Pasión de Gavilanes Capítulo 118 Fuego en la Piel
En la penumbra de su hacienda en las afueras de Guadalajara, Ana se recostaba en el sofá de cuero viejo, con el control remoto en la mano. El aire olía a jazmín del jardín y a las tortillas recién calientes que había preparado para la cena. Luis, su hombre desde hace tres años, estaba a su lado, con una cerveza fría en la mano, los pies descalzos sobre la alfombra tejida a mano. Era una noche como cualquier otra, pero Pasión de Gavilanes estaba en su capítulo 118, y Ana sentía ese cosquilleo familiar en el estómago cada vez que sintonizaban la novela.
"Mira nomás, wey, cómo se miran esos dos... puro fuego", murmuró Ana, mientras en la pantalla los protagonistas se acercaban con miradas cargadas de promesas prohibidas.Luis soltó una risa ronca, su mano grande posándose en el muslo de ella, justo por encima de la rodilla. La piel de Ana se erizó al instante, como si el roce fuera una chispa en pólvora seca. Él siempre hacía eso: jugaba con el borde de su falda corta, subiendo centímetro a centímetro, sin prisa, sabiendo que ella se derretía por dentro.
La hacienda estaba en silencio, salvo por el zumbido del ventilador de techo y los gemidos ahogados que salían del televisor. Ana giró la cabeza hacia Luis, sus ojos cafés encontrándose con los verdes de él, intensos como el tequila añejo que compartían en las noches frías. ¿Por qué esta novela siempre nos pone así?, pensó ella, mientras el calor subía por su pecho. En el capítulo 118, la pasión estallaba: besos robados en un establo, manos explorando curvas ocultas bajo la ropa de trabajo. Ana apretó los muslos, sintiendo la humedad crecer entre sus piernas.
"¿Te late lo que ves, mi reina?", preguntó Luis con voz grave, su aliento cálido rozando su oreja. Ella asintió, mordiéndose el labio inferior. Su mano subió más, ahora acariciando el interior del muslo, donde la piel era más sensible, más suave. Ana dejó caer el control remoto, olvidándose del mundo exterior. El olor a su colonia, mezclado con el sudor ligero de su camisa ajustada, la envolvía como una niebla embriagadora.
Acto uno: la chispa. Ana se incorporó un poco, girando el cuerpo hacia él. Sus labios se encontraron en un beso lento, exploratorio. Saboreó la cerveza en su lengua, amarga y fresca, mientras las manos de Luis se enredaban en su cabello negro largo. Es como si fuéramos Óscar y esa morra de la novela, pensó, recordando la escena del capítulo 118 donde el deseo los consumía. Ella deslizó las manos por su pecho firme, sintiendo los músculos tensarse bajo la tela. El corazón le latía fuerte, un tambor en el pecho que resonaba en sus oídos.
Luis la atrajo hacia su regazo, y Ana se sentó a horcajadas sobre él, sintiendo la dureza de su excitación presionando contra su centro. Un gemido escapó de su garganta, ahogado por el beso. El sofá crujió bajo su peso, y el aire se cargó de ese aroma almizclado, el de la piel caliente y el deseo crudo. "Estás mojadita ya, ¿verdad, carnala?", susurró él contra su cuello, lamiendo la sal de su piel. Ana rio bajito, un sonido juguetón y mexicano hasta la médula. "¡Ay, pendejo, ni lo dudes! Esa Pasión de Gavilanes capítulo 118 me tiene loca."
La tensión crecía como una tormenta en el horizonte. Luis levantó su blusa, exponiendo sus senos plenos al aire fresco. Sus pezones se endurecieron al instante, rosados y ansiosos. Él los tomó con la boca, succionando suavemente al principio, luego con más hambre, haciendo que Ana arqueara la espalda. El placer era un rayo que bajaba desde su pecho hasta su vientre, un pulso caliente que la hacía retorcerse.
¡Dios mío, qué rico! Su lengua es puro fuego, como si me quemara viva.Ella hundió las uñas en sus hombros, dejando marcas rojas que mañana dolerían deliciosamente.
Acto dos: la escalada. Ana se puso de pie, tirando de la mano de Luis hacia la recámara. El pasillo estaba oscuro, iluminado solo por la luz parpadeante del televisor lejano. Tropezaron riendo, besándose contra la pared, las manos ansiosas despojándose de la ropa. La falda de ella cayó al suelo con un susurro, seguida de los jeans de él. Desnudos ahora, piel contra piel, el calor de sus cuerpos era abrasador. Luis la cargó como si no pesara nada, sus brazos fuertes envolviéndola, y la depositó en la cama king size con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca.
Se tumbaron lado a lado, explorándose con lentitud agonizante. Ana trazó el contorno de su erección con los dedos, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel aterciopelada. "Te quiero dentro, ya", jadeó ella, su voz ronca de necesidad. Pero Luis, juguetón como siempre, se deslizó hacia abajo, besando su ombligo, su monte de Venus, hasta llegar a su sexo húmedo y abierto. El primer roce de su lengua fue eléctrico: un lametón largo que la hizo gritar. Sabía a ella, salado y dulce, y él gruñó de placer, devorándola con avidez.
Ana se perdió en las sensaciones: el roce áspero de su barba incipiente contra sus muslos internos, el sonido húmedo de su boca trabajando, los gemidos que vibraban contra su clítoris hinchado. Su aliento caliente, el sudor perlando su frente, todo me vuelve loca. Sus caderas se movían solas, empujando contra su cara, buscando más. "¡Más fuerte, wey! ¡No pares!", suplicó, enredando los dedos en su cabello corto. El orgasmo se acercaba, un nudo apretándose en su bajo vientre, pero Luis se detuvo justo antes, subiendo para besarla de nuevo. Compartieron su sabor en la boca, un beso salvaje y profundo.
Ahora era su turno. Ana lo empujó boca arriba, montándolo con confianza. Tomó su miembro en la mano, guiándolo hacia su entrada resbaladiza. Se hundió despacio, centímetro a centímetro, gimiendo al sentirlo llenarla por completo. "¡Qué chingón te sientes!", exclamó, comenzando a moverse. El ritmo era hipnótico: arriba y abajo, círculos lentos que rozaban ese punto perfecto dentro de ella. Luis agarró sus caderas, ayudándola, sus ojos fijos en el vaivén de sus senos. El slap de piel contra piel llenaba la habitación, mezclado con sus jadeos y el eco distante de la novela.
La intensidad subía. Ana aceleró, sintiendo el sudor correr por su espalda, el olor a sexo impregnando el aire. Luis se incorporó, abrazándola, sus bocas chocando en besos desordenados. "Te amo, mi vida", murmuró él entre dientes, embistiéndola desde abajo con fuerza controlada. El clímax la golpeó como un trueno: ondas de placer irradiando desde su centro, haciendo que sus músculos se contrajeran alrededor de él, ordeñándolo. Gritó su nombre, el mundo explotando en colores y sensaciones.
Acto tres: la liberación. Luis la siguió segundos después, gruñendo como un animal, su semilla caliente llenándola en pulsos profundos. Colapsaron juntos, enredados en sábanas revueltas, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco. El aire olía a ellos, a pasión consumada, y Ana apoyó la cabeza en su pecho, escuchando el latido fuerte de su corazón volver a la normalidad.
Esto es mejor que cualquier capítulo de Pasión de Gavilanes, pensó ella, trazando círculos perezosos en su piel. Capítulo 118 nos prendió la mecha, pero nosotros somos el incendio.Luis la besó en la frente, su mano acariciando su espalda con ternura. "Siempre será así, mi reina. Tú y yo, puro fuego."
Se quedaron así, envueltos en el afterglow, el televisor olvidado en la sala. La noche los mecía, prometiendo más capítulos en su propia historia de pasión infinita.