Irina Baeva Novelas de Pasion y Poder
El sol de Ciudad de México caía a plomo sobre el set de Pasiòn y Poder, esa telenovela que tenía a todo el país enganchado. Yo, Diego, el galán de la historia, sudaba bajo las luces calientes mientras Irina Baeva, la protagonista rusa-mexicana que volvía locos a los televidentes, se acercaba con esa mirada felina. Sus ojos verdes brillaban como esmeraldas bajo el maquillaje perfecto, y su vestido rojo ceñido acentuaba cada curva de su cuerpo escultural. El aire olía a café recién molido y a ese perfume suyo, una mezcla dulce de vainilla y jazmín que me ponía la piel de gallina.
Pinche mujer, ¿por qué me miras así? pensé, mientras el director gritaba "¡Acción!". En la escena, yo la tomaba por la cintura, la pegaba a mi pecho y la besaba con furia. Sus labios carnosos se abrían contra los míos, su lengua juguetona danzando con la mía. Era fingido, pero neta, sentía su calor filtrándose por la tela, su aliento mentolado mezclándose con el mío. El sonido de las cámaras rodando era lo único que nos separaba de lo real. Cuando el director dijo "¡Corte!", nos separamos despacio, jadeantes. Sus mejillas sonrojadas no eran del maquillaje.
"Buenísimo, chavos. Descansen quince", anunció el tipo con el megáfono. Irina se apartó un mechón rubio de la cara y me sonrió, esa sonrisa pícara que prometía problemas. "Diego, qué intensidad, ¿no? En las novelas de Irina Baeva como Pasiòn y Poder, la pasion siempre se siente así de viva", dijo con su acento suave, mitad ruso, mitad chilango adoptivo. Su voz era como terciopelo raspando mi piel.
La seguí hasta su trailer, el corazón latiéndome como tambor en desfile. Afuera, el bullicio del foro: risas de extras, claxonazos lejanos de la avenida. Adentro, el aire acondicionado zumbaba fresco, oliendo a su esencia. Se quitó los tacones con un suspiro, quedando descalza sobre la alfombra mullida. Sus pies perfectos, uñas rojas, me hipnotizaron. "Siéntate, cabrón. ¿Quieres un trago? Te ves tenso", ofreció, sirviendo tequila en vasos de cristal. El líquido ámbar brilló, y cuando chocamos vasos, su mano rozó la mía. Electricidad pura.
No seas pendejo, Diego. Esto es el set, no la novela. Pero joder, la quiero ya.
Platicamos de la trama, de cómo en Pasiòn y Poder nuestros personajes se devoraban con los ojos antes de caer en la cama. "En la vida real, ¿sería igual?", pregunté, mi voz ronca. Ella se acercó, su rodilla tocando la mía. "Prueba y verás", murmuró, y sus labios capturaron los míos. Esta vez no había cámaras. Su boca sabía a tequila y deseo, su lengua explorando con hambre. La abracé fuerte, sintiendo sus pechos firmes contra mi torso, los pezones endurecidos pinchando la tela.
Mis manos bajaron por su espalda, arqueada como gata en celo. Deslicé el zipper del vestido, que cayó como cascada roja al suelo. Quedó en lencería negra, encaje transparente dejando ver sus senos perfectos, el ombligo piercing reluciendo. Olía a sudor limpio y excitación, ese aroma almizclado que endurece cualquier verga. "Irina, eres una diosa", gemí, besando su cuello, lamiendo la sal de su piel. Ella rio bajito, un sonido ronco que vibró en mi pecho. "Muéstrame cuánto me deseas, Diego".
La cargué hasta la cama king size del trailer, sus piernas envolviéndome la cintura. La tiré suave, y me quité la camisa de un jalón. Mis músculos, esculpidos por horas de gym para la novela, la impresionaron. Sus uñas arañaron mi pecho, dejando surcos rojos que ardían delicioso. Bajé a besos por su clavícula, chupando un pezón rosado a través del encaje. "¡Ay, pendejo, sí!", jadeó, arqueándose. El sabor era dulce, como leche condensada. Le arranqué el brasier, y mis labios succionaron libre, la lengua girando mientras ella gemía, el sonido ahogado por sus dientes mordiendo el labio.
Mis dedos bajaron al tanga, húmeda ya, empapada. La froté despacio, sintiendo su clítoris hinchado bajo la tela. "Estás chorreando, mamacita", susurré. Ella abrió las piernas, invitándome. Deslicé la prenda, exponiendo su concha rosada, labios hinchados brillando de jugos. Olía a mar y miel. Metí un dedo, luego dos, curvándolos para tocar ese punto que la hizo gritar. "¡Más, cabrón! Fóllame con la boca". Obedecí, enterrando la cara. Su sabor era ácido dulce, adictivo. Lamí voraz, chupando el clítoris mientras mis dedos bombardeaban adentro. Sus caderas buckearon contra mi cara, empapándome la barba. "¡Me vengo, Diego! ¡No pares!", aulló, y su coño se contrajo, chorros calientes salpicando mi lengua.
Temblaba aún cuando la volteé bocarriba. Me quité el pantalón, mi verga saltando libre, venosa y dura como fierro, goteando pre-semen. Ella la miró con hambre, lamiéndose los labios. "Dámela, chulo". La masturbó lento, el tacto sedoso de su mano volviéndome loco. "Entra ya", suplicó. Me posicioné, la punta rozando su entrada resbalosa. Empujé despacio, centímetro a centímetro, sintiendo sus paredes apretándome como guante caliente. "¡Qué rica verga tienes!", gimió, clavándome las uñas en la culo.
Empecé a bombear, lento al inicio, el sonido de piel chocando carne llenando el trailer. Sus tetas rebotaban hipnóticas, yo las amasaba mientras la taladraba. Sudábamos, el olor a sexo impregnando todo. Aceleré, profundo, golpeando su cervix. "¡Más fuerte, rómpeme!", pedía. La volteé a cuatro patas, admirando su culo redondo, perfecto. Entré de nuevo, jalándole el pelo rubio. El slap-slap de mis huevos contra su clítoris era música. Ella se masturbaba, círculos furiosos. "Me vengo otra vez... ¡juntos!", gritó.
Sentí la presión en mis bolas, el orgasmo subiendo como lava. "¡Irina, me corro!", rugí, y exploté dentro, chorros calientes llenándola mientras su concha ordeñaba cada gota. Colapsamos, jadeantes, mi verga aún latiendo en su calor. El sudor nos unía, piel pegajosa. Besé su espalda, oliendo nuestro aroma mezclado.
Minutos después, ella se acurrucó en mi pecho, su cabeza en mi hombro. El trailer estaba en penumbra, el zumbido del AC calmando nuestros pulsos. "Esto fue mejor que cualquier novela de Irina Baeva, Pasiòn y Poder incluida", susurró, riendo suave. Yo acaricié su pelo, el corazón lleno. Neta, esto no era fingido. Esto era poder real, pasion pura.
Afuera, el director llamaba a grabar. Nos vestimos despacio, robándonos besos. Salimos tomados de la mano, listos para fingir lo que ya vivíamos. Pero en secreto, sabíamos: nuestra historia apenas empezaba, más ardiente que cualquier guion.