Relatos Prohibidos
Inicio Infidelidad El Ladrón de Pasiones El Ladrón de Pasiones

El Ladrón de Pasiones

7165 palabras

El Ladrón de Pasiones

Lucía caminaba por las calles empedradas de San Miguel de Allende, el aire fresco de la noche cargado con el aroma a jazmín y tortillas recién hechas que salía de las taquerías. La fiesta en la casa de su amiga Carla estaba en su apogeo, con mariachis tocando rancheras que retumbaban en el pecho como un corazón acelerado. Llevaba un vestido rojo ceñido que abrazaba sus curvas como una promesa, y se sentía pinche poderosa esa noche. Hacía meses que no salía, atrapada en su rutina de maestra de arte, pero algo en el viento le susurraba que esa velada sería diferente.

Entró al patio iluminado por faroles de papel, donde la gente reía y brindaba con tequilas ahumados. Sus ojos se posaron en él de inmediato: alto, moreno, con una sonrisa que cortaba como navaja y ojos negros que devoraban. Vestía una camisa negra desabotonada lo justo para dejar ver el vello oscuro en su pecho, y un sombrero que le daba ese aire de galán de cine ranchero. Lo llamaban el Ladrón de Pasiones, lo había oído cuchichear a las amigas de Carla. Un músico callejero que robaba suspiros en las plazas, dejando a las mujeres con el alma en llamas y el cuerpo recordándolo por días.

Lucía sintió un cosquilleo en la nuca, como si él ya la hubiera tocado con la mirada. Se acercó a la mesa de tragos, fingiendo casualidad, y pidió un margarita con sal. Él estaba ahí, a un paso, sirviéndose un caballito de reposado. Órale, no seas pendeja, habla, se dijo, mientras el limón chorreaba jugo ácido en su lengua.

¿Qué carajos me pasa? Ese tipo parece salido de mis sueños más calientes, pero ¿y si es puro cuento?

"Buenas noches, mamacita", murmuró él con voz ronca, como grava bajo botas. "Soy Mateo. ¿Bailas?" Extendió la mano, callosa de rasguear la guitarra, y el calor de su palma la envolvió al instante.

El primer acto de la noche acababa de empezar.

La pista improvisada en el patio era un remolino de cuerpos sudados. Mateo la tomó por la cintura, firme pero gentil, y la guió al ritmo de una polka norteña que aceleraba los pulsos. Su aliento olía a tequila y canela, y el roce de su muslo contra el de ella enviaba chispas por su espina. Lucía reía, mareada por el giro, por el sudor que perlaba su frente y goteaba hasta su escote. Este wey sabe lo que hace, pensó, mientras sus caderas se mecían en sincronía perfecta.

Entre baile y baile, charlaron. Él le contó de sus giras por pueblos mágicos, de cómo tocaba en plazas al atardecer robando aplausos y miradas. "Dicen que soy el Ladrón de Pasiones", confesó con picardía, sus dedos trazando un círculo invisible en su espalda baja. "Pero solo robo lo que me dan con gusto". Lucía sintió el pulso latiéndole en las sienes, el calor subiendo por su vientre. No era miedo, era antojo puro, ese deseo que te hace morderte el labio y apretar los muslos.

La música se volvió lenta, un bolero que invitaba a pegarse más. Sus pechos rozaron el torso duro de él, y un gemido ahogado escapó de su garganta. Mateo inclinó la cabeza, su nariz rozando el lóbulo de su oreja. "Hueles a vainilla y pecado", susurró, y ella se derritió, imaginando esas manos expertas explorándola entera.

El segundo acto se cocinaba a fuego lento. Salieron a un rincón del jardín, bajo un mezquite que susurraba con la brisa. Se besaron por primera vez ahí, un beso que empezó suave, labios probando como tequila en la lengua, y escaló a hambre voraz. Sus lenguas danzaron, saladas y dulces, mientras las manos de él subían por sus muslos, arrugando la tela del vestido. Lucía jadeaba contra su boca, el sabor de su saliva mezclándose con el suyo, el corazón tronándole como tamborazo zacatecano.

"¿Quieres que pare?", preguntó él, voz entrecortada, ojos fijos en los de ella pidiendo permiso. "Ni madres", respondió ella, riendo bajito, y lo jaló más cerca. Era mutuo, un incendio consensual que los consumía. Sus dedos se colaron bajo la falda, encontrando la humedad que ya empapaba sus bragas. Qué chingón se siente esto, pensó Lucía, arqueando la espalda mientras él la acariciaba con toques precisos, círculos lentos que la hacían temblar.

Caminaron tambaleantes hasta su hotelito cercano, un rincón colonial con patio privado. La puerta se cerró con un clic que sonó a liberación. Mateo la recargó contra la pared, besándola con urgencia, mordisqueando su cuello hasta dejar marcas rosadas que olían a su colonia especiada. Ella le arrancó la camisa, clavando uñas en su espalda musculosa, sintiendo el calor de su piel como sol de mediodía.

En la cama de sábanas crujientes, el clímax del medio acto explotó. Lucía se quitó el vestido de un tirón, quedando en lencería negra que él admiró con un silbido. "Eres una diosa, carnal", gruñó, y ella lo empujó boca arriba, montándolo con ferocidad juguetona. Sus pechos rebotaban al ritmo de sus embestidas, el slap-slap de piel contra piel mezclándose con gemidos roncos. Él olía a macho en celo, sudor y deseo crudo, y ella lo cabalgó hasta que sus uñas se hundieron en sus caderas.

Este Ladrón de Pasiones me está robando el alma, y qué gusto me da entregársela

Cambiaron posiciones, él encima ahora, penetrándola profundo con empujones que la llenaban entera. El roce de su vello púbico contra su clítoris era eléctrico, y el olor almizclado de sus sexos unidos la volvía loca. "Más fuerte, pendejo", lo provocó ella, riendo entre jadeos, y él obedeció, sus bolas golpeando su culo con sonidos húmedos y obscenos.

El tercer acto llegó como tormenta de verano. Lucía sintió la ola crecer en su vientre, un nudo apretado que se deshizo en espasmos violentos. Gritó su nombre, el mundo reduciéndose a pulsos en su coño, al sabor salado de su sudor en la lengua mientras lo lamía del pecho. Mateo la siguió segundos después, gruñendo como toro, llenándola con chorros calientes que la hicieron estremecer de nuevo.

Se derrumbaron enredados, el aire pesado con el olor a sexo y sábanas revueltas. Él la besó la frente, suave ahora, trazando patrones en su espalda con dedos perezosos. "No robo pasiones, mi reina", murmuró. "Solo las despierto". Lucía sonrió, el cuerpo lánguido y satisfecho, el corazón lleno de un calor nuevo.

Al amanecer, con el canto de los gallos y el aroma a café de olla filtrándose por la ventana, se despidieron con un beso largo. No hubo promesas, solo el eco de la noche en sus pieles. Lucía caminó de regreso, piernas flojas pero alma en llamas, sabiendo que el Ladrón de Pasiones le había dado más de lo que quitaba: una noche para recordar, un fuego que ardía solo para ella.

En las semanas siguientes, cada vez que pintaba en su taller, el rojo de su vestido renacía en el lienzo, y un suspiro escapaba al pensar en él. Qué chido fue todo, reflexionaba, con una sonrisa pícara. La vida en San Miguel seguía su curso, pero ella ya no era la misma. Había probado el robo más dulce, y lo había devuelto con creces.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatosprohibidos.net.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.