Relatos Prohibidos
Inicio Infidelidad Pasión por Viajar al Éxtasis Salvaje Pasión por Viajar al Éxtasis Salvaje

Pasión por Viajar al Éxtasis Salvaje

7201 palabras

Pasión por Viajar al Éxtasis Salvaje

Mi pasión por viajar siempre ha sido como un fuego que no se apaga, carnal. Desde chiquita, soñaba con mochila al hombro, recorriendo playas y ruinas mexicanas, sintiendo el sol quemándome la piel y el viento revolviéndome el pelo. Esta vez, elegí Playa del Carmen, ese paraíso de arena blanca y turquesa infinito. Llegué al hotel boutique una tarde de verano, con el aire cargado de sal y cocos frescos. Me registré, subí a mi habitación con vista al mar y me tiré en la cama king size, oliendo a sábanas limpias y brisa marina.

Abajo, en la alberca, lo vi. Se llamaba Marco, un morro de unos treinta, local puro, con piel morena curtida por el sol, músculos definidos de tanto remar en kayak y una sonrisa que te derretía como helado de paleta en julio. Estaba sirviendo drinks en el bar, con una camisa guayabera abierta dejando ver su pecho velludo justo lo necesario. Pedí un margarita bien cargado, y mientras me lo pasaba, sus dedos rozaron los míos. Chingado, esa chispa fue eléctrica, neta.

¿Qué pedo con este vato? Mi cuerpo ya traía antojo de aventura, y no solo la de viajar.

Charlamos un rato. Le conté de mi pasión por viajar, cómo había dejado mi jale en la Ciudad de México para recorrer la Riviera Maya, buscando esa libertad que solo sientes cuando no sabes qué viene después. Él se rio, con esa carcajada grave que vibraba en mi pecho. "Órale, güerita aventurera, aquí en Playa todo es posible. ¿Quieres que te muestre los cenotes escondidos mañana?". Asentí, sintiendo el pulso acelerarse, el corazón latiéndome como tambor de fiesta en Xcaret.

Al día siguiente, amanecimos temprano. Me recogió en su jeep destartalado, oliendo a diesel y mar. Vestida con un bikini diminuto bajo un pareo transparente, subí y partimos rumbo a un cenote virgen, lejos de los turistas pendejos. El camino era bacheado, pero cada topetazo me pegaba más a él, mi muslo rozando el suyo, piel contra piel caliente. Llegamos al lugar: agua cristalina rodeada de selva espesa, el sol filtrándose en rayos dorados, pájaros chillando y el zumbido de insectos. Nos quitamos la ropa, quedamos en trusa. Su mirada me recorrió entera, deteniéndose en mis chichis firmes y mi culo redondo. Yo no me quedé atrás, admirando su verga marcada bajo el bóxer, gruesa y prometedora.

Nos lanzamos al agua fría, que me erizó la piel y me puso los pezones duros como piedras. Nadamos, jugamos, salpicándonos como niños, pero la tensión crecía. Sus manos me rodearon la cintura bajo el agua, tirándome contra su cuerpo duro. Sentí su erección presionando mi vientre, caliente y pulsante. "Estás cañón, Ana", murmuró en mi oído, su aliento cálido con sabor a menta y deseo. Lo besé, neta, sin pensarlo. Sus labios eran suaves pero firmes, lengua invadiendo mi boca con hambre, saboreando a sal y ron de la noche anterior.

Mi pasión por viajar me trajo aquí, pero esto... esto es lo que necesitaba, un morro que me haga olvidar el mundo.

Salimos del cenote, tendidos en la orilla sobre una sábana que trajo. El sol nos secaba, pero el calor entre nosotros ardía más. Sus manos exploraron mi cuerpo, deslizándose por mi espalda, bajando a mis nalgas, amasándolas con fuerza. Gemí bajito, arqueándome. "Qué rico te sientes, pinche diosa", dijo, besándome el cuello, mordisqueando suave. Bajó a mis tetas, chupando un pezón mientras pellizcaba el otro, enviando descargas directas a mi clítoris hinchado. Olía a su sudor masculino mezclado con tierra húmeda, embriagador.

Yo no me quedé pasiva, carnal. Le quité el bóxer, liberando esa verga morena, venosa, cabeza roja brillante de precum. La tomé en mi mano, dura como fierro, latiendo. La masturbé lento, sintiendo cada vena bajo mis dedos, mientras él jadeaba. "¡Ay, wey, no pares!". Me puse de rodillas en la arena tibia, arena pegándose a mis rodillas, y la metí en mi boca. Saboreé su sal, su esencia pura mexicana, chupando profundo, lengua girando alrededor del glande. Él enredó sus dedos en mi pelo mojado, guiándome, pero suave, siempre respetuoso. "Estás chingona en esto, güera".

La intensidad subió. Me recostó boca arriba, abrió mis piernas con reverencia. Su boca atacó mi panocha depilada, labios hinchados de excitación. Lamía mi clítoris con maestría, metiendo dos dedos gruesos dentro, curvándolos contra mi punto G. El placer era olas, crashing una tras otra. Sentía mi jugo chorreando, olor almizclado de sexo flotando en el aire selvático. Gritaba su nombre, "¡Marco, sí, así, cabrón!", caderas moviéndose solas. Él no paraba, sorbiendo, lamiendo, hasta que exploté en orgasmos múltiples, cuerpo temblando, visión borrosa de tanto placer.

Esto es viajar de verdad, penetrar el alma del otro, no solo mapas y aviones.

Pero quería más, lo necesitaba dentro. "Cógeme ya, no seas pendejo", le rogué, voz ronca. Se puso encima, verga apuntando a mi entrada húmeda. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Lleno por completo, gemimos juntos. Empezó a bombear, lento al principio, sintiendo cada roce, cada choque de pelvis. El sonido era obsceno: carne contra carne chapoteando, nuestros jadeos mezclados con el canto de la selva. Aceleró, follándome duro, mis uñas clavándose en su espalda ancha, dejando marcas rojas.

Cambié de posición, montándolo como amazona. Sus manos en mis caderas, yo rebotando, tetas saltando, pelo volando. Lo cabalgaba con furia, sintiendo su verga golpear profundo, rozando mi cervix. Sudor nos cubría, perlas resbalando por su pecho, yo lamiéndolas, saladas. "¡Te voy a llenar, Ana!", gruñó, ojos en llamas. "¡Sí, dame todo, mi rey!". El clímax nos tomó juntos: él se tensó, verga hinchándose, chorros calientes inundándome adentro, mientras yo contraía alrededor, ordeñándolo, olas de éxtasis puro sacudiéndome hasta los huesos.

Caímos exhaustos, enredados en la sábana, respiraciones agitadas calmándose. El sol bajaba, tiñendo el cenote de naranjas y rosas. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón galopante. "Neta, nunca había sentido algo así", murmuró, besándome la piel salada. Yo acariciaba su pelo negro revuelto, oliendo a sexo y tierra.

Regresamos al hotel al atardecer, manos entrelazadas en el jeep. Esa noche, en mi cama, repetimos, más lento, explorándonos con ternura. Sus dedos trazando mis curvas, mi boca en su cuello, saboreando su pulso. Hicimos el amor hasta el amanecer, cuerpos sincronizados como olas del Caribe.

Mi pasión por viajar no es solo por paisajes, es por esto: conexiones que te queman viva, placeres que te transforman.

Al día siguiente, antes de partir a mi próximo destino, nos despedimos en la playa. "Vuelve pronto, mi viajera loca", dijo, beso profundo sellando promesas. Subí al avión con el cuerpo aún vibrando, recuerdos tatuados en la piel: su olor, sus gemidos, esa follada épica en el cenote. Viajar es vida, pero con pasión como esta, es éxtasis puro. Y sé que regresaré, porque mi pasión por viajar ahora incluye buscarlo a él en cada curva del mapa.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatosprohibidos.net.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.