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Protagonistas Ardientes del Cañaveral de Pasiones

7131 palabras

Protagonistas Ardientes del Cañaveral de Pasiones

El sol de Veracruz caía a plomo sobre el cañaveral, ese mar verde y espeso que se mecía con el viento como si susurrara secretos antiguos. Yo, Diego, capataz de la hacienda Los Pinos, caminaba entre las varas altas, sintiendo el sudor resbalar por mi espalda desnuda, pegajoso y caliente. El aire olía a tierra húmeda, a caña madura y a ese dulzor fermentado que me recordaba las fiestas patronales. Llevaba años aquí, desde que era morro, pero hoy todo era diferente. Ana, la hija del patrón, había regresado de la ciudad con curvas que quitaban el hipo y una mirada que prometía pecados.

La vi por primera vez esa mañana, cuando bajó del camión con un vestido floreado que se le pegaba al cuerpo por el bochorno. Órale, qué chula, pensé, mientras mi verga se despertaba como si tuviera vida propia. Ella me sonrió, con esa dentadura perfecta y labios carnosos que invitaban a morderlos. "Diego, ¿me enseñas el cañaveral? Quiero ver cómo crece la pasión aquí", dijo con voz ronca, juguetona. Sus palabras me erizaron la piel. ¿Pasión? Claro que sí, en este cañaveral de pasiones, como le decían los viejos.

Nos adentramos juntos, las hojas rozándonos las piernas, altas como amantes celosos. El zumbido de las chicharras era ensordecedor, un coro que aceleraba mi pulso. Ana iba delante, sus nalgas meneándose con cada paso, redondas y firmes bajo la tela ligera. Olía a vainilla y a algo más, un aroma femenino que me mareaba. "Somos como los protagonistas de Cañaveral de Pasiones, ¿no crees?", soltó de repente, riendo. Yo tragué saliva, recordando la novela que veíamos en el comedor de la hacienda. "Sí, pero aquí no hay guion, mija. Aquí todo es real".

¿Y si la tomo ahora? ¿Si la empujo contra una vara y le levanto el vestido? No, wey, calma. Déjala que se acerque ella. Quiere esto tanto como tú.

Nos detuvimos en un claro donde el sol filtraba rayos dorados. Ana se quitó el sombrero, soltando su melena negra que cayó en cascada. Sus pechos subían y bajaban con la respiración agitada. "Hace un calor del carajo, Diego. ¿No te dan ganas de... refrescarte?". Sus ojos bajaron a mi pantalón, donde la erección era imposible de esconder. Me acerqué, lento, sintiendo el calor de su cuerpo antes de tocarla. Le rocé el brazo, piel suave como seda de maíz. Ella jadeó, un sonido que me recorrió la espina dorsal.

Acto primero de nuestra propia telenovela: el roce inocente que enciende la mecha. Mis manos subieron a su cintura, atrayéndola. "Ana, desde que te vi, no pienso en otra cosa". Ella se mordió el labio, temblando. "Yo tampoco, pendejo. En la ciudad extrañaba esto, extrañaba ". Nuestros labios se encontraron, suaves al principio, probando sabores: sal de sudor, dulzor de su gloss, el mío áspero de tabaco. La lengua de ella invadió mi boca, hambrienta, y yo respondí chupándola como si fuera miel de caña.

El beso se volvió feroz, manos explorando. Le apreté las nalgas, carnosa carne que se hundía bajo mis dedos. Ella gimió contra mi cuello, mordisqueando. "Más, Diego, no pares". Bajé el tirante de su vestido, exponiendo un seno perfecto, pezón oscuro y erecto. Lo lamí, saboreando el sudor salado, el aroma almizclado de su excitación. El cañaveral nos rodeaba, varas crujiendo como testigos mudos.

La tensión crecía como la caña antes de la zafra. Nos separamos un segundo, jadeantes. Ana me miró con ojos vidriosos. "Aquí no, Diego. Vamos más adentro. Quiero que sea nuestro secreto". Tomados de la mano, corrimos entre las hojas, riendo como chamacos, el corazón latiéndome en los huevos. Llegamos a un rincón escondido, donde la caña formaba un nido natural. Ella se arrodilló primero, desabrochándome el cinturón con dedos temblorosos. "Déjame verte, chulo". Mi verga saltó libre, gruesa y venosa, goteando precúm.

¡Madre santa, qué boquita! Si me la chupa así, me vengo en dos segundos.

Su boca caliente la envolvió, lengua girando alrededor del glande, succionando con maestría. El sonido húmedo, chapoteante, se mezclaba con nuestros gemidos. Yo enredé los dedos en su pelo, guiándola, follándole la boca suave. "¡Qué rica, Ana! Así, mami". Ella aceleró, tragándosela hasta la garganta, ojos lagrimeando de placer. El olor de sexo impregnaba el aire, terroso y animal.

La levanté, quitándole el vestido de un tirón. Desnuda, era una diosa: curvas morenas, panocha depilada reluciente de jugos. La recosté sobre mi chamarra en la tierra blanda. Besé su vientre, bajando a sus muslos, abriéndolos. Su clítoris asomaba rosado, hinchado. Lo lamí, plano y lento, saboreando su flujo dulce y salado. "¡Ay, Diego! ¡Me vas a matar!". Sus caderas se alzaban, follándome la cara, manos apretándome la cabeza. Introduje dos dedos, curvados, frotando ese punto que la hacía gritar. El cañaveral temblaba con el viento, como si aplaudiera.

La intensidad subía, act dos en su clímax. Ella se corrió primero, un chorro caliente en mi boca, cuerpo convulsionando, uñas clavadas en mi espalda. "¡Sí, cabrón! ¡No pares!". La puse a cuatro patas, nalgas en pompa, invitadoras. Escupí en mi verga, alineándola con su entrada resbaladiza. Empujé despacio, centímetro a centímetro, sintiendo sus paredes apretarme como guante de terciopelo. "¡Estás tan mojada, putita mía! Tan chida".

Empecé a bombear, lento al principio, sintiendo cada roce, el slap-slap de piel contra piel. El sudor nos unía, resbaloso. Ella empujaba hacia atrás, pidiendo más. "¡Fóllame duro, Diego! Hazme tuya". Aceleré, agarrándole las caderas, verga hundiéndose hasta el fondo. Sus tetas se mecían, pezones rozando la tierra. El olor era embriagador: sexo, caña, tierra mojada. Gemí, sintiendo el orgasmo acercarse, bolas tensas.

Cambié posición, ella encima, cabalgándome como jineteza experta. Sus ojos fijos en los míos, sudor goteando de su frente a mi pecho. "Somos los protagonistas de cañaveral de pasiones, Diego. Nadie nos detiene". Rebotaba, panocha tragándoseme entera, clítoris frotándose en mi pubis. La chupé los pezones, mordiendo suave. El clímax nos golpeó juntos: ella chilló, contrayéndose, ordeñándome; yo rugí, llenándola de leche caliente, espasmos interminables.

Acto final: el afterglow. Colapsamos enredados, respiraciones entrecortadas, cuerpos pegajosos. El sol bajaba, tiñendo el cañaveral de oro. Ana trazaba círculos en mi pecho. "Qué chingón fue eso, wey. Volveremos, ¿verdad?". Besé su frente, oliendo su pelo. "Todos los días, mi amor. Este es nuestro cañaveral de pasiones".

Nos vestimos lento, robándonos besos, risas cómplices. Caminamos de vuelta, mano en mano, el viento secando nuestro sudor. En la hacienda, nadie sospechaba. Pero en mi mente, éramos eternos: los protagonistas ardientes del cañaveral de pasiones, forjando nuestro destino entre varas verdes y deseos insaciables.

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