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Virgen Maria La Pasion Prohibida de Cristo

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Virgen Maria La Pasion Prohibida de Cristo

Yo era Ana, una chava de veintiocho años que había crecido entre las calles empedradas de Coyoacán, rodeada de murales coloridos y el aroma eterno de las flores de cempasúchil en el mercado. Siempre fui devota, neta, rezando el rosario con mi abuelita los viernes, pero en el fondo ardía un fuego que no podía apagar con avemarías. Cuando me invitaron a participar en la obra Virgen Maria La Pasion de Cristo, una puesta en escena sensual y moderna para la Semana Santa en la parroquia del barrio, no lo pensé dos veces. Sería la Virgen María, pura y santa, pero con un twist que me erizaba la piel: escenas cargadas de tensión corporal, inspiradas en pinturas renacentistas donde los cuerpos se rozan como promesas pecaminosas.

El primer ensayo fue en el salón parroquial, con techos altos y vitrales que filtraban la luz del sol como rayos divinos. Ahí lo vi: Jesús, o sea, Mateo, un morro de treinta, alto, con barba espesa y ojos cafés que te clavaban como espinas. Era carpintero de oficio, con manos callosas que olían a madera fresca y sudor varonil.

¿Por qué carajos me late tan fuerte el corazón, Virgen santísima?
pensé mientras el director nos ponía en posición para la escena de la crucifixión. Yo tenía que sostenerlo, mi pecho contra el suyo, fingiendo el dolor de la madre. Sus músculos se tensaron bajo la túnica ligera, y sentí el calor de su piel a través de la tela. Olía a jabón de lavanda mezclado con ese almizcle natural de hombre que me hacía mojarme las bragas sin remedio.

—Órale, Ana, más pasión, ¡siente el sufrimiento de tu hijo! —gritó el director.

Mateo me miró, su aliento cálido rozando mi oreja. Coño, qué rico huele, se me cruzó por la mente. Nuestros cuerpos se pegaron más, mi cadera contra la suya, y juro que sentí su verga endureciéndose apenas un poquito. Me separé jadeando, con las mejillas ardiendo como si hubiera comulgado con fuego en vez de hostia.

Los días siguientes fueron un suplicio delicioso. Ensayábamos de tarde, cuando el sol caía y el aire se llenaba del olor a pan de muerto de las panaderías cercanas. Cada roce era eléctrico: mis dedos en su pecho flagelado con pintura roja, su mano en mi cintura mientras yo lloraba falsamente.

Esto es pecado, pero ¿y si Dios lo puso aquí para tentarme?
me repetía en la noche, tocándome bajo las sábanas con el recuerdo de su tacto áspero. Mateo me coqueteaba con miradas, guiños y frases como “Eres la Virgen más sabrosa que he visto, carnala”, siempre con esa sonrisa pícara que me hacía apretar los muslos.

Una noche, después de un ensayo intenso donde simulamos el descendimiento de la cruz, nos quedamos solos recogiendo props. El salón olía a incienso quemado y sudor fresco. Él se acercó por detrás, su pecho contra mi espalda mientras doblábamos las túnicas.

—Ana, neta que me traes loco con esa mirada de santa pecadora —murmuró, su voz ronca como trueno lejano.

Me giré, nuestros rostros a centímetros. Sentí su aliento mentolado, el pulso latiendo en su cuello. Chíngame ya, pensé, pero solo susurré:

—Tú tampoco eres el Cristo más casto, ¿eh, pendejo?

Nos reímos nerviosos, pero el aire se cargó de electricidad. Sus manos subieron a mis hombros, masajeando con fuerza, deshaciendo nudos de tensión. Gemí bajito, el sonido reverberando en el silencio. Sus dedos eran puro fuego, bajando por mi espina dorsal, despertando cada nervio.

La tensión explotó en el segundo acto de nuestra propia pasión. Al día siguiente, ensayo privado en su taller de carpintería, un lugar chulo con olor a cedro y virutas en el piso. Vestidos con las túnicas de la obra Virgen Maria La Pasion de Cristo, practicamos la escena del huerto de Getsemaní. Yo lo consolaba, arrodillada, mi rostro cerca de su entrepierna. Él se dejó caer, fingiendo agonía, y su mano rozó mi muslo desnudo bajo la tela.

—No pares —jadeé, rompiendo el personaje.

Mateo me jaló hacia él, nuestros labios chocando en un beso salvaje. Sabía a café y deseo puro, su lengua invadiendo mi boca como una conquista.

¡Ay, Diosito, perdóname, pero esto es el paraíso!
Mis manos exploraron su pecho velludo, bajando a esa verga dura que palpitaba contra mi vientre. La saqué de la túnica, gruesa, venosa, oliendo a macho en celo. La apreté, sintiendo su calor latiendo en mi palma, y él gruñó como bestia.

—Mamacita, qué chingona eres —dijo, arrancándome la túnica. Mis tetas saltaron libres, pezones duros como piedras de volcán. Me mamó uno, succionando con hambre, mientras sus dedos bajaban a mi concha empapada. Estaba chorreando, el jugo resbalando por mis muslos. Metió dos dedos, curvándolos justo ahí, el punto que me hacía arquear la espalda y clavar las uñas en su nuca.

El taller se llenó de nuestros jadeos, el sonido húmedo de sus dedos follando mi interior, el crujir de la madera bajo nosotros. Olía a sexo crudo, a mi excitación almizclada mezclada con su sudor salado. Me puso contra la mesa de trabajo, aún con olor a aserrín fresco. Me abrió las piernas, lamiendo mi clítoris con lengua experta, chupando como si fuera la hostia más dulce. Gemí fuerte, temblando, el orgasmo building como tormenta en el Popo.

—¡Chíngame, Cristo mío! —supliqué, jalándolo arriba.

Se hundió en mí de un solo empujón, su verga llenándome hasta el fondo, estirándome deliciosamente. Era enorme, pulsando dentro, rozando cada pared sensible. Empezó a bombear lento, profundo, nuestros cuerpos chocando con palmadas húmedas. Sentía cada vena, cada throbbin, mi concha apretándolo como guante. Aceleró, follándome duro, sus bolas golpeando mi culo. Sudábamos como locos, piel resbalosa, el aire denso con nuestro aroma.

Esto es mi crucifixión personal, mi pasión prohibida
, pensé mientras él me volteaba, cogiéndome a perrito sobre la mesa. Agarró mis caderas, embistiéndome salvaje, su mano bajando a frotar mi clítoris. El placer era cegador, olas y olas, hasta que exploté gritando su nombre —o el de Él—, mi coño convulsionando alrededor de su pija, ordeñándolo.

Mateo rugió, llenándome de leche caliente, chorros que me bañaban por dentro, goteando por mis piernas. Colapsamos juntos, jadeando, su peso sobre mí como una bendición pesada. Besos suaves después, lenguas perezosas, el afterglow envolviéndonos en paz pecaminosa.

En el tercer acto de nuestra historia, nos vestimos entre risas y caricias. Afuera, la noche mexicana olía a jacarandas y tacos al pastor de la taquería cercana. Caminamos de la mano por las calles iluminadas, la obra Virgen Maria La Pasion de Cristo ahora nuestro secreto compartido.

—Neta que fuiste mi Virgen más ardiente —dijo él, pellizcándome el culo juguetón.

Yo sonreí, el corazón pleno.

Quizá Dios no castiga el placer cuando es tan puro
. Desde esa noche, cada ensayo era preliminar a nuestras folladas intensas, explorando cuerpos como mapas sagrados. La Semana Santa llegó con aplausos, pero nuestra pasión verdadera ardía en privado, eterna como la fe, carnal como la vida misma.

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