El Gallo de la Pasión
La fiesta en el rancho de don Chucho estaba en su mero mole. El sol ya se había escondido detrás de las sierras de Jalisco, dejando un cielo estrellado que parecía pintado a mano. El aire olía a carnitas chisporroteando en la comal, mezclado con el dulzor de las flores de cempasúchil y el picor del tequila reposado. La banda tocaba un sonazo que hacía vibrar el piso de tierra apisonada, y la gente bailaba como si no hubiera mañana. Yo, Ana, con mi vestido rojo ceñido que me hacía sentir como reina, me movía al ritmo, sintiendo el sudor perlado en mi clavícula y el calor subiendo por mis muslos.
Ahí lo vi por primera vez. Alto, moreno, con una sonrisa que iluminaba más que los faroles de papel. Se movía entre la gente como si fuera el dueño del pedazo, con esa confianza de charro que sabe lo que vale. Lo conocían como El Gallo de la Pasión, un apodo que le pusieron en las peleas de gallos del pueblo porque su gallo siempre entraba con fuego en los ojos, pero todos sabíamos que era por él: Javier, el wey que encendía a cualquier morra con solo una mirada. Neta, su presencia era como un trago de raicilla: quema adentro y te deja pidiendo más.
—Órale, preciosa, ¿me das este baile o qué? —me dijo acercándose, su voz grave retumbando sobre la música como un tambor.
Le sonreí, sintiendo un cosquilleo en el estómago.
¿Por qué no? Esta noche quiero volar alto, pensé mientras ponía mi mano en su hombro. Sus dedos se cerraron en mi cintura, firmes pero suaves, y empezamos a movernos. El roce de su pecho contra el mío era eléctrico; olía a jabón de lavanda y a hombre sudado por el baile, un aroma que me mareaba. Cada giro, su aliento cálido en mi oreja, susurrando chistes tontos sobre lo chido que se veía mi vestido. Mi corazón latía como el bombo de la banda, y entre mis piernas sentía esa humedad traicionera que delataba mi deseo.
La noche avanzaba, y el tequila fluía como río. Nos sentamos en una banca de madera bajo un mezquite, compartiendo una botella. Hablamos de todo: de las fiestas en Guadalajara, de cómo él domaba caballos en el rancho, de sueños locos. Sus ojos cafés me devoraban, y yo no podía evitar morder mi labio, imaginando esas manos grandes explorando mi piel.
—Sabes, Ana, me dicen El Gallo de la Pasión porque no me gusta hacer las cosas a medias. Cuando quiero algo, lo peleo con todo —confesó, su voz ronca, mientras su pulgar rozaba el dorso de mi mano.
¡Ay, wey, si supieras lo que me provocas!Mi mente gritaba, pero solo atiné a decir:
—Pues demuestra, gallo fino.
Me jaló hacia él y me besó. Sus labios eran firmes, con sabor a tequila y sal de sus labios, su lengua danzando con la mía en un ritmo que prometía más. Gemí bajito cuando su mano subió por mi espalda, desabrochando el primer botón de mi vestido. El mundo se redujo a ese beso: el sonido de la banda lejano, el crujir de las hojas secas bajo nuestros pies, el calor de su cuerpo presionando el mío.
Nos escabullimos hacia su camioneta estacionada al fondo del rancho, un lugar apartado donde la luna nos alumbraba como testigo. La tensión crecía con cada paso; mi piel ardía bajo el vestido, mis pezones duros rozando la tela. Él abrió la puerta trasera, extendió una manta y me ayudó a subir, sus ojos brillando de hambre.
—Eres preciosa, Ana. Neta, me traes loco —murmuró mientras me recostaba, besando mi cuello. Su boca dejó un rastro húmedo, chupando la sal de mi piel, haciendo que arqueara la espalda. Olía a tierra mojada por el rocío y a su excitación, ese almizcle masculino que me volvía loca.
Le quité la camisa, revelando un torso esculpido por el trabajo en el campo: músculos tensos, vello oscuro que bajaba hasta su abdomen. Mis uñas arañaron suave su pecho, sintiendo los latidos acelerados de su corazón.
Esto es lo que necesitaba, un hombre que sepa avivar el fuego, pensé mientras él bajaba mi vestido, exponiendo mis senos al aire fresco de la noche. Sus labios capturaron un pezón, succionando con fuerza, enviando ondas de placer directo a mi centro. Gemí alto, mis manos enredadas en su pelo negro.
La escalada fue lenta, deliciosa. Sus dedos bajaron por mi vientre, desabotonando mi falda, rozando el encaje de mis calzones. Yo lo ayudé, quitándoselos con impaciencia, exponiendo mi humedad reluciente. Él gruñó de aprobación, su aliento caliente sobre mi monte de Venus.
—Estás chingona, morra. Déjame probarte —dijo, y su lengua se hundió en mí. ¡Dios! El roce áspero, lamida tras lamida, chupando mi clítoris hinchado. Saboreaba mis jugos con deleite, sus manos abriendo mis muslos. Yo me retorcía, el sonido de mis jadeos mezclándose con el ulular de un búho lejano. Olía a sexo puro, a deseo desatado. Mis caderas se movían solas, buscando más, hasta que el orgasmo me golpeó como un rayo, mi cuerpo convulsionando, gritando su nombre.
No me dejó descansar. Se quitó los pantalones, revelando su verga erecta, gruesa y venosa, palpitando de necesidad. El Gallo de la Pasión en todo su esplendor. La tomé en mi mano, sintiendo su calor, su dureza de hierro envuelta en terciopelo. La masturbé despacio, viendo cómo sus ojos se cerraban de placer, oyendo sus gemidos roncos.
—Métemela, Javier. Quiero sentirte todo —supliqué, abriendo las piernas.
Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. El placer era abrumador: su grosor llenándome, su pubis rozando mi clítoris. Empezó a moverse, primero lento, profundo, cada embestida enviando chispas por mi espina. El sonido de carne contra carne, húmedo y obsceno, llenaba la noche. Sudábamos juntos, nuestros cuerpos deslizándose, sus bolas golpeando mi culo.
Aceleró, mis uñas clavadas en su espalda, sus dientes mordiendo mi hombro.
¡Más, cabrón, dame todo!gritaba en mi mente. El clímax nos alcanzó juntos: él gruñendo como bestia, llenándome con chorros calientes de semen, yo explotando en olas de éxtasis, mi coño apretándolo como no quería soltarlo.
Nos quedamos así, enredados, jadeando. El aire olía a sexo y tierra, la luna testigo de nuestro fuego. Me besó la frente, suave, tierno.
—Eres increíble, Ana. Esto no termina aquí, ¿eh?
Sonreí, sintiendo su semilla goteando entre mis piernas, un recordatorio cálido.
El Gallo de la Pasión me ha despertado, y ahora quiero más mañanas así. La fiesta seguía a lo lejos, pero nosotros habíamos encontrado nuestro propio ritmo, uno que prometía repeticiones ardientes bajo las estrellas de Jalisco.