Dios Los Entregó A Pasiones Vergonzosas
En la iglesia de la colonia Roma, con ese olor a incienso quemado y velas de parafina que te envuelve como un sudario dulce, te encuentras de nuevo con Javier. Neta, cada domingo es lo mismo: misa de diez, el padre Ramírez soltando su sermón sobre el pecado y la tentación, y tú ahí, sentada en la banca de madera pulida, sintiendo cómo el corazón te late como tamborazo en las costillas cada vez que lo ves entrar. Él, con su camisa blanca planchada, el pelo negro peinado con gel y esa sonrisa pícara que disimula bajo el aire de macho católico responsable. Tú, Ana, con tu falda hasta la rodilla y el escote discreto, pero sabiendo que debajo late algo que no controlas.
Después de la comunión, cuando todos se amontonan en el atrio para el café y las galletas María, sus ojos te buscan.
¿Por qué carajos me mira así? Dios mío, no me tientes, piensas mientras tomas un sorbo de café aguado. Él se acerca, casual, como si nada: Órale, Ana, ¿qué onda? ¿Vienes al retiro juvenil este fin? Su voz grave te eriza la piel, y sientes el calor subiendo por el cuello. Asientes, balbuceando algo de sí, carnal, allá nos vemos, pero por dentro ya estás imaginando sus manos grandes, callosas de tanto trabajar en la ferretería de su carnal, tocándote donde no deben.
El retiro es en un rancho a las afueras de la Ciudad de México, con aire fresco de pinos y el sonido lejano de perros ladrando. Llegan el viernes por la tarde, un chingo de morros y morras de la parroquia, todos fingiendo santurronería. Tú y Javier terminan en el mismo grupo de oración, sentados en círculo sobre esteras de petate. El líder, un wey flaco con barba de profeta, lee de Romanos: Dios los entregó a pasiones vergonzosas. Las palabras resuenan en tu cabeza como un trueno. Miras a Javier de reojo, y él te devuelve la mirada, con pupilas dilatadas.
¿Será que Dios ya nos entregó? ¿O somos nosotros los pendejos que no resistimos?
La noche cae con un cielo estrellado que huele a tierra húmeda después de la lluvia. Alrededor de la fogata, cantan rancheras gospel y comparten testimonios. Tú sientes su pierna rozando la tuya, accidental al principio, pero luego intencional. El roce de su pantalón vaquero contra tu piel desnuda bajo la falda te hace apretar los muslos. Para, Ana, esto es pecado, te dices, pero el pulso entre las piernas no miente. Él susurra: ¿Vamos por un poco de aire, güey? Y tú, como idiota hipnotizada, lo sigues hacia los árboles.
Acto dos: el bosque oscuro os envuelve, solo el crujir de hojas secas bajo sus botas y tu respiración agitada rompen el silencio. Se detiene, te voltea con gentileza, y sus labios encuentran los tuyos. Bésalo, carnal, con hambre acumulada de meses de misas compartidas y miradas robadas. Su boca sabe a menta del chicle y algo salado, como sudor fresco. Tú lo jalas más cerca, sintiendo su pecho duro contra tus tetas que se endurecen al instante. Sus manos bajan por tu espalda, apretando tu culo con fuerza posesiva pero tierna, como si te reclamara sin palabras.
Neta, esto es lo que necesitaba. Su lengua enredándose con la mía, explorando, chupando, haciendo que me moje como nunca. Lo empujas contra un árbol, el tronco áspero raspando su camisa. Le desabrochas la playera, besando su pecho moreno, oliendo su aroma macho: jabón de sabila mezclado con sudor limpio. Él gime bajito, Pinche Ana, me vuelves loco, y sus dedos se cuelan bajo tu blusa, pellizcando tus pezones rosados hasta que jadeas. Bajan al suelo, sobre una manta que él sacó de quién sabe dónde, el pasto fresco humedeciendo tu piel.
La tensión sube como fiebre: él te quita la falda despacio, besando tus muslos internos, lamiendo hasta llegar a tu panocha empapada. Siente su aliento caliente ahí, su lengua plana lamiendo tu clítoris hinchado, círculos lentos que te hacen arquear la espalda y clavar las uñas en su pelo. ¡Ay, Javier, no pares, cabrón! gritas en susurro. Él se ríe ronco, Esto es nuestro, morra, Dios nos lo dio. Te voltea, te pone a cuatro patas, y su verga dura, gruesa como chorizo, roza tu entrada. No fuerza, pregunta con los ojos: ¿Quieres? Tú empujas hacia atrás, Sí, métela ya.
Entra despacio, centímetro a centímetro, estirándote deliciosamente. Sientes cada vena palpitando dentro, llenándote hasta el fondo. El sonido húmedo de carne contra carne, slap-slap en la noche, mezclado con vuestros gemidos ahogados. Él te agarra las caderas, embistiendo más fuerte, su sudor goteando en tu espalda. Tú te tocas el clítoris, acelerando el ritmo, el olor a sexo crudo invadiendo el aire: almizcle, jugos, tierra.
Esto son las pasiones vergonzosas que el padre tanto predica, pero qué chido se siente, qué empoderador ser la puta de mi hombre. La intensidad crece, tus paredes se aprietan, él gruñe Me vengo, Ana, y explota dentro, caliente, mientras tú tiemblas en oleadas de orgasmo que te dejan ciega.
Acto tres: el afterglow es puro paraíso. Yacen jadeantes sobre la manta, su brazo alrededor de tu cintura, el corazón latiéndole contra tu oreja. El viento fresco seca el sudor de vuestras pieles pegajosas, y el aroma de pinos se mezcla con el de vuestros fluidos. Te besa la frente, suave: No me arrepiento, güey. Si Dios nos entregó a esto, pos que así sea. Tú sonríes, trazando círculos en su pecho con la uña.
Ya no hay culpa, solo libertad. Somos adultos, consentidores, y esta pasión es nuestra bendición disfrazada.
Regresan al rancho de madrugada, caminando de la mano, riendo bajito de lo cerca que estuvieron de ser cachados. Al día siguiente, en la oración final, el líder repite el verso, pero ahora lo oyes diferente: no como condena, sino como liberación. Javier te guiña el ojo desde el otro lado del círculo, y sientes un cosquilleo renovado entre las piernas. Esto apenas empieza, piensas, saboreando el futuro lleno de noches robadas, cuerpos enredados y pasiones que ya no son vergonzosas, sino gloriosas.
De vuelta en la ciudad, el tráfico caótico de Insurgentes y el olor a tacos de suadero en la esquina os recuerdan la vida normal. Pero entre vosotros, hay un secreto ardiente. Semanas después, en su depa chiquito con posters de Lupillo Rivera y olor a café de olla, se aman de nuevo: lento, explorando cada curva, cada suspiro. Él te come enterita, tú lo montas como reina, sintiendo su verga pulsar hasta el éxtasis compartido. Son empoderados en su deseo mutuo, sin coacciones, solo puro anhelo.
Y así, Dios los entregó a pasiones vergonzosas, pero vosotros las hicisteis vuestras, carnales y eternas.