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Pasión por Viajar en Metepec

7093 palabras

Pasión por Viajar en Metepec

El sol de la tarde caía a plomo sobre las calles empedradas de Metepec, tiñendo de dorado las fachadas coloniales y el humo de los talleres de alfarería. Yo, Ana, había llegado esa mañana con mi mochila al hombro y el corazón latiendo fuerte por mi pasión por viajar. Metepec siempre había sido un sueño: esos árboles de sombra espesa, el aroma a barro fresco mezclado con el de las flores de cempasúchil que adornaban los puestos del mercado. Sentía el polvo fino pegándose a mis piernas bronceadas, el sudor resbalando entre mis pechos bajo la blusa ligera de algodón. Cada viaje me hacía sentir viva, como si el mundo entero conspirara para encender mis sentidos.

¿Por qué carajos no puedo quedarme quieta en un pinche cubículo? pensé mientras caminaba entre los puestos de artesanías. Mi vida en la Ciudad de México era un caos de oficina y tráfico, pero aquí, en este pueblo mágico a dos horas de la capi, todo parecía posible. Compré un par de tazas de barro negro, sintiendo la textura áspera bajo mis dedos, imaginando cómo se sentiría esa aspereza en mi piel.

Entonces lo vi. Diego estaba tallando una figura en un torno, sus manos fuertes y callosas moldeando el barro con una precisión que me erizaba la piel. Era moreno, con ojos cafés profundos como pozos de chocolate derretido, y una sonrisa pícara que asomaba cuando levantó la vista y me pilló mirándolo.

"¿Qué onda, güerita? ¿Primera vez en Metepec?"
dijo con esa voz grave que vibraba en mi pecho.

Chingado, qué hombre, me dije. Le contesté con una sonrisa coqueta:

"Sí, wey. Vengo por mi pasión por viajar, pero esto ya me late más que cualquier otro lugar."
Hablamos un rato; él era alfarero de toda la vida, conocía cada rincón del pueblo. Me invitó a su taller esa noche para ver cómo encendía el horno. El aire entre nosotros chispeaba, cargado de promesas. Acepté, sintiendo un cosquilleo en el vientre que nada tenía que ver con el hambre.

La noche cayó suave, con un cielo estrellado que olía a jazmín y humo de leña. Llegué al taller de Diego, un espacio abierto con paredes de adobe y el suelo cubierto de virutas de barro. Él me esperaba con una cerveza fría en la mano, su camisa desabotonada dejando ver el vello oscuro en su pecho.

"Pásale, Ana. Mira cómo prende la pasión aquí en Metepec."
Su mirada me recorrió de arriba abajo, deteniéndose en mis shorts ajustados y la curva de mis caderas. Tomamos chelas sentados en unas sillas bajas, platicando de viajes míos por la costa oaxaqueña y de cómo él soñaba con largarse a recorrer el país en su troca vieja.

El horno crepitaba, lanzando chispas naranjas que iluminaban su rostro. Nuestras rodillas se rozaban accidentalmente al principio, pero pronto fue intencional. Sentía el calor del fuego lamiendo mi piel, pero el verdadero ardor venía de adentro. ¿Y si lo beso ahorita? ¿Y si dejo que sus manos me toquen como toca el barro? Mi respiración se aceleraba con cada roce; el olor a tierra húmeda y sudor masculino me mareaba. Diego se acercó más, su aliento cálido en mi cuello:

"Tú traes una pasión por viajar que me prende, Ana. Me dan ganas de mostrarte rincones que ni en los mapas salen."

Lo besé primero, mis labios hambrientos contra los suyos, saboreando la cerveza y un toque salado de su piel. Sus manos subieron por mis muslos, firmes pero tiernas, quitándome los shorts con una lentitud que me volvía loca. Esto es lo que busco en cada viaje: esa conexión que quema. Me recargó contra una mesa de trabajo, su boca devorando mi cuello mientras yo le arrancaba la camisa. Sus músculos duros bajo mis palmas, el vello raspando delicioso contra mis pezones erectos. Gemí bajito cuando sus dedos encontraron mi humedad, deslizándose con maestría, como si moldeara una vasija perfecta.

"Estás chingona, Ana. Tan suave y caliente como el barro fresco."
Murmuró contra mi oreja, y yo reí, arqueándome para que me tocara más profundo. El taller resonaba con nuestros jadeos, el crepitar del horno como banda sonora. Lo empujé al suelo, sobre una manta gruesa de lana, y me subí encima, frotándome contra su verga dura que palpitaba bajo el pantalón. La desabroché con dedos temblorosos, liberándola: gruesa, venosa, lista para mí. La tomé en mi mano, sintiendo su calor pulsante, el olor almizclado de su excitación mezclándose con el de la leña.

Me hundí en él despacio, centímetro a centímetro, gimiendo por la plenitud que me llenaba. ¡Ay, wey, qué rico! Nuestros cuerpos se movían en ritmo perfecto, mis caderas girando como en una danza ancestral. Sudábamos juntos, piel contra piel resbaladiza, sus manos apretando mis nalgas mientras yo cabalgaba más fuerte. El barro del suelo se pegaba a nuestras rodillas, pero ni lo notábamos; solo existía el slap-slap de carne contra carne, mis pechos rebotando con cada embestida, sus gruñidos roncos en mi oído.

La tensión crecía como una ola, mi clítoris rozando su pubis en cada bajada.

"No pares, Diego, ¡no pares, cabrón!"
Le supliqué, clavando las uñas en su pecho. Él se incorporó, chupando mis tetas con avidez, mordisqueando los pezones hasta que vi estrellas. Cambiamos de posición; me puso de rodillas, penetrándome por detrás con fuerza controlada, su vientre chocando contra mis glúteos. Sentía cada vena de su verga estirándome, el placer acumulándose en mi bajo vientre como un volcán a punto de estallar.

Esto es Metepec, esto es mi pasión por viajar: puro fuego. El orgasmo me golpeó como un rayo, ondas de éxtasis recorriendo mi cuerpo, contrayéndome alrededor de él en espasmos incontrolables. Grité su nombre, el mundo disolviéndose en colores y sensaciones: el sabor salado de su sudor en mis labios, el aroma terroso del taller, el latido de su corazón contra mi espalda. Él se corrió segundos después, gruñendo profundo, llenándome con chorros calientes que me prolongaban el placer.

Nos quedamos tendidos en la manta, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco. El horno aún ardía bajo, proyectando sombras danzantes en las paredes. Diego me acarició el cabello, besándome la frente con ternura.

"Qué chido que viniste por tu pasión por viajar a Metepec, Ana. Quédate unos días más."
Sonreí, acurrucada en su pecho, sintiendo la paz post-orgásmica como un bálsamo. Mañana exploraríamos el pueblo juntos: el árbol de la ahorcada, los mercados, quizás un picnic en las faldas del Nevado. Pero esa noche, en sus brazos, supe que este viaje había encontrado su verdadero destino.

Al amanecer, con el sol filtrándose por las grietas del adobe, nos amamos de nuevo, más lento, saboreando cada caricia. Mi piel olía a él, a nosotros, y el mundo fuera parecía infinito. Metepec no era solo un punto en el mapa; era donde mi pasión por viajar se había transformado en algo más profundo, más carnal, más mío.

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