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Abismo de Pasión Cap 148

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Abismo de Pasión Cap 148

La noche en la villa de Puerto Vallarta se sentía como un sueño húmedo, con el Pacífico susurrando promesas contra la playa privada. Yo, Angélica, acababa de llegar de la ciudad, huyendo del ajetreo de Guadalajara, y ahí estaba él, Rodrigo, mi amor prohibido desde la universidad. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que me hacía mojada con solo una mirada. Llevábamos meses mandándonos mensajes calientes, pero esta era la primera vez que nos veíamos sin interrupciones. El aire olía a sal marina y jazmín, y el sol poniente teñía todo de rojo pasión.

Entré a la terraza iluminada por antorchas, vestida con un huipil ligero que apenas cubría mis curvas. Rodrigo me esperaba con dos copas de tequila reposado, el líquido ámbar brillando como sus ojos. “¡Qué chula llegas, mi reina! Neta, te extrañé como loco”, dijo con esa voz ronca que me erizaba la piel. Me acerqué, sintiendo el calor de su cuerpo antes de tocarlo. Nuestras manos se rozaron, y un escalofrío me recorrió la espalda. Esto va a ser épico, pensé, mientras el corazón me latía como tamborazo zacatecano.

Nos sentamos en los cojines mullidos de la sala al aire libre, charlando de todo y nada. Hablamos de la telenovela que veíamos de morros, Abismo de Pasión, y reímos recordando los dramas exagerados. “¿Te acuerdas del cap 148? Ahí es cuando Elisa y Damián por fin se rinden al deseo, pero con tanto pleito de por medio”, comenté, sorbiendo el tequila que quemaba dulce en mi garganta. Rodrigo se acercó más, su muslo rozando el mío. “Sí, pero nosotros no necesitamos drama, ¿verdad? Solo pura pasión”. Su aliento cálido olía a tequila y menta, y sentí mi entrepierna palpitar.

En mi mente, esto era nuestro Abismo de Pasión cap 148: el momento en que caemos sin red, directo al fuego.

La tensión creció como marea alta. Sus dedos trazaron mi brazo, dejando un rastro de fuego líquido. Yo respondí pasando la mano por su pecho firme bajo la camisa guayabera entreabierta. Olía a su colonia cítrica mezclada con sudor fresco, un aroma que me volvía loca. Quiero probarlo todo, me dije, mientras mi pezón se endurecía contra la tela fina. Rodrigo me miró con hambre, “Eres tan rica, Angélica. Ven, déjame sentirte”. Me levantó en brazos como si no pesara nada, y me llevó a la cama king size con vista al mar. El colchón se hundió suave bajo nosotros, y el sonido de las olas era nuestra banda sonora privada.

Acto primero del deseo: los besos. Sus labios carnosos capturaron los míos, su lengua explorando con urgencia juguetona. Sabía a tequila y a él, salado y dulce. Gemí bajito, “Ay, wey, qué bueno besas”. Mis manos se enredaron en su pelo negro ondulado, tirando suave para profundizar el beso. Él bajó a mi cuello, lamiendo la piel sensible, mordisqueando lo justo para que doliera rico. Sentí su erección presionando contra mi muslo, dura como piedra, y una ola de calor me inundó la panocha. El cuarto se llenó del sonido de respiraciones agitadas y ropa susurrando al caer.

Desnuda ya, mi piel bronceada contrastaba con las sábanas blancas. Rodrigo se quitó la camisa, revelando abdominales tallados por horas en el gym. “Mírate, toda depiladita y lista para mí”, murmuró, sus ojos devorándome. Yo reí coqueta, neta, este pendejo me prende como nadie. Sus manos grandes amasaron mis senos, pulgares rozando los pezones hasta que dolió de placer. Bajó la boca, chupando uno, lamiendo el otro, mientras yo arqueaba la espalda, gimiendo fuerte. El olor de mi excitación flotaba en el aire, almizclado y embriagador.

La escalada fue lenta, tortuosa. Sus dedos bajaron por mi vientre plano, deteniéndose en el ombligo para lamerlo, haciendo cosquillas que me retorcían. No aguanto más, pensé, pero quería saborear cada segundo. Llegó a mi monte de Venus, separando los labios con ternura. “Estás chorreando, mi amor. Qué delicia”. Introdujo un dedo, luego dos, curvándolos para tocar ese punto que me hace ver estrellas. El sonido húmedo de mis jugos era obsceno, excitante. Yo movía las caderas, follándome su mano, mientras él lamía mi clítoris hinchado. Su lengua era mágica, círculos rápidos, succiones suaves. Grité, “¡Sí, así, cabrón! No pares!”. El orgasmo me golpeó como ola gigante, mi cuerpo convulsionando, pulsos latiendo en cada vena.

Pero no paró ahí. Rodrigo se incorporó, su verga gruesa y venosa apuntando al techo. La tomé en mano, sintiendo el calor aterciopelado, la vena palpitante. Qué pedazo de hombre. La masturbé lento, viendo gotas de precum brillar en la punta. Él gruñó, “Métetela en la boca, reina”. Obedecí gustosa, saboreando su esencia salada, chupando profundo hasta la garganta. El sonido de succión y sus gemidos roncos me mojaban de nuevo. Lo miré desde abajo, ojos lujuriosos, mientras jugaba con sus huevos pesados.

Esto superaba cualquier Abismo de Pasión cap 148; aquí no había traiciones, solo entrega total.

El clímax se acercaba. Me puse a cuatro patas, ofreciéndole mi culo redondo. “Fóllame duro, Rodrigo. Quiero sentirte hasta el fondo”. Él se posicionó, frotando la cabeza en mi entrada resbaladiza. Entró de un empujón suave, llenándome por completo. ¡Madre mía, qué estirada!. El placer-pena inicial dio paso a éxtasis puro. Sus caderas chocaban contra mis nalgas, piel contra piel en palmadas rítmicas. Sudor goteaba de su pecho al mío, mezclándose. Olía a sexo crudo, a nosotros. Agarró mis caderas, embistiendo más fuerte, su verga rozando mi G-spot sin piedad.

Yo empujaba hacia atrás, “Más, dame más, ¡pendejo caliente!”. Él metió un dedo en mi culo, lubricado con mis jugos, y el doble estímulo me volvió loca. Gemidos se convirtieron en gritos, el mar rugiendo con nosotros. Sentí su polla hincharse, se viene. “Córrete conmigo, Angélica. ¡Ahora!”. El orgasmo nos arrasó: yo contrayéndome alrededor de él, ordeñándolo, él explotando dentro, chorros calientes inundándome. Caímos exhaustos, cuerpos entrelazados, pulsos sincronizados.

En el afterglow, yacíamos pegajosos, besándonos perezosos. El aire nocturno refrescaba nuestra piel ardiente, el mar cantando arrullo. Rodrigo me acarició el pelo, “Eres mi abismo, mi pasión eterna”. Yo sonreí, esto es nuestro cap 148, pero con finales felices reales. Nos quedamos así, envueltos en sábanas perfumadas a sexo y mar, sabiendo que el amanecer traería más rondas. La villa era testigo de nuestro fuego, y Puerto Vallarta, cómplice eterna.

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