Novela Pasión William Levy
Desde chiquita, las novelas de televisión han sido mi vicio secreto. Pero ninguna como las de William Levy, ese galán cubano que hace que el corazón se me salga del pecho con solo una mirada ardiente a la cámara. Yo, Ana, una morra de veintiocho tacos aquí en el DF, siempre soñaba con ser la protagonista de una novela pasión William Levy. Escribía mis fanfics en la noche, imaginándome en sus brazos fuertes, su piel bronceada rozando la mía, su aliento caliente en mi cuello. Neta, cada vez que lo veía en la tele, sentía un cosquilleo entre las piernas que no se me quitaba ni con un baño frío.
Era viernes por la noche en Polanco, en uno de esos bares chidos con luces tenues y música de fondo que te pone de horny sin darte cuenta. Me había puesto mi vestido negro ajustado, el que marca las curvas de mis chichis y mi nalgón, y unos tacones que me hacen caminar como diosa. Estaba sola, sorbiendo un margarita helado, el sabor salado de la sal en mis labios mezclándose con el dulce del tequila, cuando lo vi entrar. Alto, musculoso, con esa mandíbula cuadrada y ojos verdes que brillaban como en la pantalla. ¡No mames! Era idéntico a William Levy. Mi corazón latió tan fuerte que pensé que se oía por encima del reggaetón.
Se acercó a la barra, pidió un whisky con hielo que tintineaba en el vaso, y sus ojos se clavaron en mí. Sentí el calor subir por mis muslos, el aire cargado con su colonia amaderada, como a cuero y especias.
¿Será él? ¿O un clon perfecto enviado por los dioses del sexo?Me sonrió, esa sonrisa lobuna que derrite pantys, y se acercó.
—Órale, qué onda, morra. ¿Te conozco de algún lado? Pareces salida de mis sueños.
Su voz grave, con acento chilango mezclado con algo exótico, me erizó la piel. Le contesté balbuceando, pero él se rio suave, su aliento rozando mi oreja mientras se inclinaba.
—Soy Diego, pero todos dicen que parezco ese tal William Levy. ¿Tú qué, princesa?
—Ana. Y neta, estás cañón. Como si hubieras salido de mi novela pasión William Levy, la que escribo en secreto.
Reímos, y el hielo se rompió como el de su vaso. Hablamos de todo: de las telenovelas que nos volvían locos, de cómo la pasión en la pantalla es solo un aperitivo de la real. Sus manos grandes rozaban las mías accidentalmente, enviando chispas eléctricas por mi espina. El bar olía a sudor mezclado con perfume caro, y el ritmo de la música hacía que nuestros cuerpos se movieran al unísono.
Acto uno del deseo: la tensión inicial. Salimos a la terraza, el viento fresco de la noche acariciando mi piel expuesta, erizando mis pezones bajo el vestido. Diego me acorraló contra la barandilla, su cuerpo duro presionando el mío. ¡Ay, wey! Sentí su verga semi-dura contra mi vientre, gruesa y prometedora. Nuestros labios se rozaron primero, suaves como pluma, luego hambrientos. Su lengua invadió mi boca, saboreando a tequila y hombre, mientras sus manos bajaban por mi espalda, apretando mis nalgas con fuerza posesiva pero tierna.
—Ven conmigo, murmuró contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible. No aguanto más verte así.
Asentí, empapada ya, el calor entre mis piernas latiendo como tambor. Subimos a su depa en un taxi, sus dedos trazando círculos en mi muslo desnudo, subiendo peligrosamente alto. El tráfico de Reforma zumbaba afuera, luces neón parpadeando en mi rostro arrebolado.
En su penthouse minimalista, con vistas al skyline iluminado, el acto dos explotó. Me quitó el vestido despacio, sus ojos devorando cada centímetro de mi cuerpo desnudo.
Esto es mejor que cualquier novela, Ana. Su piel contra la mía quema como fuego.Yo le arranqué la camisa, revelando un pecho esculpido, vello oscuro que bajaba en V hacia la promesa de su paquete. Olía a sudor masculino limpio, a deseo puro. Lo empujé al sofá de piel suave, montándome a horcajadas, frotando mi coño húmedo contra su pantalón abultado.
—¡Eres una diosa, mamacita! —gruñó, sus manos amasando mis tetas, pellizcando los pezones duros hasta que gemí alto.
Nos besamos con furia, lenguas enredadas, saliva mezclándose, mientras yo desabrochaba su jeans. Su verga saltó libre, venosa y tiesa, goteando precum que lamí con la lengua plana, saboreando su sal amarga. ¡Qué rico! Él jadeaba, dedos enredados en mi pelo, guiándome sin forzar. Bajé chupándolo profundo, garganta relajada, bolas pesadas en mi mano. El sonido obsceno de succión llenaba la habitación, mezclado con sus ¡ay, pinche rica!
La intensidad subía. Me levantó como pluma, llevándome a la cama king size, sábanas de algodón egipcio frescas contra mi espalda ardiente. Se hundió entre mis piernas, lengua experta lamiendo mi clítoris hinchado, chupando mis labios mayores jugosos. Olía a mi excitación almizclada, y él gemía como si fuera el mejor manjar.
Esto es el paraíso, wey. Cada roce me lleva al borde.Metió dos dedos gruesos, curvándolos contra mi punto G, mientras succionaba fuerte. Grité, arqueándome, el orgasmo build-up como ola gigante.
Pero no solté aún. Lo volteé, cabalgándolo reverse cowgirl, su verga estirándome delicioso, llenándome hasta el fondo. Rebotaba duro, nalgas chocando contra sus muslos peludos, sudor perlando nuestras pieles. Él azotaba suave, ¡qué nalgón tan chulo! Giré, mirándolo a los ojos, esos ojos de William Levy que me hipnotizaban. Nuestros cuerpos resbalaban de sudor, el slap-slap de carne contra carne ecoando, mezclado con gemidos roncos.
Escalada psicológica: en mi mente, flashes de sus novelas, pero esto era real, crudo, nuestro. Le susurré guarradas mexicanas: ¡Cógetela duro, pendejo caliente! ¡Hazme venir en tu verga! Él aceleró, embistiéndome como pistón, bolas golpeando mi culo. El clímax nos alcanzó juntos: yo convulsionando, coño apretándolo en espasmos, él rugiendo, llenándome de leche caliente que chorreaba por mis muslos.
Acto tres: el afterglow. Colapsamos enredados, pulsos latiendo al unísono, piel pegajosa y satisfecha. Su mano acariciaba mi pelo húmedo, besos suaves en mi frente. El cuarto olía a sexo intenso, a nosotros. Afuera, la ciudad dormía, pero en mí ardía una llama nueva.
—Esto fue mejor que cualquier novela, susurré, trazando su pecho con uña.
—Y apenas empieza, mi Ana. Como en esas novelas de pasión con William Levy, pero en versión real y sin comerciales.
Reímos bajito, cuerpos entrelazados. En ese momento, supe que mi fanfic privado acababa de volverse leyenda viva. La pasión no era solo ficción; era piel, sudor, gemidos compartidos. Y yo, empoderada, dueña de mi deseo, lista para más capítulos.