, tan cerca que su aliento caliente me rozó el cuello.

"Ana, no mames, ¿qué me estás haciendo? Te veo y se me para el mundo entero."

Su voz era un susurro grave, y sus manos se posaron en mis caderas, apretando suave. Olía a tequila y hombre sudado, un aroma que me humedecía entre las piernas al instante. Me volteé despacio, mirándolo a los ojos. "Esto es una locura, Rodri. Si mi hermano se entera..." Pero mis palabras se ahogaron cuando sus labios rozaron los míos, suaves al principio, probando, como saboreando un mango maduro.

El beso se volvió feroz, lenguas enredándose con sabor a sal y deseo. Sus manos subieron por mi espalda, desabrochando el vestido con maestría. Lo dejé caer al suelo, quedando en brasier y tanga, expuesta bajo la luz crepuscular. Él se quitó la camisa, revelando ese torso moreno, marcado por venas que palpitaban. Lo toqué, sintiendo el calor de su piel, los músculos tensos bajo mis yemas. "Soy la protagonista de esta pasión prohibida", me dije, mientras mi cuerpo ardía.

Me cargó como si no pesara nada y me recostó en el césped mullido, rodeado de jazmines que perfumaban el aire con dulzor embriagador. Sus besos bajaron por mi cuello, lamiendo el sudor salado, mordisqueando hasta llegar a mis pechos. Sacó un seno del brasier, chupándolo con hambre, su lengua girando alrededor del pezón endurecido. Gemí bajito, arqueándome, el sonido de mi propia voz ahogado por el crujir de las hojas bajo nosotros.

"Estás rica, Ana, como un tamal bien relleno", gruñó contra mi piel, mientras su mano bajaba por mi vientre plano, colándose en la tanga. Sus dedos gruesos encontraron mi clítoris hinchado, frotándolo en círculos lentos. El placer era un rayo, mojada ya como río en crecida. "No pares, cabrón, me vas a volver loca", pensé, mordiéndome el labio pa' no gritar. Introdujo un dedo, luego dos, moviéndolos adentro con ritmo experto, curvándolos justo donde dolía de gusto.

Yo no me quedé atrás. Bajé la mano a su pantalón, sintiendo la verga dura como fierro presionando contra la tela. La saqué, pesada y venosa, palpitando en mi palma. La apreté, masturbándolo despacio, sintiendo el precum resbaloso en mi dedo. Él jadeó, un sonido animal que me excitó más. "Chúpamela, protagonista mía", pidió, y yo obedecí, arrodillándome en el pasto húmedo.

La tomé en la boca, saboreando su gusto salado y almizclado, la cabeza suave contra mi lengua. La chupé hondo, hasta la garganta, mientras él me agarraba el pelo suave, guiándome. Los sonidos eran obscenos: succiones, gemidos, el slap de mi saliva. El olor de su sexo me llenaba las fosas nasales, embriagador como mezcal puro.

No aguantamos más. Me tumbó de nuevo, quitándome la tanga de un jalón. Se puso encima, su peso delicioso aprisionándome. La punta de su verga rozó mi entrada, untándose en mis jugos. "¿Quieres que te coja, Ana? Dime que sí". "Sí, Rodri, métemela toda, hazme tuya", supliqué, clavando las uñas en su espalda.

Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome con ese dolor-placer que te hace ver estrellas. Lleno por completo, se quedó quieto un segundo, nuestros pulsos latiendo al unísono. Luego empezó a bombear, lento al principio, saliendo casi todo pa' volver a hundirse. El roce era fuego, su pubis chocando contra mi clítoris con cada estocada. Sudábamos, pieles resbalosas uniéndose con sonidos chapoteantes.

Aceleró, follándome duro, mis tetas rebotando, gemidos escapando sin control. "Esta es mi pasión prohibida, y no me arrepiento de nada", rugía en mi mente mientras el orgasmo se acercaba como tren desbocado. Él gruñía palabras sucias: "Te voy a llenar, nena, agárrate". Cambiamos de posición, yo encima, cabalgándolo como jinete en rodeo. Sus manos en mis nalgas, guiándome, el pasto cosquilleando mi piel.

Me vine primero, un estallido que me dejó temblando, contrayéndome alrededor de su verga, jugos chorreando por sus bolas. Él se corrió segundos después, caliente dentro de mí, un chorro que me inundó mientras rugía mi nombre. Colapsamos, jadeantes, el aire fresco de la noche calmando nuestros cuerpos ardientes.

Nos quedamos así un rato, abrazados bajo las estrellas, su mano acariciando mi cabello revuelto. El olor a sexo y jazmines nos envolvía, un afterglow perfecto. "Esto no puede ser solo una vez, Ana", murmuró. Sonreí, besándolo suave. "No lo será, mi pasión prohibida".

Al día siguiente, en la cocina, mi hermano ni sospechó nada mientras desayunábamos. Pero entre Rodrigo y yo, las miradas decían todo. Yo, la protagonista de esta historia prohibida, sabía que acababa de empezar el verdadero jale. El deseo latía aún, prometiendo más noches de fuego en esta ciudad que nunca duerme.

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