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Mi Pasión en la Vida

6477 palabras

Mi Pasión en la Vida

El sol se ponía en Playa del Carmen como un fuego lento que te quema la piel desde adentro. Yo, Karla, siempre había creído que mi pasión en la vida era surfear esas olas cabronas del Caribe mexicano. Sentir el agua salada azotándome las piernas, el viento enredándome el pelo negro y largo, el rugido del mar que te hace sentir viva hasta los huesos. Pero esa noche, en la fiesta playera de La Quinta Avenida, todo cambió. La arena tibia bajo mis pies descalzos, el olor a coco y mariscos asados flotando en el aire, la música de cumbia rebeldía retumbando en mis oídos. Llevaba un vestido ligero de algodón que se pegaba a mis curvas por el sudor, y bailaba sola, moviendo las caderas como si el mundo se acabara.

Entonces lo vi. Diego. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que te derrite las rodillas. Sus ojos cafés me clavaron como un anzuelo. Se acercó bailando, su camisa blanca abierta dejando ver el pecho bronceado y marcado por el gym. Órale, qué chulo el güey, pensé mientras su mano rozaba mi cintura. Bailamos pegaditos, cuerpos sudados chocando al ritmo de la salsa. Su aliento caliente en mi cuello olía a tequila y menta, y cada roce de sus dedos en mi espalda baja me erizaba la piel.

¿Qué chingados me pasa? Nunca soy así de lanzada, pero este carnal me prende como fogata en la playa.

"¿Qué onda, morra? ¿Te animas a otra?", me dijo con voz grave, esa ronca que te vibra en el pecho. Le sonreí, sintiendo el pulso acelerado. "Sobra decirlo, pendejo", respondí juguetona, y seguimos moviéndonos. Sus manos bajaron un poquito más, apretando mis nalgas con permiso implícito que yo le di girándome contra él. El calor entre nosotros crecía, más fuerte que el sol del mediodía.

La fiesta se desvaneció cuando caminamos por la playa. La luna llena iluminaba el mar negro, olas rompiendo suaves como caricias. Hablamos de todo: de cómo él era chef en un resort chingón, de mis días surfeando y vendiendo artesanías en el mercado. "El mar es mi todo", le dije, pero él me miró fijo. "Nah, preciosa, yo creo que hay pasiones más calientes". Su mano en la mía, piel áspera de trabajar duro, me mandaba chispas por el brazo. Nos sentamos en la arena, piernas tocándose. Me ofreció un trago de su cerveza fría, y cuando nuestros labios se rozaron al beber, el mundo se detuvo.

El beso empezó suave, sus labios carnosos probando los míos, sabor a sal y cerveza. Luego se volvió hambre pura. Su lengua exploró mi boca, y yo gemí bajito, sintiendo su dureza presionando contra mi muslo. No mames, Karla, esto es lo que necesitabas. Sus manos subieron por mi vestido, acariciando mis pechos por encima de la tela fina. Pezones duros como piedras bajo sus pulgares. "Qué rico te sientes, nena", murmuró en mi oído, mordisqueando el lóbulo. Olía a él: sudor masculino mezclado con arena y mar. Me recosté en la arena, él encima, besos bajando por mi cuello, lamiendo el sudor salado.

Pero no quería ahí, expuestos. "Vamos a tu hotel, carnal", le susurré, voz ronca de deseo. Me levantó en brazos como si nada, riendo. "Órale, mi reina". Caminamos rápido, el aire nocturno fresco en mi piel caliente. En su habitación del resort, luces tenues, cama king size con sábanas blancas crujientes. Cerró la puerta y me besó contra la pared, manos quitándome el vestido de un tirón. Quedé en tanga negra, temblando de anticipación. Él se desnudó: verga gruesa y dura saltando libre, venas marcadas, lista para mí.

Mi pasión en la vida no era el surf, era esto: sentirme deseada, viva, follada como diosa.

Me llevó a la cama, besando cada centímetro de mi cuerpo. Sus labios en mis pechos, chupando pezones con succión que me arqueaba la espalda. Lengua bajando por mi vientre, deteniéndose en mi ombligo, luego más abajo. El olor de mi arousal llenaba la habitación, dulce y almizclado. Separó mis piernas, inhalando profundo. "Qué panocha tan chula, mojada para mí". Su lengua lamió mi clítoris lento, círculos perfectos que me hacían jadear. Sabía a miel y sal, gemí, manos en su pelo negro revuelto. Dedos entraron, curvándose justo ahí, el punto G que me volvía loca. "¡Ay, Diego, no pares, cabrón!", grité, caderas moviéndose solas.

El build-up era tortura deliciosa. Él se incorporó, verga rozando mi entrada húmeda. "Dime que sí, Karla. Quiero cogerte hasta que grites". "¡Sí, pendejo, métemela ya!", supliqué. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Lleno, palpitante. Gemí fuerte, uñas clavadas en su espalda ancha. Empezó a bombear, lento al principio, sintiendo cada vena frotando mis paredes. El sonido de piel contra piel, chapoteo de mis jugos, nuestros jadeos mezclados. Sudor goteando de su frente a mi pecho. Aceleró, embestidas profundas que me golpeaban el alma. "¡Qué rico te sientes, tan apretada!", gruñó él, mordiendo mi hombro.

Yo lo monté después, cabalgando como en mi tabla de surf, pero mil veces mejor. Sus manos en mis tetas rebotando, yo girando caderas, clítoris rozando su pubis. El olor a sexo puro, intenso, embriagador. "¡Me vengo, Diego!", anuncié, y exploté: olas de placer sacudiéndome, contrayéndome alrededor de su verga. Él rugió, volteándome a cuatro patas. "Ahora te cojo duro, morra". Embistes salvajes, bolas golpeando mi clítoris, pelo jalado suave. Otro orgasmo me dobló, gritando su nombre al mar invisible.

Se corrió dentro, chorros calientes llenándome, gruñendo como animal. Colapsamos, cuerpos pegajosos, pulsos latiendo al unísono. Su brazo alrededor de mi cintura, besos suaves en mi nuca. El aire acondicionado zumbaba bajito, olas lejanas susurrando fuera. "Eso fue chingón, Karla", murmuró, voz satisfecha.

Desperté con el sol filtrándose por las cortinas, su cuerpo desnudo pegado al mío. Piel tibia, olor a nosotros todavía en las sábanas revueltas. Me estiré, sintiendo el leve dolor placentero entre las piernas. Mi pasión en la vida, pensé sonriendo, no eran las olas. Era esto: conexión cruda, cuerpos entrelazados, placer que te redefine. Desayunamos en la terraza, mangos jugosos chorreando por mis dedos, él lamiéndolos juguetón. "Vuelve esta noche, ¿va?", dijo con guiño. "No lo dudes, mi rey". Caminé a la playa, tabla bajo el brazo, pero ahora el mar parecía un eco de lo que Diego despertó en mí. Una pasión eterna, ardiente, mexicana hasta el alma.

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