Capítulos Ardientes de la Novela Pasión
Yo era Ana, una chava de veintiocho tacos que trabajaba en una agencia de diseño en la Condesa, México. La vida me tenía en piloto automático: café negro por las mañanas, tacos al pastor de la esquina y noches solitarias con Netflix. Pero un sábado, en el tianguis de la Lagunilla, mis ojos se clavaron en un librito viejo, polvoriento, con tapa roja descolorida. Novela Pasión, decía. Lo abrí y leí las primeras líneas de sus capítulos de la novela pasión: una historia de deseo prohibido entre amantes en las calles empedradas de algún pueblo colonial. Neta, el calor me subió por el cuello. Olía a papel añejo mezclado con un toque de vainilla, como si alguien lo hubiera leído a la luz de velas.
Lo compré por veinte varos y esa noche, en mi depa con vista al Parque México, me hundí en el sillón de terciopelo. El primer capítulo hablaba de una mirada robada en un café, de dedos rozando accidentalmente. Sentí un cosquilleo en la piel, mis pezones se endurecieron bajo la blusa ligera.
¿Y si pasa en la vida real?pensé, mientras el aroma de mi té de jazmín se mezclaba con el calor húmedo entre mis piernas. Apagué la luz, solo la lámpara de lava iluminaba las páginas. Cada palabra era un roce, un susurro.
Al día siguiente, en el café de la esquina, El Chino, pedí mi cortado habitual. Ahí estaba él: Diego, alto, moreno, con ojos color café de olla y una sonrisa que prometía pecados. Vestía camisa de lino blanca, arremangada, mostrando antebrazos fuertes. Nuestras miradas se cruzaron como en el capítulo dos de la novela. Órale, neta. Me acerqué, fingiendo casualidad. —Hola, ¿vienes seguido? le dije, con voz ronca que no reconocí. Él rio, grave, vibrando en mi pecho. —Todos los días, preciosa. ¿Y tú, con ese librito qué? Señaló la novela en mi bolsa. Le conté de los capítulos de la novela pasión, cómo me tenían loca. Su mirada se oscureció, olí su colonia fresca, cítrica, mezclada con sudor limpio.
La tensión creció como tormenta de verano. Hablamos horas: de la CDMX que nos volvía locos, de antojos de churros rellenos, de sueños húmedos. Sus dedos rozaron los míos al pasar el azúcar, y fue como electricidad. —Ven a mi depa, está cerca —propuse, empoderada por el deseo. Él asintió, ojos brillantes. Caminamos bajo los jacarandas, pétalos violetas cayendo como lluvia suave. Mi corazón latía fuerte, el aire olía a tierra mojada y anticipación.
Acto medio: la escalada
Entramos a mi depa, la luz del atardecer teñía todo de oro. Cerré la puerta y lo besé, hambrienta. Sus labios eran firmes, sabían a menta y café. —Neta, desde que te vi... —murmuró contra mi boca. Lo empujé al sofá, montándome a horcajadas. Sus manos grandes subieron por mis muslos, bajo la falda, tocando piel desnuda. Gemí, el roce áspero de sus palmas contra mi suavidad. Olía a su excitación, almizcle varonil que me mareaba.
Le quité la camisa, besando su pecho ancho, lamiendo el salado de su piel.
Esto es mejor que cualquier capítulo de la novela pasión, pensé, mientras mis uñas arañaban suave su espalda. Él desabrochó mi blusa, exponiendo mis tetas llenas. —Qué chingonas, nena, gruñó, chupando un pezón, tirando con dientes. El placer dolió dulce, un rayo directo a mi clítoris. Bajé su zipper, saqué su verga dura, gruesa, venosa. La apreté, sintiendo el pulso acelerado bajo mi palma. Él jadeó, —Cárgate, Ana, me vas a matar.
Nos desnudamos febril, ropa volando. Su cuerpo era puro músculo trabajado en gym, abdomen marcado. Yo, curvas generosas, caderas anchas que él agarró fuerte. Me recostó en la alfombra persa, besando mi cuello, bajando por el ombligo. El suelo fresco contra mi espalda ardiente. Lamió mis labios vaginales, despacio, saboreando mi jugo dulce y salado. —Sabes a miel, pinche diosa, dijo, metiendo la lengua profundo. Mis caderas se arquearon, gemidos escapando como lamentos. El sonido de su succión, húmedo, obsceno, llenaba la habitación. Olía a sexo, a nosotros mezclados.
Lo volteé, queriendo control. Lo mamé, labios estirados alrededor de su grosor. Sabía a piel limpia, pre-semen salado. Él enredó dedos en mi pelo, guiando sin forzar. —Así, qué rico, no pares. Mi lengua jugaba la cabeza, sorbiendo. Tensioné mis muslos, mi chocha palpitando vacía. Lo subí, montándolo. Su verga entró de un jalón, llenándome hasta el fondo. ¡Ay, cabrón! grité, el estiramiento ardiente delicioso. Cabalgaba lento al principio, sintiendo cada vena rozar mis paredes. Sus manos en mis nalgas, azotando suave, plaf plaf, eco erótico.
El sudor nos unía, resbaloso. Olía a sal, a pasión cruda. Aceleré, tetas botando, su mirada clavada en mí, animal.
Esto es mi capítulo, lo escribo yo. Él se incorporó, mamando mi cuello, mordiendo. Cambiamos: yo de rodillas, él atrás, embistiendo fuerte. Pum pum pum, piel contra piel, húmeda. Sus bolas golpeaban mi clítoris, ondas de placer. —Me vengo, Diego, no pares, pendejito caliente. Él gruñó, —Yo también, aprieta esa chocha.
Clímax y cierre
Explosión: mi orgasmo me sacudió, paredes contrayéndose, chorro caliente salpicando. Él se hundió profundo, corriéndose dentro, chorros calientes llenándome. Gemidos roncos, cuerpos temblando. Colapsamos, enredados, pulsos latiendo al unísono. El aire pesado de sexo, semen goteando entre mis piernas, su pecho subiendo bajando contra mi mejilla.
Después, en la cama con sábanas frescas, cigarro compartido —prohibido pero chido—. Fumábamos lentos, humo danzando. —Eres mi musa, Ana. Sigamos los capítulos de la novela pasión, dijo, trazando círculos en mi vientre. Reí, besándolo suave.
Esto no es ficción, es nuestra historia. Afuera, la ciudad ronroneaba: cláxones lejanos, risas de borrachos. Dentro, paz tibia, pieles pegajosas secándose. Durmió abrazándome, su respiración rítmica como olas. Yo, despierta, sonreí al librito en la mesita. Mañana, nuevo capítulo. La pasión no acaba, carnal. Es eterna, como el amor en México.