Carmina Abismo de Pasion
Carmina caminaba por las calles empedradas de San Miguel de Allende, con el sol del atardecer tiñendo de naranja las fachadas coloniales. El aire llevaba el aroma dulce de las bugambilias y el humo lejano de algún asador callejero. Llevaba un vestido rojo ceñido que acentuaba sus curvas generosas, el escote profundo invitando miradas curiosas. ¿Por qué carajos me visto así si solo vine a relajarme? pensó, mientras su pulso se aceleraba al notar a aquel hombre alto, de piel morena y ojos negros como la noche, recargado en la puerta de una galería de arte.
Se llamaba Diego, lo supo cuando él se acercó con una sonrisa pícara, ofreciéndole una chela fría de una hielera cercana. "Qué chula traes, güey. ¿Vienes a perderme en tus ojos o qué?", le dijo con ese acento guanajuatense ronco que le erizó la piel. Carmina rio, sintiendo un cosquilleo en el vientre. Tomó la cerveza, el vidrio helado contra sus labios, el sabor amargo y fresco bajando por su garganta. Hablaron de tonterías: el festival de arte, los mariachis en la plaza, pero sus miradas se enredaban como serpientes, prometiendo más.
La tensión crecía con cada sorbo. Diego la rozó accidentalmente con el dorso de la mano al pasarle un taco de carnitas crujiente, y el calor de su piel la hizo jadear bajito. Olía a jabón de lavanda y a sudor limpio, masculino.
Este wey me va a volver loca, neta. Siento que mi cuerpo ya lo quiere todo.Carmina se mordió el labio, imaginando sus manos grandes explorándola. Él lo notó, su pupila dilatándose. "Vamos a mi casa, está cerca. Tengo mezcal de Oaxaca que te va a hacer volar", murmuró, su aliento cálido en su oreja.
La casa de Diego era un rincón acogedor en una callejuela, con patio interior lleno de macetas de geranios y una hamaca tendida bajo las estrellas que empezaban a asomarse. Entraron riendo, el portón cerrándose con un clic que sonó a promesa. Él sirvió el mezcal en vasitos de barro, el líquido ahumado quemando dulce en la lengua de Carmina. Se sentaron en el sofá de mimbre, sus rodillas tocándose. "Eres un abismo, Carmina. Un abismo de pasión que me jala sin remedio", le confesó Diego, su voz grave vibrando en el pecho de ella.
Acto uno del deseo: sus dedos trazaron la curva de su brazo, enviando chispas eléctricas. Carmina giró el rostro, sus labios rozando los de él en un beso tentativo. Su boca sabe a mezcal y a aventura, pensó mientras sus lenguas se enredaban, húmedas y urgentes. El beso se profundizó, manos ansiosas. Diego deslizó los tirantes del vestido, exponiendo sus hombros bronceados. Ella jadeó al sentir sus labios en el hueco de su clavícula, succionando suave, dejando un rastro húmedo que se enfrió al aire.
La noche avanzaba, el segundo acto desplegándose con lentitud tortuosa. Carmina lo empujó hacia la hamaca, montándose a horcajadas sobre él. Sus caderas se mecían al ritmo de un son jarocho imaginario, frotándose contra la dureza que crecía bajo sus pantalones. "Quítate eso, pendejo", le ordenó juguetona, tirando de su camisa. La tela rasgó un poco, revelando un torso musculoso, velludo en el pecho, oliendo a hombre excitado. Sus pezones duros rozaron los de ella a través del encaje del brasier, enviando ondas de placer al centro de su ser.
Diego la volteó con gentileza, depositándola en la hamaca que se balanceaba como un barco en oleaje. Besó su vientre, bajando lento, lamiendo la sal de su piel sudada. Carmina arqueó la espalda, gimiendo cuando su lengua encontró el borde de las bragas.
¡Dios, qué rico! Su aliento caliente ahí abajo me está matando.Él las apartó con los dientes, inhalando su aroma almizclado, femenino, que lo volvía loco. "Estás chingona, Carmina. Tan mojada por mí", gruñó, antes de hundir la cara entre sus muslos.
La lengua de Diego era un torbellino: círculos lentos en su clítoris hinchado, succiones que la hacían temblar, dedos curvándose dentro de ella rozando ese punto que la hacía ver estrellas. El sonido húmedo de su boca devorándola llenaba el patio, mezclado con sus gemidos roncos. "¡Más, cabrón! No pares", suplicó Carmina, clavando las uñas en su cabello negro revuelto. El balanceo de la hamaca amplificaba cada embestida de su lengua, su pulso latiendo en oídos como tambores aztecas.
Pero quería más, necesitaba sentirlo entero. Lo jaló arriba, desabrochando su cinturón con dedos torpes. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitante de anticipación. Carmina la tomó en mano, sintiendo el calor aterciopelado, el pulso acelerado bajo la piel. La lamió desde la base hasta la punta, saboreando el gusto salado de su pre-semen. Diego maldijo en voz baja, "Puta madre, qué chula mamada", mientras ella lo engullía profundo, garganta relajada por el mezcal.
El clímax del acto dos: él la penetró de rodillas en la hamaca, lento al principio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. "¡Ay, wey! Lléname toda", gritó Carmina, sus paredes internas apretándolo como un puño caliente. El ritmo aumentó, piel contra piel chapoteando, sudor resbalando entre sus cuerpos. Olía a sexo crudo, a jazmín del patio mezclado con sus esencias. Sus tetas rebotaban con cada embestida, él las amasaba, pellizcando pezones hasta el dolor placentero.
Carmina giró encima, cabalgándolo salvaje. Sus caderas giraban en círculos, moliendo su clítoris contra el pubis de él. Esto es el abismo, pensó, cayendo en el placer infinito. Diego la sostenía por las nalgas, azotándolas suave, el sonido ecoando. "¡Ven, Carmina! Córrete conmigo", rugió, su verga hinchándose dentro. El orgasmo la golpeó como un rayo: contracciones violentas, jugos chorreando, grito ahogado en su boca.
Él explotó segundos después, chorros calientes inundándola, gimiendo su nombre como oración. Colapsaron enredados, la hamaca crujiendo bajo su peso. El aire nocturno refrescaba sus pieles empapadas, el corazón de Carmina martilleando contra el de él. Besos perezosos, lenguas lánguidas saboreando el afterglow salado.
En el acto final, yacían abrazados bajo las estrellas, el mezcal olvidado en la mesa. Diego trazaba patrones en su espalda con dedos suaves. "Eres mi abismo de pasión, Carmina. No quiero salir de aquí nunca". Ella sonrió, besando su pecho.
Neta, esto fue lo mejor que me ha pasado en años. Un wey que me entiende el cuerpo como nadie.El cansancio los venció, durmiendo en la hamaca hasta el amanecer, con el canto de los grillos como arrullo.
Al día siguiente, Carmina despertó con el sol filtrándose por las bugambilias, Diego cocinando chilaquiles en la cocina abierta. El aroma picante de chile y queso la tentó, pero más lo tentó él, desnudo de la cintura para arriba. Comieron riendo, planeando más noches así. Esto no es el fin, es solo el principio de mi abismo personal, reflexionó ella, mientras sus manos se enredaban de nuevo bajo la mesa, prometiendo rondas eternas de pasión mexicana, consensual y ardiente como el sol de Guanajuato.