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El Color de la Pasion Capitulo 65

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El Color de la Pasion Capitulo 65

Daniela se recostó en la cama king size de su departamento en Polanco, con el aire acondicionado zumbando suave como un susurro. La luz tenue de la lámpara de noche pintaba sombras calientes en las paredes color crema, y el olor a jazmín de su perfume flotaba en el aire, mezclándose con el aroma dulce de las velas que acababa de encender. En la pantalla del televisor, El Color de la Pasión capítulo 65 alcanzaba su clímax dramático: la protagonista, con ojos llameantes, se entregaba a un beso prohibido que prometía más. Daniela sintió un cosquilleo en el vientre, un calor que subía lento por sus muslos. Hacía semanas que no compartía esa intimidad con Ricardo, su carnal de toda la vida, el hombre que la hacía sentir como reina en su propio palacio.

¿Por qué carajos tardaba tanto? pensó, mientras sus dedos jugaban con el encaje de su baby doll negro, casi transparente. El corazón le latía fuerte, sincronizado con la música tensa de la telenovela. Recordaba sus noches pasadas, cuando él la tomaba con esa fuerza juguetona, llamándola mi reina pendeja entre risas y gemidos. Esa noche, el deseo ardía como tequila en las venas. Quería sentir su piel morena contra la suya, clara y suave, oler su colonia terrosa mezclada con sudor fresco.

La puerta se abrió con un clic suave, y ahí estaba Ricardo, alto y fornido, con la camisa blanca desabotonada hasta el pecho, revelando el vello oscuro que Daniela adoraba recorrer con la lengua. Sus ojos cafés se clavaron en ella como flechas. Órale, güey, ¿qué traes puesto? murmuró con esa voz ronca que la derretía. Ella sonrió, picara, y apagó el tele con el control remoto. Ven, cabrón, que El Color de la Pasión capítulo 65 me dejó con las hormonas alborotadas, le dijo, extendiendo la mano.

Él se acercó despacio, quitándose la camisa con movimientos deliberados, dejando que ella admirara los músculos de sus brazos, forjados en el gimnasio de la colonia. El aire se cargó de electricidad, el zumbido del AC ahora un fondo perfecto para sus respiraciones aceleradas. Ricardo se arrodilló al borde de la cama, sus manos grandes subiendo por las pantorrillas de Daniela, masajeando con pulgares firmes. Ella jadeó, sintiendo el roce áspero de sus palmas callosas contra su piel depilada, suave como seda. Te extrañé, mi amor, susurró él, besando el interior de su rodilla, subiendo lento, dejando un rastro húmedo que olía a su aliento mentolado.

Daniela se incorporó, tirando de su nuca para besarlo. Sus labios se fundieron en un choque hambriento, lenguas danzando con sabor a café y deseo. Él gruñó bajito, un sonido gutural que vibró en el pecho de ella, enviando ondas de placer hasta su centro.

Esto es mejor que cualquier novela, pendejo
, pensó ella, mientras sus uñas arañaban suave su espalda, marcando territorio. Ricardo la empujó con gentileza contra las almohadas mullidas, su peso cómodo y dominante cubriéndola. Sus manos exploraron, deslizándose bajo el baby doll, encontrando sus pechos llenos, endurecidos por la anticipación. Pellizcó un pezón con delicadeza, y ella arqueó la espalda, un gemido escapando como vapor caliente.

El calor entre ellos escalaba. Ricardo bajó la boca, lamiendo el cuello de Daniela, mordisqueando la clavícula con dientes que prometían más. Ella olía su aroma masculino, mezclado con el jazmín, un cóctel embriagador. Quítamelo todo, mi rey, le rogó, voz entrecortada. Él obedeció, arrancando el baby doll con un tirón juguetón, exponiendo su cuerpo desnudo a la luz ámbar. Sus ojos la devoraron: curvas generosas, caderas anchas, el triángulo oscuro entre sus piernas ya húmedo de expectación. Eres chingona, nena, dijo, bajando la cabeza para besar su vientre, lengua trazando círculos alrededor del ombligo.

Daniela temblaba, cada roce enviando chispas por su espina. Sus manos se enredaron en el pelo corto de él, guiándolo más abajo. Ricardo separó sus muslos con reverencia, inhalando profundo su esencia almizclada, dulce como miel de maguey. Te voy a comer viva, prometió, y su lengua encontró el clítoris hinchado, lamiendo con lapsos largos y lentos. Ella gritó, un sonido ronco y animal, caderas moviéndose al ritmo de su boca experta. El placer se acumulaba como tormenta, pulsos acelerados latiendo en sus oídos, el sabor salado de su propia excitación en el aire. ¡Ay, Dios, qué rico! exclamó, piernas apretando su cabeza.

Pero Ricardo no apresuraba. Jugaba, succionando suave, introduciendo un dedo grueso en su calor resbaladizo, curvándolo para tocar ese punto que la volvía loca. Daniela se retorcía, sudor perlando su frente, el olor a sexo llenando la habitación como incienso prohibido.

No pares, carnal, esto es puro fuego
, su mente gritaba. Él añadió un segundo dedo, bombeando rítmico, mientras su pulgar frotaba el botón sensible. El orgasmo se acercaba, una ola creciente, pero ella lo detuvo, tirando de él hacia arriba. Ahora tú, métemela ya, demandó, ojos encendidos de poder.

Ricardo se desvistió rápido, su verga erecta saltando libre, gruesa y venosa, goteando pre-semen que brillaba bajo la luz. Daniela la tomó en mano, acariciando con firmeza, sintiendo el pulso caliente bajo la piel aterciopelada. Él gimió, ¡Puta madre, qué manos!, y se posicionó entre sus piernas. Se miraron, almas conectadas en ese instante eterno. Te amo, mi vida, dijo él, empujando lento, centímetro a centímetro, llenándola hasta el fondo. Ella sintió la estirada deliciosa, paredes internas abrazándolo, un ajuste perfecto.

Comenzaron a moverse, un vaivén hipnótico. Sus cuerpos chocaban con palmadas húmedas, piel contra piel resbaladiza de sudor. Ricardo la penetraba profundo, saliendo casi todo para volver con fuerza controlada, rozando su punto G cada vez. Daniela clavaba uñas en sus nalgas, urgiéndolo más rápido. Más duro, cabrón, jadeaba, y él obedecía, embistiéndola como toro en celo. El cama crujía, sábanas enredadas, el aire cargado de gemidos y el olor acre del placer compartido. Ella lamía el sudor de su cuello, salado y adictivo, mientras él chupaba sus tetas, mordiendo pezones con hambre.

La tensión crecía, espiral infinita. Daniela sentía el orgasmo bullir, un nudo apretándose en su bajo vientre. Vente conmigo, le suplicó, y Ricardo aceleró, gruñendo como fiera. El clímax la golpeó primero: un estallido de luz blanca detrás de sus ojos cerrados, cuerpo convulsionando, paredes internas ordeñando su miembro. Gritó su nombre, ¡Ricardo!, olas de éxtasis recorriéndola, jugos calientes empapando sus unidos sexos. Él la siguió segundos después, un rugido profundo escapando mientras se vaciaba dentro de ella, chorros calientes pintando sus profundidades. Colapsaron juntos, jadeantes, corazones martilleando al unísono.

En el afterglow, Ricardo rodó a su lado, atrayéndola a su pecho húmedo. Ella trazaba círculos perezosos en su piel, oliendo su mezcla perfecta. Esto fue mejor que El Color de la Pasión capítulo 65, ¿verdad? murmuró Daniela, riendo suave. Él besó su frente, Siempre lo es contigo, mi reina. La habitación se enfrió un poco, pero su calor permanecía, un lazo eterno forjado en pasión mexicana, pura y ardiente. Se durmieron así, envueltos en sábanas revueltas, soñando con más capítulos de su propia novela.

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