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Lolita Una Pasión

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Lolita Una Pasión

La vi por primera vez en esa fiesta en Polanco, con las luces neón bailando sobre su piel morena. Lolita, se llamaba, una morra de veintiocho tacos que parecía salida de un sueño húmedo. Su falda ajustada marcaba curvas que gritaban ven y tómalas, y esos ojos cafés que te chupaban el alma. Yo, un pendejo de treinta y cinco que andaba de traje en esa peda de ejecutivos, no pude evitar mirarla como si fuera el último trago de tequila en el desierto.

El aire olía a perfume caro mezclado con humo de cigarros y sudor fresco de cuerpos apretados. La música ranchera electrónica retumbaba, haciendo que el piso vibrara bajo mis zapatos. Me acerqué a la barra, pidiendo un caballito de Patrón, y ahí estaba ella, riendo con unas amigas, su cabello negro suelto cayendo como cascada sobre hombros desnudos.

"Órale, guapo, ¿me invitas uno?"
dijo con esa voz ronca que me erizó la piel. Su aliento traía sabor a margarita con sal, y al rozar mi brazo al tomar el vaso, sentí un chispazo que me bajó directo al entrepierna.

Charlamos de pendejadas: de cómo odiaba las juntas eternas en la oficina, de su chamba como diseñadora gráfica freelance, de tacos al pastor en la Condesa que valían cada mordida grasienta. Pero debajo de las risas, había una corriente, una mirada que duraba un segundo de más, un roce accidental de rodillas bajo la mesa alta. Esta chava es fuego puro, pensé, mientras su perfume, algo floral con toque de vainilla, me invadía las fosas nasales. Lolita, una pasión que ya me tenía con el corazón latiendo como tamborazo zacatecano.

La noche avanzó, y terminamos bailando pegaditos en la pista improvisada. Sus caderas se movían contra las mías, lentas al principio, como si midiera mi reacción. Sentí su calor a través de la tela fina de su blusa, sus pechos rozando mi pecho con cada giro. Pinche tentación, me dije, mientras mis manos bajaban a su cintura, apretando esa carne suave que cedía bajo mis dedos. Ella se arqueó, presionando su nalga contra mi verga que ya estaba dura como piedra. El sudor nos unía, salado en la lengua cuando le besé el cuello, probando su piel caliente que sabía a deseo crudo.

¿Quieres ir a mi depa? Está cerca, susurró en mi oído, su aliento caliente haciendo que se me pusiera la piel de gallina. No lo pensé dos veces. Salimos al valet, el aire fresco de la noche mexicana nos golpeó, cargado de jazmines y escape de coches. En el Uber, sus manos ya exploraban mi muslo, subiendo peligrosamente, mientras yo le mordisqueaba el lóbulo de la oreja, oyendo sus gemiditos ahogados que me volvían loco.

Su departamento en la Roma era un nido sensual: velas aromáticas de coco encendidas, sábanas de algodón egipcio revueltas en una cama king size, posters de Frida Kahlo mirándonos con picardía. Cerró la puerta y me empujó contra la pared, besándome con hambre, su lengua danzando con la mía en un duelo húmedo y dulce.

"Te quiero ahorita, wey"
, jadeó, mientras me quitaba la camisa, sus uñas rozando mi pecho velludo, enviando ondas de placer por mi espina.

La desvestí despacio, saboreando cada centímetro. Su blusa cayó, revelando senos firmes coronados de pezones oscuros que se endurecían al aire. Los chupé, succionando con fuerza, oyendo sus ayyy cabrón que resonaban en la habitación. Bajé por su vientre plano, lamiendo el ombligo salado, hasta llegar a su tanga de encaje negro empapada. El olor a su excitación me golpeó: almizclado, femenino, adictivo. La arranqué con los dientes, y ella rió, abriendo las piernas sobre la cama.

Me arrodillé, enterrando la cara en su coño depilado, lamiendo los labios hinchados que sabían a miel caliente. Su clítoris palpitaba bajo mi lengua, y ella se retorcía, agarrando mi pelo, empujándome más adentro. Qué ricura, esta morra sabe a paraíso, pensé, mientras introducía dos dedos, curvándolos para tocar ese punto que la hacía gritar. Sus jugos corrían por mi barbilla, el sonido chapoteante mezclándose con sus gemidos roncos. La llevé al borde tres veces, deteniéndome, construyendo la tensión hasta que suplicaba

"Métemela ya, pendejo"
.

Me puse de pie, quitándome el pantalón, mi verga saltando libre, venosa y lista. Ella se lamió los labios, gateando para tomármela en la boca. Su succión fue brutal: lengua girando en la cabeza, garganta profunda que me hacía ver estrellas. Sentí su saliva tibia resbalando, el pop al sacarla, y luego de nuevo adentro. No aguanto más, gruñí, levantándola para tirarla en la cama.

La penetré de un solo empujón, su coño apretado envolviéndome como guante de terciopelo húmedo. Empezamos lento, mirándonos a los ojos, sus pupilas dilatadas de placer. Lolita, una pasión que me quema, se me cruzó en la mente mientras aceleraba, el slap slap de carne contra carne llenando el cuarto. Ella clavó las uñas en mi espalda, arañando, dejando marcas rojas que dolían rico. Cambiamos posiciones: ella encima, cabalgándome como jineteza en palenque, sus tetas rebotando, sudor goteando de su frente a mi boca.

El clímax se acercaba como tormenta veraniega. La puse a cuatro patas, embistiéndola profundo, una mano en su clítoris frotando circles rápidos, la otra jalándole el pelo suave.

"¡Sí, así, chíngame fuerte!"
gritó, su voz quebrándose. Sentí sus paredes contrayéndose, ordeñándome, y exploté dentro de ella, chorros calientes llenándola mientras ella se corría, temblando, un chorro de squirt mojando las sábanas.

Colapsamos, jadeantes, el olor a sexo impregnando todo: semen, sudor, su esencia. La abracé, besando su frente perlada, sintiendo su corazón galopando contra el mío. Qué pedo tan chingón, pensé, mientras ella trazaba círculos en mi pecho con el dedo.

Desayunamos al día siguiente: chilaquiles con huevo y salsa verde picosa que quemaba la lengua como ella. Hablamos de volver a vernos, de explorar más pasiones. Lolita, una pasión que no se apaga fácil. Salí a la calle soleada de la Roma, con su sabor aún en la boca, sabiendo que México guarda sorpresas así de calientes.

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