Pasión y Poder Capítulo 92
La luz dorada del atardecer se colaba por las ventanas panorámicas de la sala de juntas en Polanco, tiñendo de fuego las paredes de vidrio y acero. Yo, Sofía, sentada en la cabecera de la mesa de caoba, sentía el pulso acelerado bajo mi blusa de seda blanca que se pegaba sutilmente a mi piel por el calor del día. Frente a mí, Alejandro, el cabrón más guapo y poderoso de la industria hotelera y cervecera mexicana, con su traje negro impecable que delineaba cada músculo de su torso ancho. Sus ojos oscuros me devoraban sin disimulo, y yo, neta, no podía evitar que mi concha se humedeciera solo con su mirada.
Qué wey tan chingón, pensé mientras él exponía su propuesta de fusión. Sus palabras eran puro poder, resonando en la habitación con esa voz grave que me erizaba la piel. Olía a colonia cara, a madera y especias, un aroma que me hacía imaginar su piel desnuda contra la mía. La tensión entre nosotros no era nueva; desde la primera junta hace meses, había sido como un juego de ajedrez erótico, cada mirada un jaque, cada sonrisa un mate prometido. Hoy, sin embargo, el aire estaba cargado, espeso como el humo de un buen puro cubano.
—Sofía, esta fusión nos dará el control del mercado —dijo él, inclinándose sobre la mesa, su aliento cálido rozando mis dedos—. Pero solo si confías en mí.
Le sonreí, mordiéndome el labio inferior.
Confiar en ti, pendejo, es lo que más me prende, pensé. La reunión terminó con un apretón de manos que duró demasiado, sus dedos fuertes envolviendo los míos, enviando chispas por mi espina dorsal. Afuera, en el pasillo, me acorraló contra la pared, su cuerpo alto presionando el mío.
—Ven a mi penthouse esta noche. Hay detalles que discutir... a solas —susurró, su boca tan cerca que sentí el calor de su aliento con sabor a menta y deseo.
—Órale, Alejandro. Pero no creas que te voy a dejar ganar tan fácil —respondí, mi voz ronca, el corazón latiéndome como tamborazo zacatecano.
El trayecto en su camioneta Range Rover negro fue un tormento delicioso. La ciudad bullía abajo, luces de Reforma parpadeando, pero dentro del auto solo existíamos nosotros. Su mano en mi muslo, subiendo despacio por mi falda lápiz, el roce áspero de su palma contra mi piel suave. Olía a cuero nuevo y a él, ese olor masculino que me volvía loca. Mi respiración se aceleraba, pezones endureciéndose bajo el encaje del bra.
Al llegar al penthouse en Lomas de Chapultepec, la vista de la ciudad era un mar de luces titilantes. Él sirvió dos copas de tequila añejo, el líquido ámbar brillando bajo la luz tenue. Brindamos, y el sabor fuerte, ahumado, me quemó la garganta, despertando cada nervio.
—Pasión y poder, Sofía. Eso es lo que somos —dijo, acercándose, su mano en mi nuca, atrayéndome para un beso que empezó suave, labios rozando labios, y explotó en hambre pura. Su lengua invadió mi boca, saboreándome, y yo gemí contra él, mis uñas clavándose en su espalda.
Me levantó en brazos como si no pesara nada, llevándome al sofá de piel italiana. El tacto fresco del cuero contra mis piernas desnudas me hizo arquearme. Se arrodilló frente a mí, desabrochando despacio los botones de mi blusa, exponiendo mi pecho subiendo y bajando con cada jadeo. Sus ojos se oscurecieron al ver mis tetas firmes, pezones rosados pidiendo atención.
—Eres mía esta noche —gruñó, voz como grava, y yo asentí, empoderada en mi entrega.
Esto es pasión y poder capítulo 92 de nuestra historia, donde me rindo porque quiero, porque su dominio me hace libre, pensé mientras él lamía mi cuello, bajando a mis pechos. Su boca caliente envolvió un pezón, succionando con fuerza, dientes rozando lo justo para doler placenteramente. Gemí alto, el sonido rebotando en las paredes altas, mis manos enredándose en su cabello negro azabache, oliendo a shampoo de romero.
La intensidad crecía como tormenta en el desierto sonorense. Me quitó la falda, las bragas de encaje negro cayendo al piso con un susurro. Sus dedos exploraron mi humedad, deslizándose entre mis labios hinchados, encontrando mi clítoris endurecido. Jadeé, caderas moviéndose solas contra su mano experta.
—Estás chorreando, mamacita —dijo con esa sonrisa lobuna, metiendo dos dedos dentro de mí, curvándolos para tocar ese punto que me hacía ver estrellas. El sonido húmedo de mi concha chupando sus dedos era obsceno, excitante, mezclado con mis gemidos y su respiración agitada.
Lo empujé al sofá, invirtiendo roles por un momento. Le arranqué la camisa, botones volando, exponiendo su pecho moreno, músculos definidos por horas en el gym. Besé su piel salada, bajando al cinturón, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. Olía a hombre puro, a deseo crudo. La tomé en mi mano, piel aterciopelada sobre acero, y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando la gota salada de precum. Él gruñó, cabeza echada atrás, puños apretados en el sofá.
—Chíngame ya, Sofía —suplicó, voz quebrada, y eso me dio poder. Me subí a horcajadas, frotando mi entrada húmeda contra su longitud, torturándolo. Lentamente, me hundí en él, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me llenaba, estirándome deliciosamente. El estirón ardiente me arrancó un grito, paredes internas apretándolo como guante.
Cabalgamos así, ritmos sincronizados, piel sudorosa chocando con palmadas húmedas. Sus manos en mis caderas, guiándome más profundo, más rápido. Olía a sexo, a sudor mezclado con tequila, el aire cargado de nuestro aroma. Mis tetas rebotaban, él las atrapaba, pellizcando pezones, enviando descargas directas a mi clítoris.
La tensión subía, espiral infinita. Cambiamos posiciones; él me puso a cuatro patas en la alfombra persa, suave bajo mis rodillas. Entró de nuevo, brutal pero consentido, cada embestida golpeando mi culo, sacudiendo mi cuerpo. Su mano en mi cabello, tirando suave, arco perfecto.
Neta, este poder suyo me hace explotar.
—Más fuerte, carnal —jadeé, y él obedeció, un dedo en mi ano, rozando, prometiendo más. El orgasmo me golpeó como ola en Acapulco, músculos convulsionando, chorro caliente escapando, mojando sus bolas. Grité su nombre, visión borrosa, pulso atronador en oídos.
Él siguió, gruñendo como bestia, hasta que se tensó, verga hinchándose dentro de mí, corriéndose en chorros calientes que pintaban mis paredes. Colapsamos juntos, cuerpos entrelazados, sudor enfriándose en la piel, respiraciones calmándose al unísono.
Después, en la cama king size con sábanas de hilo egipcio, él me acurrucó contra su pecho, corazón latiendo fuerte aún. Besó mi frente, suave ahora, tierno.
—Eres increíble, Sofía. Esta fusión... nuestra fusión... va a ser legendaria.
Sonreí, trazando círculos en su piel.
Pasión y poder, capítulo 92 completado. Pero hay más por venir, mucho más. El amanecer pintaba el cielo de rosa sobre la ciudad, y en ese afterglow, supe que nuestro juego apenas empezaba. Empoderada, satisfecha, lista para conquistar el mundo a su lado.