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Pasión y Poder Capítulo 8 El Abrazo del Deseo

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Pasión y Poder Capítulo 8 El Abrazo del Deseo

Sofía se recargó en la barandilla del balcón de su penthouse en Polanco, con la ciudad de México extendiéndose como un mar de luces titilantes bajo el cielo nocturno. El aire fresco de la noche traía el aroma distante de tacos al pastor y el bullicio lejano de los carros en Reforma. Llevaba un vestido negro ceñido que abrazaba sus curvas como una segunda piel, sintiendo el roce sedoso contra sus muslos. Hacía semanas que no veía a Alejandro, ese macho alfa que dominaba el mundo de los negocios con la misma ferocidad con que la hacía temblar de placer. Pasión y poder capítulo 8, pensó, recordando cómo él mismo había bautizado sus encuentros como capítulos de una novela erótica que solo ellos escribían.

El sonido de la llave en la cerradura la hizo girar de golpe. Ahí estaba él, alto, moreno, con esa camisa blanca desabotonada lo justo para mostrar el vello oscuro en su pecho. Sus ojos cafés la devoraron de inmediato, como si ya la estuviera desnudando. "Qué buena estás, morra", murmuró con esa voz grave que le erizaba la piel. Sofía sintió un cosquilleo en el estómago, una mezcla de desafío y anhelo. "Llegas tarde, pendejo", le contestó ella, cruzando los brazos para acentuar su escote, pero su sonrisa la delataba.

Alejandro se acercó con pasos lentos, predatorios, oliendo a colonia cara y a algo más primitivo, como tierra mojada después de la lluvia. La tomó por la cintura, pegándola a su cuerpo duro. "Te extrañé, Sofía. Neta, no sabes lo que es cerrar tratos todo el día pensando en tu culazo". Ella rio bajito, sintiendo su erección presionando contra su vientre. El deseo inicial era como una chispa, pero sabía que esta noche sería un incendio. Sus labios se rozaron en un beso tentativo, saboreando el tequila que él acababa de tomar. Lenguas danzaron, húmedas y urgentes, mientras sus manos exploraban: las de él bajando por su espalda hasta apretar sus nalgas, las de ella enredándose en su cabello negro.

¿Por qué me rindo tanto a él? Es poder puro, pero yo también lo tengo. Esta vez lo haré mío del todo.

La llevó adentro, al sofá de piel italiana que crujió bajo su peso. La noche avanzaba al ritmo de una cumbia sensual que salía del Spotify, con el bajo vibrando en sus pechos. Acto primero: la seducción. Alejandro la sentó en sus piernas, despojándola del vestido con deliberada lentitud. Cada centímetro de piel expuesta era un territorio conquistado. Sofía jadeaba, el aire acondicionado enfriando sus pezones erectos mientras él los admiraba. "Míralos, qué ricos", gruñó, lamiendo uno con la lengua plana, caliente y áspera. Ella arqueó la espalda, un gemido escapando de su garganta. El sabor salado de su piel lo volvía loco; olía a vainilla de su loción mezclada con el almizcle de su excitación creciente.

Pero Sofía no era presa fácil. Lo empujó suavemente, poniéndose de pie para quitarse la tanga roja, dejándola caer como una promesa. "Hoy mando yo un rato, wey", dijo con voz ronca, empujándolo contra el respaldo. Se arrodilló entre sus piernas, desabrochando su cinturón con dedos temblorosos de anticipación. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando al aire. La miró fijamente mientras la tomaba en su mano, sintiendo el calor aterciopelado, el pulso acelerado como un tambor. "Órale, qué chingona eres", masculló él, cerrando los ojos cuando sus labios lo envolvieron. Chupó despacio, saboreando el precum salado, el olor masculino embriagador. Su lengua giraba alrededor de la cabeza, succionando con maestría, mientras sus manos masajeaban sus bolas pesadas.

El conflicto interno ardía en ella: quiero su poder, pero también dominarlo. Alejandro gemía, las caderas moviéndose involuntariamente, pero la detuvo antes del clímax. "No tan rápido, reina. Esto es pasión y poder". La levantó como si no pesara nada, cargándola al cuarto. La cama king size los esperaba, sábanas de satén negro arrugadas de encuentros pasados.

Acto segundo: la escalada. La tiró sobre el colchón, el impacto rebotando su cuerpo suave. Se desnudó rápido, músculos definidos brillando bajo la luz tenue de las velas que ella había encendido, oliendo a jazmín y canela mexicana. Se posicionó sobre ella, besando su cuello, mordisqueando la clavícula hasta dejar marcas rojas. Sus manos eran fuego: pellizcaban pezones, bajaban por su vientre plano, separando sus labios húmedos. "Estás chorreando, Sofía. Por mí", susurró, metiendo dos dedos gruesos en su coño empapado. Ella gritó, las paredes internas contrayéndose alrededor de él, el sonido húmedo de sus embestidas llenando la habitación. El tacto era eléctrico, sus jugos lubricando todo, el olor a sexo crudo invadiendo el aire.

Sofía clavó las uñas en su espalda, arañando lo justo para excitarlo más. "Fóllame ya, cabrón. No me hagas rogar". Pero él jugaba, restregando la punta de su verga contra su clítoris hinchado, círculos lentos que la volvían loca. El roce era tortura deliciosa, pulsos de placer irradiando desde su centro.

No aguanto más. Su poder me doblega, pero me empodera al mismo tiempo.
Finalmente, se hundió en ella de un solo golpe, llenándola por completo. El estiramiento ardiente la hizo gritar, sus paredes vaginales apretándolo como un guante. Embestía profundo, rítmico, el slap-slap de piel contra piel sincronizado con sus jadeos. Sudor perlaba sus cuerpos, salado en los labios cuando se besaban. Ella envolvía sus piernas alrededor de su cintura, clavándole los talones para que fuera más duro, más rápido.

La intensidad subía como una ola. Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgándolo como una diosa azteca, sus tetas rebotando con cada bajada. Sus manos en el pecho de él, sintiendo el corazón latiendo desbocado. "¡Sí, así, qué rico!", gritaba ella, el clítoris frotándose contra su pubis. Él la sujetaba las caderas, guiándola, gruñendo palabras sucias: "Córrete para mí, mamacita. Quiero sentirte explotar". El orgasmo la alcanzó como un terremoto, ondas de placer convulsionando su cuerpo, jugos chorreando por sus muslos. Gritó su nombre, visión borrosa, el mundo reduciéndose a esa unión carnal.

Alejandro la volteó, poniéndola a cuatro patas. El espejo del clóset reflejaba la escena: su culo redondo alzado, él penetrándola por detrás, bolas golpeando su clítoris. El ángulo era perfecto, tocando su punto G con cada estocada. El sudor goteaba, el aroma de sus sexos mezclado con el perfume de las velas. Sus embestidas se volvieron salvajes, animales, el poder desatado en cada gruñido. "Me vengo, Sofía... ¡ah, carajo!", rugió, llenándola de semen caliente, chorros potentes que la hicieron correrme de nuevo en una segunda ola menor pero intensa.

Acto tercero: el afterglow. Colapsaron juntos, cuerpos entrelazados, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco. Alejandro la abrazó por detrás, su verga aún semi-dura dentro de ella, semen goteando entre sus piernas. Besó su hombro, suave ahora. "Eres mi todo, neta. Pasión y poder, capítulo 8 completado". Sofía sonrió, girando para mirarlo a los ojos. Sintió una paz profunda, el corazón lleno. En sus brazos encuentro equilibrio. Su dominio me libera.

Se quedaron así, escuchando la ciudad ronronear afuera, el sabor de sus besos post-sexo dulce y pegajoso. Mañana volverían a sus mundos –ella a su galería de arte, él a sus juntas–, pero esta noche era suya. El deseo satisfecho dejaba un eco, una promesa de más capítulos. Sofía se acurrucó contra su pecho, oliendo su esencia, sabiendo que el poder verdadero estaba en su conexión.

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