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Dolores Martínez Abismo de Pasión

6945 palabras

Dolores Martínez Abismo de Pasión

En el corazón palpitante de la Ciudad de México, donde las luces de neón bailan con el humo de los tacos al pastor, Dolores Martínez caminaba por las calles empedradas de la Condesa. El aire nocturno olía a jazmín mezclado con el aroma picante de chiles asados, y el bullicio de los carros y las risas lejanas la envolvía como un abrazo cálido. Llevaba un vestido rojo ceñido que acentuaba sus curvas generosas, el escote profundo revelando la piel morena y suave de su pecho. A sus treinta y cinco años, Dolores era una mujer que no pedía permiso para desear; era un huracán de fuego envuelto en seda.

Entró a La Cantina del Abismo, un lugar escondido donde la banda tocaba sones jarochos con un twist moderno, y el tequila fluía como río en crecida. Pidió un caballito de reposado, el líquido ámbar quemándole la garganta con un sabor ahumado que le recordaba noches pasadas en la playa de Veracruz, su tierra natal.

¿Por qué carajos vengo aquí sola otra vez? Porque necesito sentirme viva, wey. Necesito que alguien me mire como si fuera el fin del mundo.
Sus ojos oscuros escanearon el lugar, y ahí estaba él: Alejandro, alto, moreno, con una sonrisa pícara que prometía pecados deliciosos. Vestía una camisa negra desabotonada lo justo para mostrar el vello oscuro en su pecho, y sus manos fuertes sostenían una cerveza helada.

Se miraron. El tiempo se detuvo. Él se acercó, oliendo a colonia fresca y a hombre que sabe lo que quiere. "¿Eres Dolores Martínez? La que todos llaman el abismo de pasión por cómo bailas en las fiestas", dijo con voz grave, como un ronroneo. Ella rio, un sonido gutural y sensual que hizo que su pulso se acelerara. Neta, este pendejo sabe cómo empezar. Charlaron de todo y nada: de la vida loca en la capital, de cómo el metro apesta a sudor a las horas pico, de sueños rotos y deseos intactos. La tensión crecía con cada roce accidental de sus rodillas bajo la mesa, el calor de su aliento cuando se inclinaba para susurrarle al oído.

La banda aceleró el ritmo, un son huasteco que invitaba a mover las caderas. "Baila conmigo, Dolores", la retó él, extendiendo la mano. Ella la tomó, sintiendo la aspereza callosa de sus palmas contra su piel suave. En la pista improvisada, sus cuerpos se pegaron como imanes. El sudor comenzaba a perlar su frente, mezclándose con el perfume almizclado de su deseo incipiente. Sus caderas chocaban al compás, el roce de su muslo contra el de ella enviando chispas eléctricas por su espina dorsal.

¡Ay, Diosito! Este wey me va a volver loca. Siento su verga dura contra mí, presionando justo ahí...
El olor a tequila y piel caliente los envolvía, y el sabor salado de su cuello cuando ella lo rozó con los labios la hizo gemir bajito.

Salieron de la cantina tambaleándose de risa y lujuria, caminando hacia su departamento en una calle arbolada. El viento fresco de la noche lamía sus pieles febriles, pero nada apagaba el fuego que ardía en sus venas. Adentro, la luz tenue de una lámpara de sal rosa iluminaba el espacio minimalista: plantas colgantes, un colchón king size con sábanas de algodón egipcio y el aroma a vainilla de velas apagadas. Se besaron en la puerta, un beso hambriento, lenguas danzando como serpientes en celo. Sus labios sabían a tequila y a promesas rotas, su lengua explorando la de él con urgencia felina.

Alejandro la levantó en brazos, sus músculos tensos bajo la camisa, y la llevó al colchón. "Eres un abismo, Dolores Martínez. Un abismo de pasión del que no quiero salir", murmuró contra su cuello, mordisqueando la piel sensible. Ella arqueó la espalda, gimiendo, mientras sus manos desabotonaban su vestido. El aire fresco besó sus pechos liberados, los pezones endureciéndose al instante como guijarros rosados. ¡Qué chingón se siente esto! Su boca en mí, chupando como si fuera el último trago de su vida. Él lamió, succionó, el sonido húmedo de su boca llenando la habitación junto con sus jadeos entrecortados.

Las manos de Dolores bajaron a su pantalón, desabrochándolo con dedos temblorosos de anticipación. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando con un calor que la hizo salivar. "Métetela, carnal. Quiero sentirte toda", gruñó ella, guiándolo con autoridad juguetona. Se posicionó sobre él, cabalgándolo despacio al principio, sintiendo cada centímetro estirándola, llenándola hasta el fondo. El roce de su clítoris contra su pubis era una delicia abrasadora, y el slap-slap de sus cuerpos chocando resonaba como tambores ancestrales.

El ritmo aumentó, sus caderas girando en un baile primitivo. Sudor corría por sus espaldas, goteando entre sus pechos, el olor almizclado de su arousal impregnando el aire.

¡Más fuerte, pendejo! Hazme gritar tu nombre hasta que se oiga en Polanco.
Él la volteó, poniéndola de rodillas, embistiéndola desde atrás con fuerza controlada. Sus bolas golpeaban su culo suave, el sonido obsceno mezclándose con sus gemidos roncos. Dolores clavó las uñas en las sábanas, el placer construyéndose como una ola tsunámica en su vientre, sus paredes internas contrayéndose alrededor de él.

La tensión era insoportable, un nudo de éxtasis puro. Siento el orgasmo venir, como un volcán a punto de estallar. Su verga me frota justo ahí, en ese punto que me deshace. Gritó primero ella, el clímax desgarrándola en espasmos violentos, jugos calientes empapando sus muslos. Alejandro la siguió segundos después, gruñendo como bestia, su semen caliente inundándola en chorros pulsantes. Colapsaron juntos, piel contra piel, el corazón de él latiendo contra su espalda como un tambor de guerra.

En el afterglow, yacían enredados, el aire pesado con el olor a sexo y satisfacción. Él le acariciaba el cabello húmedo, besando su hombro salado. "Eres increíble, Dolores. Ese abismo de pasión tuyo me atrapó para siempre". Ella sonrió, girándose para mirarlo a los ojos, esos pozos negros de ternura post-coital.

Neta, esto fue lo que necesitaba. No solo un polvo, sino conexión de almas ardientes.
Hablaron en susurros de volver a verse, de explorar más abismos juntos, mientras la ciudad ronroneaba afuera, indiferente a su éxtasis privado.

Al amanecer, con los primeros rayos filtrándose por las cortinas, Dolores se levantó, sintiendo el dulce dolor entre las piernas como recordatorio vivo. Se miró en el espejo, la piel marcada por besos y mordidas, y rio para sí. Soy Dolores Martínez, el abismo de pasión. Y hoy, wey, conquisté otro corazón. Alejandro dormía plácidamente, y ella le dejó una nota: "Vuelve pronto, carnal. Hay más fuego que quemar". Salió a la calle, el sol calentando su piel, lista para devorar el día con la misma hambre insaciable.

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