Pasión y Poder Capítulo 132 El Dominio del Deseo
Ana se recargaba en el amplio ventanal de su penthouse en Polanco, con la ciudad de México extendiéndose como un mar de luces titilantes bajo el cielo nocturno. El aroma del tequila reposado flotaba en el aire, mezclado con el perfume de jazmín que siempre usaba para sentirse invencible. Llevaba un vestido negro ceñido que acentuaba sus curvas, y sus tacones altos resonaban con autoridad en el mármol pulido. Pasión y poder, capítulo 132, pensó con una sonrisa maliciosa, recordando cómo su vida parecía un culebrón interminable donde ella siempre salía ganando.
La puerta se abrió con un chasquido suave, y ahí estaba Diego, su némesis en los negocios y su adicción secreta en la cama. Alto, moreno, con esa mandíbula cuadrada que gritaba macho alfa, pero con ojos que se rendían ante ella. Vestía un traje impecable, pero su corbata estaba floja, como si el día de juntas feroces lo hubiera dejado exhausto. "Ana, wey, hoy en la junta casi te parto la madre con esa propuesta", dijo él con esa voz grave que le erizaba la piel, cerrando la puerta tras de sí.
Ella se giró despacio, su mirada clavada en la de él, sintiendo ya el cosquilleo en el vientre.
Este pendejo cree que puede desafiarme en la mesa de juntas y luego follarme como si nada. Pero esta noche, yo mando."Ven aquí, Diego. Muéstrame cuánto poder crees que tienes", le ordenó, su voz un ronroneo sedoso que contrastaba con la dureza de sus palabras. Él se acercó, el calor de su cuerpo invadiendo el espacio entre ellos antes de que sus labios se tocaran. El beso fue eléctrico, lenguas chocando como espadas en duelo, el sabor salado de su sudor del día mezclándose con el dulzor de su boca.
Las manos de Diego subieron por sus muslos, arrugando la tela del vestido, mientras ella le clavaba las uñas en el pecho a través de la camisa. Qué rico se siente su piel bajo mis dedos, pensó Ana, inhalando su colonia amaderada que le recordaba las noches en Acapulco, donde todo empezó. Él la empujó contra el vidrio frío del ventanal, el contraste del hielo contra su espalda ardiente la hizo jadear. "Estás mojada ya, ¿verdad, mamacita? Neta, no aguantas verme", murmuró él contra su cuello, mordisqueando la piel sensible justo debajo de la oreja.
Ana lo apartó con fuerza, girándolo para que quedara de espaldas al sofá de cuero. "Quítate la camisa, cabrón. Quiero verte sudar por mí". Diego obedeció, desabotonando con dedos temblorosos, revelando el torso musculoso marcado por horas en el gym. Ella se arrodilló frente a él, no en sumisión, sino para reclamar lo que era suyo. Sus manos bajaron el zipper de su pantalón, liberando su verga dura, palpitante, con esa vena gruesa que ella adoraba trazar con la lengua. El olor almizclado de su excitación la golpeó como una ola, haciendo que su propia humedad se filtrara entre sus piernas.
Lo tomó en la boca lentamente, saboreando la sal de su prepucio, chupando con maestría mientras él gemía, enredando los dedos en su cabello negro. "¡Pinche Ana, qué chingona eres con esa boca!", gruñó Diego, sus caderas moviéndose involuntariamente. Ella lo miró desde abajo, sus ojos desafiantes, controlando el ritmo, acelerando hasta que él suplicó: "Para, o me vengo ya". Ana se levantó triunfante, limpiándose los labios con el dorso de la mano. "Aún no, mi rey. Esta es mi pasión y poder".
Lo empujó al sofá, montándose a horcajadas sobre él. El vestido se subió hasta la cintura, revelando sus bragas de encaje negro empapadas. Diego las apartó con un dedo, rozando su clítoris hinchado, enviando chispas de placer por todo su cuerpo. "Estás chorreando, nena. Qué delicia", dijo él, introduciendo dos dedos en su interior resbaladizo, curvándolos justo en ese punto que la hacía arquear la espalda. Ana cabalgó su mano, sus pechos rebotando libres ahora que se había quitado el vestido, los pezones duros como piedras rozando el pecho de él.
El sonido de sus respiraciones jadeantes llenaba la habitación, mezclado con el tráfico lejano de Reforma.
Esto es lo que necesitaba después de ese pinche día. Su poder dentro de mí, pero bajo mi control.Ella se posicionó sobre su verga, bajando despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo la estiraba, la llenaba por completo. "¡Ay, cabrón, qué gruesa la tienes!", exclamó Ana, comenzando a moverse, subiendo y bajando con un ritmo hipnótico. Diego la sujetó por las caderas, embistiéndola desde abajo, sus bolas chocando contra su culo con cada golpe húmedo.
La tensión crecía como una tormenta. Sudor perlando sus cuerpos, el cuero del sofá crujiendo bajo su peso. Él le pellizcaba los pezones, ella le arañaba la espalda, dejando marcas rojas que mañana le recordarían quién mandaba. "Más fuerte, Diego, dame todo tu poder", le ordenó ella, acelerando, sus paredes internas contrayéndose alrededor de él. Él la volteó de repente, poniéndola a cuatro patas en el suelo alfombrado, penetrándola por detrás con una estocada profunda que la hizo gritar de placer. El espejo frente a ellos reflejaba la escena: su culo redondo elevándose para recibirlo, sus tetas balanceándose, su rostro contorsionado en éxtasis.
"¡Me vengo, Ana! ¡Júrate!", rugió Diego, sus embestidas volviéndose erráticas. Ella sintió el orgasmo construyéndose, una espiral ardiente en su vientre, explotando en oleadas que la dejaron temblando. "¡Sí, lléname, pendejo!", gritó, mientras él se derramaba dentro de ella, chorros calientes que la prolongaron en el clímax. Colapsaron juntos en el piso, cuerpos entrelazados, el semen goteando entre sus muslos, mezclado con su propia esencia.
Minutos después, Ana yacía con la cabeza en su pecho, escuchando el latido acelerado de su corazón volviendo a la normalidad. El aire olía a sexo crudo, a sudor y a victoria compartida. Diego le acarició el cabello, besándole la frente. "Eres mi pasión y poder, capítulo 132 y todos los que sigan, mi reina". Ella sonrió, trazando círculos en su piel.
En los negocios lo desafío, en la cama lo conquisto. Mañana volvemos a la guerra, pero esta noche, somos invencibles juntos.
Se levantaron despacio, compartiendo una ducha caliente donde el agua lavó los restos de su batalla, pero no el fuego que ardía entre ellos. Ana se miró en el espejo empañado, viéndose más fuerte, más viva. La ciudad seguía brillando afuera, testigo muda de su dominio privado.