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Pasión por el Resultado

6193 palabras

Pasión por el Resultado

En el bullicio de la Ciudad de México, donde el tráfico suena como un rugido eterno y el aroma a tacos al pastor se mezcla con el escape de los coches, yo, Ana, siempre he vivido con pasión por el resultado. Soy ejecutiva en una agencia de publicidad, de esas que no paran hasta cerrar el trato más chido. Ese día, en la convención de marketing en el Centro Citibanamex, lo vi por primera vez. Javier, el wey de la competencia, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que te hace sentir mariposas en el estómago. Llevaba una camisa ajustada que marcaba sus pectorales y un olor a colonia fresca que me llegó directo al cerebro.

¿Y tú qué, Ana? ¿Ya cerraste ese contrato con los refrescos o nomás estás de adorno? —me dijo con ese tono juguetón, mientras tomaba un sorbo de su chela artesanal.

Lo miré de arriba abajo, sintiendo un cosquilleo en la piel. Neta, el cabrón sabía cómo provocarme. Mi pasión por el resultado se encendió al instante. Apostamos ahí mismo: quien cerrara más tratos esa semana, ganaba una cena... y lo que siguiera. Él aceptó con una guiñada, y yo sentí que mi cuerpo ya empezaba a traicionarme, con el calor subiendo por mis muslos.

¿Y si pierdo? No, ni madres, yo siempre gano. Pero si gano yo... ay, wey, te voy a hacer sudar.

Los días siguientes fueron una tortura deliciosa. Le mandaba mensajes con avances: "Ya cerré tres, ¿tú cuántos?". Él respondía con fotos de su oficina, sudado después de un gym rápido, "Estoy a dos, pero mi resultado va a ser explosivo". Cada notificación hacía que mi clítoris palpitara, imaginando sus manos grandes sobre mis tetas. El viernes, mi marcador era cuatro a tres. Gané. Lo cité en mi depa en Polanco, con vista al skyline iluminado.

Cuando abrió la puerta, el aire se cargó de electricidad. Llevaba jeans ceñidos y una playera negra que olía a jabón y hombre. Me acerqué, rozando su pecho con mis pechos, que ya estaban duros bajo mi blusa escotada.

—Ganaste, Ana. ¿Cuál es tu premio? —susurró, su aliento cálido en mi cuello, oliendo a menta y deseo.

—Primero, quítate todo. Quiero verte completo —ordené, mi voz ronca. Él obedeció lento, como en una striptease privada. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, apuntándome como un trofeo. La baba se me hizo agua en la boca al ver la gota perlada en la punta. Toqué su piel caliente, suave como terciopelo sobre acero, y él gimió bajito, un sonido que vibró en mi concha.

Lo llevé a la cama king size, con sábanas de algodón egipcio que crujían bajo nosotros. Me desvestí despacio, dejando que viera mis curvas: caderas anchas, culo redondo, tetas firmes con pezones chocolate. El cuarto olía a mi perfume de vainilla y a su sudor fresco. Me subí encima, rozando su polla contra mis labios húmedos, sin entrar aún. Sentía su calor abrasador, mi humedad lubricándolo todo.

Tuve tanta pasión por el resultado que aquí estamos —le dije, mordiéndome el labio mientras lo provocaba con movimientos circulares. Él agarró mis nalgas, apretando fuerte, sus dedos hundiéndose en la carne blanda. Gemí, el placer subiendo como una ola desde mi vientre.

Dios, qué rico se siente su verga latiendo contra mí. Quiero que me rompa, pero despacio, que dure.

Empecé a bajar, centímetro a centímetro. Su grosor me estiró delicioso, llenándome hasta el fondo. Un jadeo escapó de mi garganta al sentirlo palpitar adentro, rozando ese punto que me hace ver estrellas. Montándolo lento al principio, mis tetas rebotaban con cada embestida, el slap-slap de piel contra piel mezclándose con nuestros jadeos. Sudábamos juntos, gotas resbalando por su pecho definido, saladas al lamerlas. Él chupó mis pezones, succionando fuerte, enviando descargas eléctricas directo a mi clítoris.

—Más rápido, Ana, dame todo —gruñó, sus caderas empujando arriba, clavándose profundo. Aceleré, cabalgándolo como una amazona, mi clítoris frotándose contra su pubis peludo. El olor a sexo crudo llenaba el aire: almizcle, sudor, jugos mezclados. Mis uñas arañaron su espalda, dejando marcas rojas que lo volvían loco. Sentía el orgasmo construyéndose, una tensión en mi bajo vientre, pulsos acelerados en mi cuello.

Cambié de posición porque quería más control. Lo puse a cuatro patas —no, él a mí de perrito. Me puse de rodillas en la cama, culo en alto, invitándolo. Entró de un solo empujón, sus bolas golpeando mi clítoris con cada estocada. ¡Ay, cabrón! grité, el placer tan intenso que lágrimas brotaron. Sus manos en mis caderas, tirando de mí, el ritmo frenético. El colchón se hundía, la cabecera golpeteando la pared como un tambor.

Esto es lo que quería: su pasión igual a la mía, persiguiendo el resultado juntos. No pares, wey, no pares.

Me volteó, piernas sobre sus hombros, penetrándome profundo. Nuestros ojos se clavaron: los suyos oscuros, llenos de lujuria; los míos suplicando. Lamí sus labios salados, mordí su lengua mientras él me follaba sin piedad. Mi concha se contraía alrededor de su verga, ordeñándolo. —Voy a venirme —jadeé, y exploté. Oleadas de placer me sacudieron, mi cuerpo convulsionando, chorros calientes empapando las sábanas. Él rugió, hundiéndose una última vez, su leche caliente llenándome, pulsando dentro.

Colapsamos juntos, jadeantes, piel pegajosa de sudor y fluidos. Su peso sobre mí era reconfortante, su corazón latiendo contra el mío como un tambor compartido. Besos lentos, lenguas perezosas explorando bocas. El cuarto olía a nosotros, a victoria compartida.

—Neta, tu pasión por el resultado es contagiosa —murmuró, acariciando mi cabello revuelto.

Sonreí, trazando círculos en su pecho. —Y la tuya no se queda atrás, pendejo. Esto no termina aquí.

Nos quedamos así, envueltos en el afterglow, con la ciudad zumbando afuera. Sabía que había ganado más que un contrato: una conexión ardiente, un resultado que valía cada gota de sudor. Mañana volveríamos al ruedo, pero esta noche, el placer era nuestro trofeo eterno.

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