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La Diosa de la Pasión Desnuda

6254 palabras

La Diosa de la Pasión Desnuda

La noche en Polanco hervía con ese calor pegajoso que hace que la piel se sienta viva, como si el aire mismo te estuviera acariciando. Habías llegado a la fiesta en la terraza de ese rooftop chido, con luces neón parpadeando y mariachi fusion mezclado con reggaetón retumbando en los parlantes. El olor a tequila reposado y jazmines flotaba por todos lados, y el sudor de la gente bailando se mezclaba con perfumes caros. Ahí la viste por primera vez, recargada en la barandilla, con un vestido rojo ceñido que parecía pintado sobre su cuerpo curvilíneo. Su piel morena brillaba bajo las luces, el cabello negro cayéndole en ondas salvajes por la espalda. Neta, pensaste, esa mujer es puro fuego.

Te acercaste con una chela en la mano, el corazón latiéndote como tamborazo zacatecano. “Órale, guapa, ¿vienes a conquistar o qué?”, le dijiste, tratando de sonar casual aunque por dentro ya sentías ese cosquilleo en el estómago. Ella se giró, sus ojos cafés profundos clavándose en los tuyos como si te leyera el alma. “Soy la diosa de la pasión”, respondió con una sonrisa pícara, su voz ronca como el humo de un buen puro. “Y tú, carnal, pareces listo para adorarme”. El roce de su mano en tu brazo fue eléctrico, suave como seda pero ardiente como chile habanero. Te invitó a bailar, y en la pista, sus caderas se movían contra las tuyas, el ritmo del perreo pegándose a vuestros cuerpos. Sentías su aliento cálido en tu cuello, oliendo a vainilla y deseo puro.

La tensión crecía con cada giro. Tus manos exploraban su cintura, sintiendo la firmeza de sus músculos bajo la tela delgada. Ella se apretaba más, sus pechos rozando tu pecho, y un gemido bajito escapaba de sus labios cuando te mordisqueó la oreja. “Pinche caliente”, murmuraste, y ella rio, un sonido que vibraba directo a tu verga, que ya empezaba a endurecerse. La llevaste a un rincón apartado, detrás de unas cortinas pesadas que olían a sándalo. Ahí, solos, el mundo se redujo a sus labios carnosos devorando los tuyos. El beso fue salvaje, lenguas enredándose con sabor a tequila y sal de su piel. Tus dedos se colaron bajo su vestido, acariciando sus muslos suaves, subiendo hasta encontrar el calor húmedo entre sus piernas. Ella jadeó, arqueando la espalda. “Sí, así, pendejo juguetón, tócame más”.

Esta diosa me va a volver loco”, pensaste mientras sus uñas se clavaban en tu espalda, dejando surcos de placer doloroso.

La bajaste despacio al sofá de terciopelo, el corazón retumbándote en los oídos como un bombo. Ella se recostó, abriendo las piernas con una confianza que te dejó sin aliento. Le quitaste el vestido de un tirón, revelando sus tetas perfectas, pezones oscuros endurecidos como chocolate amargo. El aroma de su excitación llenaba el aire, almizclado y dulce, invitándote a probar. Te arrodillaste, besando su vientre plano, lamiendo el sudor salado que perlaba su ombligo. Cuando llegaste a su concha, depilada y reluciente, la probaste con la lengua, saboreando su néctar jugoso. Ella gritó, “¡Chingao, qué rico, no pares!”, sus caderas moviéndose al ritmo de tu boca. Lamías sus labios hinchados, chupando su clítoris con devoción, mientras sus jugos te empapaban la barbilla. Tus dedos se unieron al juego, metiéndose en su calor apretado, sintiendo cómo sus paredes se contraían alrededor.

Pero ella no era de las que se quedan atrás. Te jaló del pelo, poniéndote de pie, y con ojos de fuego desabrochó tu pantalón. Tu verga saltó libre, dura como piedra, venosa y palpitante. “Mira nomás qué mamalón”, dijo admirándola antes de metérsela a la boca. El calor de sus labios te envolvió, su lengua girando alrededor de la cabeza, saboreando el pre-semen salado. Chupaba con hambre, profunda, hasta que sentiste su garganta apretándote. Gemías como loco, el sonido ahogado por la música lejana, mientras tus manos enredaban en su melena. “Eres la diosa de la pasión, neta”, le dijiste entre jadeos, y ella sonrió con la boca llena, succionando más fuerte hasta que casi te corres.

La tensión era insoportable ahora, un nudo en el estómago que pedía explosión. La volteaste sobre el sofá, de rodillas, su culo redondo alzado como ofrenda. El olor de su piel sudada te embriagaba. Te colocaste atrás, frotando tu verga contra su raja húmeda, lubricándola con sus propios jugos. “Métemela ya, cabrón, hazme tuya”, suplicó ella, empujando hacia atrás. Entraste despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo su concha te tragaba, apretada y ardiente como un horno. El placer era cegador: su calor envolviéndote, sus paredes masajeándote. Empezaste a bombear, lento al principio, cada embestida sacando sonidos chapoteantes, oliendo a sexo puro. Ella clavaba las uñas en el sofá, gritando “¡Más duro, sí, así!”.

El ritmo se aceleró, tus pelotas golpeando su clítoris con cada estocada. Sudor chorreaba por tu espalda, mezclándose con el de ella. La volteaste de nuevo, cara a cara, para ver su expresión de éxtasis: ojos entrecerrados, labios mordidos, tetas rebotando. La penetrabas profundo, sintiendo su corazón latir contra tu pecho. “Te voy a llenar”, gruñiste, y ella respondió “¡Córrete conmigo, diosa de la pasión al fin!”. Tus cuerpos chocaban en frenesí, el sofá crujiendo bajo el peso. Su concha se contrajo primero, ordeñándote en oleadas de placer. Ella gritó largo, un aullido gutural que te empujó al borde. Explotaste dentro, chorros calientes inundándola, mientras temblabais juntos, pulsos sincronizados.

El afterglow fue dulce, como un postre de cajeta tibia. Se derrumbó sobre ti, su cabeza en tu pecho, el olor de semen y sudor impregnando el aire. Acariciaste su espalda, sintiendo su respiración calmarse. “Qué chingonería”, murmuró ella, besándote el cuello. “La diosa de la pasión siempre deja huella”. Te quedaste ahí, envuelto en su calidez, el mundo exterior olvidado. Sabías que esa noche había cambiado algo en ti, un fuego encendido que no se apagaría fácil. La terraza seguía vibrando allá afuera, pero en ese rincón, solo existíais vosotros dos, saciados y conectados.

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