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Pasión Cap 78 Fuego en la Carne

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Pasión Cap 78 Fuego en la Carne

En la bulliciosa noche de Guadalajara, donde las luces de neón parpadean como promesas calientes y el aire huele a tacos al pastor y tequila reposado, yo, Ana, me encontraba en el rooftop de un bar chido en la Zona Rosa. Llevaba un vestido rojo ceñido que se pegaba a mis curvas como una segunda piel, y el viento jugaba con mi cabello negro largo, soltando ese aroma dulce de mi perfume de vainilla y jazmín. Hacía calor, pero no tanto como el que sentía bullendo dentro de mí desde que vi a Rodrigo recargado en la barandilla, con su camisa blanca desabotonada mostrando ese pecho moreno y tatuado.

Él era mi debilidad, un pendejo guapo con ojos cafés que te desnudan con una mirada, y una sonrisa que dice "ven pa'cá, nena". Nos conocimos hace meses en una fiesta similar, y desde entonces, cada encuentro era como encender un fósforo en gasolina. Pasión Cap 78, pensé mientras me acercaba, como si estuviera escribiendo el siguiente capítulo de mi blog secreto de eroticismo mexicano, donde volcaba todas mis fantasías más calientes.

—Órale, Ana, ¿qué onda? —me dijo con esa voz ronca que me eriza la piel, extendiendo una mano para jalarme hacia él. Su toque era eléctrico, dedos fuertes envolviendo mi cintura, y olía a colonia masculina mezclada con sudor fresco del baile de abajo.

—Nada, wey, solo pensando en ti —le contesté coqueta, presionando mi cuerpo contra el suyo. Sentí su verga endureciéndose contra mi vientre, y un jadeo se me escapó. El corazón me latía como tamborazo en una verbena, y el ruido de la ciudad abajo —cláxones, risas, mariachis lejanos— se desvanecía mientras su boca rozaba mi oreja.

Nos besamos ahí mismo, con hambre, lenguas enredándose como serpientes en celo. Sabía a tequila y a deseo puro, sus manos bajando por mi espalda hasta apretar mis nalgas con fuerza posesiva pero tierna.

Esto es lo que necesitaba, neta, un hombre que me haga sentir viva, que me prenda como nadie
, pensé mientras lo arrastraba hacia el elevador privado que él conocía tan bien.

El trayecto fue un torbellino de besos y manoseos. Sus dedos se colaron bajo mi vestido, rozando mis muslos suaves, subiendo hasta encontrar mis calzones empapados. —Estás chingona de mojada, mi reina —murmuró, y yo gemí bajito, mordiéndome el labio al sentir su dedo índice deslizándose por mi raja hinchada. El elevador olía a nosotros, a sexo inminente, y el zumbido del motor vibraba en sincronía con mis pulsos acelerados.

Llegamos a su penthouse en el centro, un lugar con vistas al skyline iluminado, muebles de cuero negro y una cama king size que gritaba "fóllame aquí". Cerró la puerta y me levantó en brazos como si no pesara nada, mis piernas envolviéndolo por la cintura. Caminó conmigo besándome el cuello, lamiendo esa piel sensible que me hace arquear la espalda. Lo tiré en la cama y me subí encima, quitándome el vestido de un jalón. Mis tetas saltaron libres, pezones duros como piedras, y él gruñó de placer, manos amasándolas con devoción.

—Déjame probarte, Ana —suplicó, y yo asentí, gateando hasta su cara. Su lengua experta se hundió en mi panocha, lamiendo mi clítoris con vueltas lentas y tortuosas. ¡Ay, cabrón, qué rico! El sabor salado de mi excitación lo volvía loco, y yo cabalgaba su boca, caderas moviéndose al ritmo de sus chupadas, oliendo mi propio aroma almizclado mezclado con su sudor. Gemidos míos llenaban la habitación, altos y sin vergüenza, mientras mis uñas se clavaban en sus hombros.

Pero quería más. Lo volteé, desabroché su pantalón y saqué esa verga gruesa, venosa, palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo su calor y dureza, y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado. —Métetela en la boca, nena —ordenó con voz entrecortada, y yo obedecí, succionándola profunda, garganta relajada para tomarla toda. Él jadeaba, manos en mi pelo guiándome, el sonido húmedo de mi mamada resonando como música erótica.

La tensión crecía como tormenta en el horizonte. Me puse de rodillas, culo en pompa, y él se posicionó atrás, frotando su pija contra mis labios vaginales empapados. —Dime que la quieres —exigió, y yo supliqué:

—Sí, Rodrigo, chíngame duro, hazme tuya.

Entró de un solo empujón, llenándome hasta el fondo. ¡Dios mío, qué estirada me deja! Sus caderas chocaban contra mis nalgas con palmadas sonoras, piel contra piel sudorosa. El olor a sexo crudo impregnaba el aire, sus bolas golpeando mi clítoris con cada estocada. Yo empujaba hacia atrás, queriendo más profundo, mis paredes contrayéndose alrededor de su verga como un puño caliente.

Esto es pasión pura, cap 78 de mi vida real, donde el deseo nos consume sin piedad
, divagué en mi mente mientras él me volteaba boca arriba, piernas sobre sus hombros. Ahora lo veía en los ojos: puro fuego, conexión profunda. Me penetraba lento al principio, torturándome, luego acelerando hasta que la cama crujía. Mis tetas rebotaban, pezones rozando su pecho peludo, y yo arañaba su espalda, dejando marcas rojas de placer.

El clímax se acercaba como ola gigante. Sentía el orgasmo construyéndose en mi vientre, un nudo apretado listo para estallar. —Ven conmigo, mi amor —jadeé, y él asintió, embistiéndome con furia animal. Grité primero, mi panocha convulsionando, chorros de jugo empapando las sábanas. Él se corrió segundos después, llenándome de semen caliente, gruñendo mi nombre como oración.

Colapsamos juntos, cuerpos entrelazados, piel pegajosa de sudor y fluidos. Su corazón tronaba contra mi oreja, y yo besaba su cuello salado, inhalando su esencia masculina. La ciudad seguía viva afuera, pero aquí dentro solo existía la paz del después, ese glow que hace que todo valga la pena.

—Eres lo máximo, Ana —murmuró, acariciando mi cabello.

—Y tú mi fuego eterno, wey. Pasión Cap 78 completa, lista para mi blog.

Nos quedamos así, riendo bajito, planeando el próximo capítulo de nuestra historia ardiente, con el amanecer tiñendo el cielo de rosa y oro.

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