Relatos Prohibidos
Inicio Infidelidad Pasión de Gavilanes Capítulo 44 Fuego en la Piel Pasión de Gavilanes Capítulo 44 Fuego en la Piel

Pasión de Gavilanes Capítulo 44 Fuego en la Piel

7987 palabras

Pasión de Gavilanes Capítulo 44 Fuego en la Piel

La hacienda Los Gavilanes se erguía imponente bajo el cielo estrellado de Jalisco, con el aroma a tierra húmeda y jazmines flotando en el aire cálido de la noche. Gabriela, una mujer de curvas generosas y ojos color miel que ardían con promesas ocultas, caminaba descalza por el porche de madera. Llevaba un vestido ligero de algodón que se pegaba a su piel sudorosa por el bochorno del verano mexicano. Hacía semanas que no veía a Javier, su amante secreto, apodado El Gavilán por su mirada feroz y su cuerpo esculpido por el trabajo en el campo.

Adentro, la televisión murmuraba el final de Pasión de Gavilanes capítulo 44, esa telenovela que tanto le gustaba por sus enredos pasionales. La escena culminante, con los hermanos Reyes entregándose al deseo prohibido, había encendido una chispa en su vientre. Gabriela sentía el calor subirle por las piernas, un cosquilleo traicionero que la hacía apretar los muslos.

¿Por qué carajos me pongo así con una pinche novela? Pero neta, ese beso... esa forma en que se devoran...
pensó, mordiéndose el labio inferior mientras el eco de las rancheras lejanas llenaba el silencio.

De pronto, un motor ronco irrumpió en la quietud. Javier bajaba de su camioneta vieja, con la camisa blanca desabotonada hasta el pecho, revelando el vello oscuro y los músculos tensos por el día de faena. Olía a sudor fresco, a tabaco y a tierra removida, un perfume macho que hacía que Gabriela se le humedeciera la panocha al instante. Él la vio allí, recortada contra la luz de la casa, y una sonrisa lobuna se dibujó en su rostro curtido.

Órale, mamacita, ¿me extrañaste? —dijo con voz grave, acercándose con pasos lentos, como un gavilán acechando su presa.

Gabriela sintió su pulso acelerarse, el corazón latiéndole en la garganta. —Ni me hables, cabrón. Llevas días sin aparecer. ¿Qué, andas con otra?

Él rio bajito, un sonido ronco que vibró en el aire, y la tomó por la cintura, atrayéndola contra su pecho duro. Sus manos ásperas rozaron la piel desnuda de su espalda baja, enviando escalofríos eléctricos por su espina. —¿Otra? Tú eres mi vicio, Gaby. Mi Pasión de Gavilanes, capítulo y todo.

Ella jadeó cuando sus labios rozaron su cuello, calientes y húmedos, saboreando el salado de su sudor. El beso empezó suave, un roce de lenguas que sabía a tequila y deseo reprimido, pero pronto se volvió voraz. Gabriela enredó los dedos en su cabello negro revuelto, tirando con fuerza mientras él la presionaba contra la pared del porche. El roce de su erección dura contra su vientre la hizo gemir, un sonido gutural que escapó de su garganta.

Acto primero concluía allí, en ese beso que prometía tormentas. Javier la cargó en brazos como si no pesara nada, sus bíceps flexionándose bajo sus nalgas. La llevó adentro, pasando por la sala donde la tele aún parpadeaba con los créditos de la novela. Gabriela olía su aroma embriagador, sentía el latido acelerado de su corazón contra su mejilla.

Neta, este pendejo me vuelve loca. Su piel quema como el sol de mediodía.

En el dormitorio, iluminado solo por la luna que se colaba por las cortinas, Javier la depositó en la cama king size cubierta de sábanas de lino fresco. Se quitó la camisa de un tirón, revelando el torso moreno salpicado de cicatrices de antiguas peleas y trabajos duros. Gabriela se incorporó sobre los codos, bebiendo con los ojos cada centímetro de él. —Quítate eso ya, Gavilán. Quiero verte todo.

Él obedeció, desabrochando el cinturón con deliberada lentitud, dejando que sus ojos la devoraran. El pantalón cayó al suelo, y su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando con urgencia. Gabriela se lamió los labios, sintiendo su boca hacerse agua. Se quitó el vestido por la cabeza, quedando en bragas de encaje negro que apenas contenían su humedad. Sus pechos llenos se alzaron con cada respiración agitada, los pezones oscuros endurecidos como piedras.

Javier se arrodilló en la cama, gateando hacia ella como un depredador. Sus manos grandes abarcaron sus senos, amasándolos con rudeza gentil, pellizcando los pezones hasta arrancarle un grito ahogado. —Estás chingona, Gaby. Estos chichis me vuelven loco, murmuró contra su piel, chupando un pezón con succión profunda. El sonido húmedo de su boca, el roce de su barba incipiente en su carne sensible, la hicieron arquear la espalda.

El acto segundo escalaba con maestría. Gabriela deslizó la mano hacia abajo, envolviendo su polla caliente, masturbándolo con movimientos firmes. Él gruñó, un sonido animal que vibró en su pecho, y bajó la cabeza entre sus piernas. Apartó las bragas a un lado, exponiendo su chochita hinchada y reluciente. Su lengua la invadió sin piedad, lamiendo desde el clítoris hasta el fondo, saboreando su néctar dulce y salado. Gabriela se retorcía, las sábanas enredándose en sus dedos, el olor almizclado de su propia excitación mezclándose con el de él.

¡Ay, Diosito! Su lengua es puro fuego. Me va a matar este cabrón.
Sus caderas se movían solas, follándole la boca con desesperación. Javier introdujo dos dedos gruesos en su interior empapado, curvándolos para rozar ese punto que la hacía ver estrellas. Ella gritó su nombre, las paredes de la hacienda testigos mudos de su rendición parcial.

Pero Javier no la dejó correrse aún. Se incorporó, reluciente de sus jugos, y la volteó boca abajo con facilidad. Gabriela sintió su peso sobre ella, protector y dominante, su verga rozando la entrada de su coño. —Dime que la quieres, mamacita, susurró en su oreja, mordisqueándola.

¡Sí, pendejo! Métemela toda, hazme tuya —suplicó ella, empujando hacia atrás.

Él embistió de una vez, llenándola hasta el fondo con un golpe seco que la hizo jadear. El estiramiento delicioso, el roce de sus bolas contra su clítoris, la fricción perfecta. Javier empezó a bombear, lento al principio, dejando que sintiera cada vena, cada pulgada. El sonido de carne contra carne llenaba la habitación, slap-slap rítmico, mezclado con sus gemidos entrecortados. Gabriela olía el sexo en el aire, sudor y fluidos, sentía sus pezones rozando las sábanas ásperas.

La intensidad creció. Él aceleró, agarrándola por las caderas, clavándole los dedos en la carne suave. ¡Más fuerte, Gavilán! ¡Cógeme como en la novela esa! gritó ella, recordando la pasión cruda de Pasión de Gavilanes capítulo 44. Javier obedeció, follándola con furia contenida, su aliento caliente en su nuca. Gabriela se tocaba el clítoris frenéticamente, el placer acumulándose como una tormenta en su vientre.

El clímax los alcanzó juntos. Ella se convulsionó primero, su coño apretándolo en espasmos lecherosos, gritando ¡Me vengo, cabrón!. Javier rugió, hundiéndose profundo una última vez, eyaculando chorros calientes que la inundaron, prolongando su orgasmo. Colapsaron enredados, jadeantes, sus cuerpos pegajosos de sudor y semen.

En el afterglow del acto tercero, Javier la abrazó por detrás, su mano descansando posesiva en su monte de Venus. Gabriela giró el rostro, besándolo perezosamente, saboreando el regusto salado en su boca. La luna pintaba sus siluetas en plata, el viento nocturno traía ecos de grillos y el perfume de las bugambilias.

Esto es mejor que cualquier telenovela. Mi Gavilán, mi pasión eterna.

Te amo, Gaby. No hay capítulo que se compare, murmuró él, su voz ronca de satisfacción.

Ella sonrió, sintiendo el calor residual entre sus piernas, el cuerpo lánguido y pleno. La hacienda Los Gavilanes guardaba su secreto, una historia de deseo puro y consensual que ardía más que cualquier ficción televisiva.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatosprohibidos.net.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.