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Deseo Amor Pasión y Locura

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Deseo Amor Pasión y Locura

En el corazón de la Roma, donde las luces de neón bailan con el aroma de tacos al pastor y el eco de mariachis lejanos, conocí a Javier. Yo era Ana, una chilanga de veintiocho años que trabajaba en una galería de arte en la colonia Condesa. Él, con su sonrisa pícara y esos ojos cafés que prometían travesuras, era un músico callejero que tocaba guitarra en las plazas. Esa noche, el aire estaba cargado de humedad veraniega, y el olor a jazmín de los balcones se mezclaba con el humo de los cigarros electrónicos. Neta, desde el primer vistazo, sentí un cosquilleo en el estómago, como si mi cuerpo ya supiera lo que vendría.

Nos cruzamos en un bar escondido, de esos con mesas de madera gastada y botellas de mezcal alineadas como soldados. Pedí un raicero con sal y limón, y él se acercó con su guitarra al hombro. "Órale, mamacita, ¿me dejas tocarte algo?", dijo con esa voz ronca que me erizó la piel. Reí, juguetona, y le contesté: "Pos toca, pero que sea chido, ¿eh?". Sus dedos bailaron sobre las cuerdas, sacando un son ranchero que me envolvió como un abrazo caliente. El sudor perlaba su frente, y el olor a su colonia barata, mezclada con el de su piel morena, me llegó directo al pulmón. Ahí empezó todo, ese deseo amor pasión y locura que nos iba a consumir.

Conversamos horas, riendo de pendejadas como el tráfico infernal de Insurgentes o las fiestas eternas en Polanco. Sus manos rozaban las mías accidentalmente, enviando chispas por mi espina.

¿Por qué carajos me siento así? Es como si su mirada me desnudara despacito, capa por capa.
Al final de la noche, me invitó a su depa en la Narvarte, "nomás pa' un cafecito", dijo guiñando el ojo. Subí al Uber con él, el corazón latiéndome a mil, el pulso retumbando en mis oídos como un tamborazo zacatecano.

El departamento era chiquito pero acogedor, con posters de rock en español pegados en las paredes y una cama king size que dominaba el cuarto. Olía a incienso de copal y a algo más, un rastro masculino que me aceleró la respiración. Nos sentamos en el sillón, con cervezas frías de la refri. Sus rodillas tocaron las mías, y el calor de su piel traspasó la tela de mis jeans. "Me traes loco, Ana", murmuró, inclinándose. Nuestros labios se encontraron en un beso suave al principio, probando sabores: sal de la cerveza en su lengua, dulzor de mi gloss de cereza en la suya. El beso se volvió hambre, lenguas enredándose con urgencia, manos explorando cuellos y espaldas.

Me levantó en brazos como si no pesara nada, y me llevó a la cama. El colchón se hundió bajo nuestro peso, crujiendo levemente. Le quité la playera, revelando un torso marcado por horas de cargar su guitarra y quién sabe qué más. Mis dedos trazaron sus músculos, sintiendo la aspereza de vellos oscuros, el latido fuerte de su corazón bajo la palma. Él desabrochó mi blusa con dedos temblorosos, besando cada centímetro de piel que liberaba. "Qué rica estás, güey", jadeó contra mi clavícula. El aire se llenó del sonido de cremalleras bajando, de respiraciones entrecortadas. Mi olfato captó su excitación, ese almizcle primal que me mojó entre las piernas.

Nos desnudamos mutuamente, piel contra piel por fin. Su erección dura presionaba mi muslo, caliente como hierro forjado. Yo lo tomé en mi mano, sintiendo su grosor, las venas pulsantes. Él gimió, un sonido gutural que vibró en mi pecho.

Esto es puro fuego, Ana. Deja que te queme, que te vuelva loca de placer.
Me recostó, besando mi cuello, bajando por mis senos. Sus labios succionaron un pezón, lengua girando en círculos húmedos, mientras su mano libre se colaba entre mis thighs. Tocó mi clítoris con delicadeza al inicio, círculos lentos que me arquearon la espalda. "Estás empapada, mi amor", susurró, metiendo un dedo, luego dos, curvándolos justo ahí, en ese punto que me hace ver estrellas.

El ritmo subió. Yo lo volteé, queriendo devorarlo. Monté su cara, sintiendo su lengua lamiendo mi humedad, chupando con avidez. El sabor salado de mi excitación en su boca, mis jugos corriendo por su barbilla. Grité, "¡Pinche Javier, no pares!", agarrando sus mechones negros. Él lamía como poseído, nariz rozando mi monte de Venus, inhalando mi esencia. Mi primer orgasmo llegó como ola, contracciones que me sacudieron, jugos brotando en su boca. Él bebió todo, ojos fijos en los míos, lleno de esa pasión y locura que nos unía.

Pero no paramos. Lo empujé hacia atrás, gateando sobre él. Tomé su verga en mi boca, saboreando el precum salado, la piel suave sobre lo duro. La chupé profundo, garganta relajada, sintiendo cómo se hinchaba más. Sus caderas se movían, follándome la boca con cuidado, manos en mi pelo. "Qué chingona chupas, Ana", gruñó. Lo llevé al borde, pero me detuve, queriendo más. Me subí encima, guiándolo dentro de mí. Lentamente al principio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Estábamos llenos el uno del otro, conectados en lo más hondo.

Cabalgué con furia, senos rebotando, sudor goteando de mi frente al suyo. El slap slap de piel contra piel resonaba, mezclado con nuestros gemidos. Él me agarraba las nalgas, amasándolas, un dedo rozando mi ano juguetón.

Esto es amor loco, deseo que quema el alma. No pares, Javier, fóllame hasta el amanecer.
Cambiamos posiciones: él encima, misionero profundo, besos feroces mientras embestía. Sentía cada vena, cada pulso, rozando mis paredes internas. Su aliento caliente en mi oreja, susurrando "Te amo, mi reina". El clímax nos alcanzó juntos: yo apreté alrededor de él, ondas de placer infinito; él se derramó dentro, chorros calientes llenándome, rugiendo mi nombre.

Colapsamos, enredados en sábanas húmedas. El cuarto olía a sexo crudo, a nosotros. Su pecho subía y bajaba contra el mío, corazones sincronizados. Me acarició el pelo, besó mi sien. "Eres mi deseo, mi amor, mi pasión y mi locura", dijo bajito. Reí suave, exhausta pero plena. Afuera, el alba teñía el cielo de rosa, y el tráfico empezaba a rugir. Nos quedamos así, en afterglow, sabiendo que esto era solo el principio de algo salvaje y hermoso.

Desde esa noche, Javier y yo nos volvimos inseparables. Paseábamos por el Bosque de Chapultepec, comiendo esquites picantes que quemaban la lengua como nuestro fuego interior. Hacíamos el amor en rooftops con vista al Zócalo, bajo estrellas indiferentes. Cada encuentro era una explosión de sensaciones: el roce de sus callos de guitarrista en mi piel sensible, el sabor de tequila en sus besos, el sonido de sus "¡Ay, qué rico!" en mi oído. Neta, ese deseo amor pasión y locura nos transformó. Ya no era solo sexo; era conexión, risas compartidas en taquerías de la Juárez, planes locos como road trips a la playa de Puerto Vallarta.

Una vez, en su concierto en la Plaza Garibaldi, me dedicó una rola. La gente aplaudía, mariachis de fondo, pero yo solo veía sus labios moviéndose para mí. Después, en el baño del bar, nos dimos rápido y sucio: yo contra la pared, falda arriba, él entrando de un empellón. El eco de nuestros jadeos compitiendo con la música, olor a orines viejos y deseo fresco. Vino adentro otra vez, y yo mordí su hombro para no gritar.

Meses después, reflexiono en nuestra cama, su cabeza en mi regazo.

¿Cuánto puede durar esta locura? ¿O es eterna, como el amor verdadero?
No sé, pero mientras su mano sube por mi muslo, encendiendo chispas de nuevo, sé que no quiero que acabe. Somos fuego mexicano, ardiente e indomable, envueltos en deseo amor pasión y locura.

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